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Tras la reciente conquista del complicado cerro Torre, en Patagonia.
LAS VELOCES AVENTURAS DE ANDRÉS ZEGERS
08-03-2016 - 07:42:49

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Con más de cien ascensiones a grandes montañas de Chile y el mundo, el escalador Andrés Zegers ha ganado fama de ser un tipo noble y especial, reputación que entre los escaladores no solo se consigue a punta de rutas difíciles o imposibles. Aquí, una conversación lenta con el escalador más rápido del país. Uno que, tras la reciente conquista del complicado cerro Torre, en Patagonia, asegura que está listo para más.



Andrés Zegers es un tipo callado, tranquilo, zen. Un hombre económico en sus palabras y movimientos, tanto que a veces a uno mismo le dan ganas de apurarlo. Cosa que no ocurre cuando está en la montaña.
"Rápido y liviano" suele ser su muletilla de escalada. Por lo mismo, lo suyo son los ascensos en tiempo récord, logros que lo han convertido en uno de los principales referentes en el montañismo nacional.
Claro que, puestos unos al lado del otro, no son los logros los que resumen su fuerza. El poder de Andrés Zegers no está en su excepcional currículum. Por el contrario, sus logros hablan de un tipo tremendamente creativo y de algún modo inasible. Un verdadero poeta del hielo y la roca, el piolet y el mosquetón.
Zegers fue el primer chileno en escalar las tres torres del Paine, que consiguió en 1998. El hombre que logró la más rapida ascensión del Huayna Potosí, Bolivia, en menos de tres horas. Y cuya marca de 39 horas y 1 minuto -lograda en 1998 por la ruta Excalibur en El Capitán, Yosemite, Estados Unidos- estuvo por años imbatida (fue superada en 2013 por el astro de la escalada Alex Honnold).
Hay más: Andrés Zegers subió y bajó el Marmolejo (6.108 m), en los Andes centrales, en apenas 19 horas, toda una hazaña considerando que esto normalmente se hace en una semana. Luego, en 2013, se planteó subir rápidamente cuatro picos de 5 mil metros en la cordillera de Santiago. Y para eso dibujó un particular camino: la primera travesía del cordón Plomo-Paloma, que incluyó El Plomo (5.424 m), el Litoria (5.352 m), el Altar (5.180 m) y La Paloma (4.910 m), todo en una jornada. No lo hizo para romper récords, sino para demostrar que la creatividad es un componente clave en el montañismo.
Mientras planeo esta entrevista, me cuentan que Andrés Zegers acaba de subir el cerro Torre, parte de la cadena del Fitz Roy, por lejos uno de los cerros más difíciles de Patagonia. Pero no solo eso: mientras coordino día y hora del encuentro, en la misma semana veloces noticias se superponen. "Andrés acaba de subir el Fitz Roy". "La entrevista tendrá que ser tal o cual día. No hay otra forma. Andrés, de madrugada, parte al Marmolejo".
Es cierto: Andrés Zegers, el gran escalador de Chile, no para. Su propia vida es una pared.
Nos juntamos a conversar en la bencinera de Vitacura con Padre Hurtado.Su mirada es distante. Como si estuviera ahí sin estarlo.
-Acabas de subir el Torre. ¿Qué es lo que hace a ese cerro tan especial?
-Muchas cosas pero, en lo personal, se trata de un cerro que tiene significados personales profundos.
-Si Torres del Paine es un 10. El cerro Torre es un ¿20?
-No, no. El Torre rompe la escala. Si el 10 es el máximo, el Torre lo bate por mucho. Quizás el doble. No sé. El punto es que también son cosas de la vida. Hay desafíos que uno le atraen más que otros. Y, sin duda, para mí eso es el Torre. Un cerro que antes de lograrlo, ya lo había intentado varias veces.
-¿Cuándo apareció el cerro Torre en tu vida?
-En 1998, hace 18 años. Pero puedo rebobinar aún más todavía. La primera vez que apareció fue en 1986, en el Refugio Alemán de Lo Valdés. Ahí había una revista muy antigua, en blanco y negro, escrita en alemán, por lo que no entendía nada de nada. En la portada aparecía una montaña que no sabía si era una foto o un dibujo de fantasía, pues es era de otro planeta. Tras hojear la revista me di cuenta de que era una montaña real. Y me quedé metido con el tema. Lo que en un principio me pareció una montaña imposible, con los años se transformó en algo plausible.
La primera vez que escuché hablar del Torre fue conversando con un viejo escalador chileno. Recuerdo que me dijo que, aparte de ser uno de los cerros más imponentes de la Patagonia, la última parte implicaba subir un hongo de hielo del porte de la torre Entel. Sonaba terrorífico.
-Es verdad, la cumbre del Torre es como una gran bola de helado. No hielo. Una bolsa de helado blando. Por lo mismo, un lugar extremadamente difícil y peligroso. A veces con paredes sobre 90 grados, en las que cuesta mucho poner protecciones.
Sin duda, una de las gracias de Andrés Zegers es que es un hombre que, en su vida, se ha propuesto grandes desafíos y, lentamente, los ha ido cumpliendo. Su vida en la montaña partió de niño.
-Mi papá -recuerda Andrés- era pintor de paisajes, así es que cuando él iba a la cordillera, yo me quedaba jugando por ahí. Entonces veía a gente subir y bajar con mochilas. Les preguntaba a dónde iban y ellos me mostraban montañas gigantescas. Yo creía que era una broma, no podía ser que subieran cerros tan grandes. Así es que empecé a preguntarme muy seriamente si era posible.
Andrés Zegers tiene 45 años y es el tercero de una familiade 5 hermanos, todos intelectuales, tanto que en su casa se leía Scientific American antes del almuerzo de los domingos.
Eduardo, su papá -arquitecto y calculista de profesión, artista por vocación- llevaba a sus hijos a Farellones y al Cajón del Maipo para tenerlos tranquilos, mientras él buscaba escenas para sus lienzos.
Con el tiempo, Eduardo se propuso junto a su hijo Andrés (el compañero más fiel en los paseos) recorrer todos los cajones desde el Aconcagua al sur. Más de un año estuvieron en esa tarea, que concluyó en el valle del río Clarillo.
Andrés sumó logros. A los 7 años había subido el Carbonero (1.200 m). A los 11, el Franciscano en La Parva (3.600 m). A los 16 -introducido por uno de sus profesores del colegio Notre Dame- se integró a la rama juvenil de montañismo de la Católica. Cuatro años después fue invitado a formar parte del Club Alemán Andino, del que es socio hasta hoy. Así, antes de cumplir los 25 años, era premiado por la Federación de Andinismo como el mejor montañista joven de Chile.
Su carrera recién comenzaba.
Tras estudiar para guía de montaña en Patagonia, en 1998 -junto al estadounidense Steve Schneider- fue el primer chileno en ascender las tres torres del Paine.
Tras el triunfo, Andrés se fue a vivir a Yosemite, California; la cuna de la escalada en grandes paredes. Nadie lo podría negar. Andrés Zegers fue un adelantado de su generación. Para subsistir reciclaba latas de aluminio y asfaltaba carreteras. Eso le permitió escalar y escalar y, a los 28, conseguir sus primeros récords: entre ellos el primer ascenso en una jornada de la ruta Excalibur en El Capitán.
Fue en esos años que recibió el apodo con el que es más conocido afuera que en nuestro país: "Chili Dog", doble sentido entre el "perro de Chile" y el "perro picante". Esto último, por la garra que suele poner en los desafíos que enfrenta. Fue con ese apodo que lo conoció Alex Honnold, quien, cuando estuvo en Chile hace unos años, le pidió que lo acompañara a Cochamó.
La historia de Andrés Zegers con el cerro Torre es particular. En 1998 fue con unos amigos gringos y, tras esperar tres meses una ventana de buen tiempo, tuvo que desistir. Once años después regresó con un escalador español, pero su compañero tuvo un accidente y lo dejó. Siguió con un argentino que conoció ahí mismo, pero tuvo que desistir cuando se desprendió un bloque de hielo que le destrozó los tendones de una mano.
No es fácil el Torre. Bien lo sabían Cesare Maestri y Tony Egger, los pioneros que, según el mismo Maestri, habrían conquistado su cumbre en 1959. Egger nada pudo decir, pues murió durante el descenso. Tampoco todos los escaladores que lo intentaron durante décadas.
-Los mejores -dice Zegers- iban y rebotaban. Hasta que se demostró que, en verdad, ellos nunca habían subido.
La historia es aún más sabrosa pues, decidido a limpiar su imagen, Cesare Maestri volvió al Torre con un compresor a bencina y, con su ayuda, instaló pernos de expansión en gran parte de la montaña. Durante años, esa vía se transformó en la ruta normal al Torre, dividiendo a los escaladores entre los que la consideraban válida y los que pensaban que era una aberración. Entre estos últimos Casimiro Ferrari, el italiano que finalmente pudo subir por la cara oeste, creando de paso la que hoy es considerada una de las rutas de hielo más bellas del mundo.
El mismo camino que, hace unos meses, también tomó Andrés Zegers. Todo muy fiel a su estilo: rápido, furioso.
Tras firmar un nuevo contrato con la empresa para la cual ausculta glaciares, Zegers quedó con seis días libres para ir y volver al Torre. Con el Niño instalado, sabía que tendría buen tiempo, pero cuando se dio cuenta de que era el momento, le falló la dupla. Preocupado, llamó a Sebastián Rojas, un talento de 24 años que brilla en la escena. Rojas lo pensó y llamó de vuelta. Se sumó Diego Señoret, otro destacado escalador chileno. Y, finalmente, se armó un dream teamque reunía a la vieja escuela con la nueva energía.
Pero los problemas estaban por comenzar. La misma noche que se pusieron de acuerdo viajaron a Punta Arenas. Pensaban arrendar un auto, pero no les resultó y se fueron en bus a Natales. A la rápida, compraron algo de comida y partieron a El Calafate, Argentina. Ahí se dieron cuenta de que no había buses a El Chaltén. Andrés paró un taxi. Se sobó la billetera. Había que aperrar no más.
Ya en El Chaltén, caminaron más de seis horas hasta la base del cerro. Fue ahí que Andrés se dio cuenta de que había salido con los crampones equivocados. Y que uno de su equipo no andaba con pilas en la linterna. Problema no menor considerando que, como hacía tanto calor y el hielo estaba inestable, tendrían que intentar el cerro de noche.
-El Torre tiene 3.100 metros- explica Zegers-. No es tanto, pero, debido al Niño, la isoterma cero, o sea cuando hace cero grados, siempre estaba a 3 mil metros, casi en la cumbre. Por eso decidimos que había que escalar de noche.
El Torre se sube por la cara oeste, que tiene una pared de hielo y nieve. Pero al final no se sube por fuera, sino por dentro: los escaladores deben ir excavando un hoyo, en vertical, mientras avanzan. Todo el material que se va removiendo cae encima. Es nieve.
Zegers, más Rojas y Señoret, durmieron. A las once sonó la alarma. Cada uno echó en la mochila un litro de agua más tres o cuatro barras energéticas. Ninguno llevaba más de seis kilos de peso en la espalada. Iban livianos. Y por suerte para ellos, una expedición acababa de subir y el hoyo hacia el cielo ya estaba hecho.
-En el Torre -dice Zegers- el gran esfuerzo es mental. Especialmente en el último largo, donde debes entrar con decisión. Ahí no te puedes caer. La cuerda no está sujeta a nada. Por eso todo tiene que ser muy delicado. Estás escalando en nieve y no puedes poner todo el peso en una mano, pues la vas a rajar. No puedes poner todo el peso en un pie porque también la vas a rajar. Y te vas a caer.
-En el grupo se juntaron dos generaciones. ¿Qué diferencia ves con los más jóvenes?
-Creo que los de mi generación fuimos más irreverentes, aunque me considero un bicho raro entre los de mi edad. Seguí un camino, solo, que nadie más siguió. El ambiente era distinto. Uno se arrimaba a quien tuviera más experiencia. Y si te arrimas a alguien que ya recorrió ese camino, te subes a sus hombros y avanzas más rápido.
En 2002, Andrés Zegers estuvo a punto de terminar su carrera de golpe. Estaba trabajando de instructor de escalada en San Gabriel, y el joven con el que compartía cordada erró en los amarres. Fueron veinte metros de caída libre, el equivalente a un edificio de siete pisos. Zegers vio la muerte pasar. Transcurrieron 48 horas hasta que lo pudieron rescatar. Su espalda estaba rota en cuatro partes. La familia ya se había hecho el ánimo. "A esas alturas -dijo su padre- estaba curado del espanto. Con tantas noticias de amigos de Andrés que morían cada año, fuimos entendiendo que las tragedias eran parte de esto".
Pese a todo, más penosa que la rehabilitación de Zegers, que duró más de un año, fue la pérdida de entrenamiento. Recién en 2004 pudo retomar el andinismo, cosa que hizo fiel a su estilo: el Marmolejo en menos de 20 horas; el Huascarán Sur (6.768 m) en 23.
El regreso de Andrés Zegers estaría marcado por la maduración de un estilo que, según explica, tiene que ver con la capacidad de lograr objetivos propios. "Veo las montañas -dice- como lo haría un pintor. O sea, como algo artístico, marcado por la innovación. Lo que de verdad me atrae son los desafíos y la exploración".
-¿Cambió tu forma de enfrentar el miedo?
-La única forma de mantener el control es abstraerte de ti mismo. No puedes sentir pánico. Tienes que eliminar ese chip. La mecánica que he desarrollado para eso es hacerme bromas de mí mismo. Si siento miedo me lo digo a mí o a mi compañero: 'Estoy cagado de miedo'. Y entonces ya no soy yo el que tiene miedo. Lo importante, para ir rápido, es detenerte y analizar qué es lo que estás haciendo, qué significa tu posición. Luego, en base a eso, tomar una decisión.
-¿Qué dotes físicos, especiales, dirías que tienes para la escalada?
-No soy muy dotado físicamente. La diferencia es que he hecho las cosas con pasión y me he machacado por mucho tiempo. Pasé diez años de mi vida en terreno, fuera de cualquier ciudad, y no podría ser de otro modo. La escalada no es como correr una maratón. No puedes decir me cansé, en el kilómetro 32 me retiro. Cuando estás en un lugar aislado no hay otra que salir por tus propios medios. Por eso hay que pensar muy bien lo que vas a hacer. Y por qué tomarás el riesgo. ¿Vale la pena? ¿No? Esa es la primera pregunta. Si tú crees que sí y es un sentimiento puro, anda, realízalo.
-Ser el mejor ¿es el objetivo?
-El triunfo en sí no es nada. El triunfo no es más que un punto en una recta. Y lo importante es la recta, el proceso. Te tiene que gustar lo que haces, más que un desafío en particular. No hay un destino. Hay un camino. Todo en nuestra sociedad apunta a las metas. Si no tienes metas te dicen que estás perdido. Pero no: en la escalada la única meta es estar al aire libre y observar la naturaleza. Recuperar ese lado animal que hemos perdido.

Por Sergio Paz
Reportaje
El Mercurio









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