Síguenos en: Twitter
Palabra o Frase   Fecha Noticia
MI√ČRCOLES 13 DE DICIEMBRE PRIMERA CONEXI√ďN EDUARDO MANZANARES PDTE. PS - Fonos: 612 24 14 17 - 612 24 19 09 - WhatsApp +569 9345 3426 - twitter Radio Polar @RadioPolar

Ceremonia realizada en Puerto Cisnes, Aysén.
JUAN MIHOVILOVIC ES INCORPORADO A LA ACADEMIA CHILENA DE LA LENGUA
04-12-2017 - 19:37:56

100
1 votos
1 2 3 4 5
enviar      imprimir
Este viernes 1 de diciembre en Puerto Cisnes, Ais√©n, en una ceremonia con mucho p√ļblico, fueron entregados al escritor magall√°nico Juan Mihovilovic el diploma y medalla que lo acreditan como miembro de la Academia Chilena de la Lengua.
Entre los presentes estaban los también magallánico y miembros de la misma Academia, Eugenio Mimica Barassi y Patricia Stambuk Mayorga.

A continuación el discurso de incorporación de Juan Mihovilovic
Estimados miembros de la Academia Chilena de la Lengua: Sra. Patricia Stambuk, Sr. Juan Antonio Massone, Sr. Eugenio Mimica y Sr. José Mansilla.

Autoridades presentes, estimadas amigas y amigos…

Querida Sanna, compa√Īera de fin de camino, y Mandy, en el nuevo amanecer‚Ķ
Queridos padres, hermanos, hijos y nietos, presentes en la ausencia…

No podr√≠a negar el car√°cter especial y √ļnico que esta ceremonia tiene para m√≠ y que, siendo un honor incorporarse a La Academia Chilena de la Lengua, es tambi√©n motivo de serena alegr√≠a.

Luego, pensé este discurso desde diversos ángulos y escenarios; consulté, leí disertaciones análogas y recibí variadas opiniones.

Y en un momento de introspecci√≥n record√© las palabras de un amigo escritor que hace a√Īos me se√Īal√≥: ‚Äúes raro, pero t√ļ piensas, hablas y vives como escritor.‚ÄĚ
No lo olvidé, porque me resultó tan significativo que alguien ajeno a mí descubriera la esencia de mi personalidad literaria, que al fin de cuentas se confunde con la humana.

Y en esa perspectiva, voy a empezar, desarrollar y terminar estas palabras como quien narra un cuento, como quien ha dedicado una vida a esta entra√Īable y extra√Īa, hermosa, solitaria y a veces dolorosa, vocaci√≥n de escribir.
He aquí entonces, el meollo de este discurso: “Escribir como se vive. Vivir como se escribe.

Escribir como se vive
(Vivir como se escribe)
√Črase una vez un ni√Īo que a orillas de una playa miraba el movimiento de las olas en un pa√≠s remoto. Ese pa√≠s le era tan propio como su familia, los √°rboles o las plantas.

Era su espacio y por serlo el ni√Īo viv√≠a como lo har√≠a cualquier ni√Īo del mundo: jugaba y re√≠a. ¬ŅQu√© otra cosa distingue a un ni√Īo del adulto sino es su innato sentido de libertad y diaria diversi√≥n? √Čl se imaginaba que al otro lado del mar hab√≠a otros ni√Īos como √©l y preguntaba a sus padres por la gente que viv√≠a all√° lejos, donde los barcos se iban perdiendo en el horizonte y cuando un m√°stil desaparec√≠a el ni√Īo ten√≠a la impresi√≥n de viajar con ellos hacia otro continente. Solo que no sab√≠a aun lo que era ese otro continente. No conoc√≠a m√°s sitio que el circundante, que sus juegos variados, solitarios o grupales. Pero no hay ni√Īo que no crezca ni tiempo que lo impida. El tiempo, esa sucesi√≥n cronol√≥gica encerrada en un reloj de pared, med√≠a los minutos y las horas y los calendarios sumaban meses y a√Īos para que el fuera entendiendo que hay siempre un grado de evoluci√≥n personal que impulsa a avanzar entre la vida y la muerte. Claro que los conceptos e ideas que lo embargaban se hallaban distantes tambi√©n del significado de la muerte. Si un adolescente rebasa el umbral de la infancia, comienza a medir su propio tiempo en una sucesi√≥n escalonada de hechos y experiencias, donde las acciones emanan de la voluntad y √©sta del pensamiento, que gira y regresa convertido en una fuerza que mueve a los seres y las cosas. El joven ya ten√≠a conciencia de su nombre y su apellido. Sab√≠a qu√© significaba haber nacido a orillas del Mar Adri√°tico y desde la isla que lo hab√≠a cobijado entendi√≥ que coincidente con los desequilibrios y mezquindades de los hombres su futuro all√≠ estaba amenazado. Como su familia, presinti√≥ la pr√≥xima guerra, su falsa pertenencia a un imperio como el Austro H√ļngaro, que negaba a Croacia ser independiente junto a Eslovenia y Serbia y, quiz√°s concluy√≥ que su destino no pod√≠a ser morir por causas desprovistas de sentido. Alguien le susurr√≥ sobre otras latitudes donde la existencia reci√©n se emprend√≠a. Al fin del mundo, en un hemisferio sur desconocido, un largo y angosto pa√≠s se le present√≥ en el mapa, y le se√Īalaron con un dedo la Tierra del Fuego y un puntito en un extremo peninsular llamado Punta Arenas, la esperanza de una vida nueva. Y ese ni√Īo hombre se embarc√≥ la primera d√©cada del siglo XX y naveg√≥ por meses, super√≥ el oc√©ano Atl√°ntico con otros como √©l, accedi√≥ al Pac√≠fico y un buen d√≠a descendi√≥ en el puerto de la ciudad m√°s austral del mundo. Un diminuto caser√≠o y un par de mansiones palaciegas de los terratenientes colonizadores, enriquecidos a costa del genocidio ind√≠gena, se erig√≠an en el centro ciudadano como una muestra del progreso inevitable y una ofensa a la pobreza y el desarraigo. Era el pre√°mbulo de la revoluci√≥n de octubre en Rusia, de la √©pica sublevaci√≥n mexicana, de la aparici√≥n del cine, la aviaci√≥n, la radio, los autom√≥viles, el inicio de un siglo que transformar√≠a el mundo para siempre. Herederos de la revoluci√≥n industrial los hombres inventaban todo como si la vor√°gine humana exigiera transmutar la historia y hacer de la tierra un para√≠so o un infierno. En ese contexto el muchacho pis√≥ la Patagonia como un adelantado e ignorase que el mar del Estrecho se hab√≠a circunnavegado por un portugu√©s llamado Hernando de Magallanes, descubriendo 16 a√Īos antes que Diego de Almagro a ese peque√Īo pa√≠s llamado Chile. El s√≥lo quer√≠a sobrevivir y tener la nueva vida que Europa le negaba a miles de j√≥venes como √©l. Por eso escudri√Ī√≥ a su alrededor esperando una respuesta que le lleg√≥ de golpe en un idioma extra√Īo. Su estreno ciudadano era un di√°logo de sordos, pero su f√©rrea voluntad lo traslad√≥ hasta all√≠ sin pensar en un regreso imposible. No desistir√≠a por desconocer la lengua, las costumbres o las tradiciones. Si la fe mov√≠a monta√Īas dominar√≠a su ignorancia y aprender√≠a a comunicarse en esa nueva voz aut√≥ctona. Y lo hizo luego de unos a√Īos. El espa√Īol era dif√≠cil como lo era vivir en un sitio desolado, donde el viento huracanado sacud√≠a las planicies y el mar embravecido del Estrecho a veces imped√≠a cruzar hacia la otra orilla. All√°, dec√≠an, estaba la nueva California y desde fines del siglo XIX la fiebre del oro atrajo a aventureros de todo el orbe que ambicionaban convertirse r√°pidamente en millonarios con la explotaci√≥n del metal amarillo. Pero para este adolescente ya maduro el oro no era significativo. √Čl quer√≠a ser el hombre adulto que intuy√≥ desde ni√Īo, un ser humano libre y bueno, que gozaba con las cosas simples y con el trabajo esforzado y se√Īero. Por eso fue obrero desde el primer d√≠a y gan√≥ posiciones laborales hasta convertirse en capataz del Matadero Municipal de Punta Arenas. Quiz√°s no era lo so√Īado, pero a veces lleg√≥ a preguntarse qu√© es lo que en verdad un individuo sue√Īa y para qu√©. La vida no tiene un destino prefijado y lo que un d√≠a se cree imperecedero a la ma√Īana siguiente se esfuma en el asombro. Aprendi√≥ con la dureza del clima, del viento, la lluvia y las nevadas que all√≠ se era hijo del rigor. Resistir√≠an solo los obstinados, los perseverantes, los que ten√≠an sed de vida y amor por la tierra, que era la misma tierra que le recordaba las playas de su Mar Adri√°tico. Y su necesidad de subsistir se emparentaba con la vocaci√≥n de ser. El ser era una condici√≥n que aprendi√≥ desde su infancia y supo que la estirpe croata era aguerrida y fuerte y que no se intimidaba ante cualquier obst√°culo que le impidiera seguir andando. Entonces vino lo previsible: unirse a una mujer y construir una familia. No fue f√°cil ni dif√≠cil. Ella proven√≠a del mismo sitio del adolescente, solo que se conocieron lejos de su origen. Casualidad, podr√≠a pensarse, pero no era un juego de azar. Y si Dios no juega a los dados con el devenir humano ha de ser porque lo imprevisible tiene un tr√°mite misterioso que acerca a las personas y en un momento determinado las convierte en seres indispensables y necesarios. Una suerte de acertijo geogr√°fico que cada actor intenta descifrar para avanzar en pos del otro vislumbrando ser parte de la misma carne y de un mismo esp√≠ritu. Eso sucedi√≥ y al poco tiempo procrearon ni√Īas y ni√Īos con el color de los ojos de sus padres y los matices de la tierra en que fueron engendrados. Y naci√≥ el √ļltimo descendiente llamado igual que su padre y como aqu√©l se hizo obrero y trabaj√≥ en el matadero bajo las √≥rdenes paternas como el resto de sus hermanos. Pero la exigencia era otra para este joven miembro de la segunda generaci√≥n: no quer√≠a sacrificar animales su existencia entera. El paisaje era vasto y las llanuras patag√≥nicas lo llamaban a la aventura. Opt√≥ por ser polic√≠a uniformado siendo destinado a los retenes perdidos en la regi√≥n magall√°nica. Conoci√≥ cada resquicio reducido y cabalg√≥ por las vastedades, hasta que un d√≠a regres√≥ para encontrarse con la compa√Īera de su vida. Ella ven√≠a con su hija a cuestas tras su fracaso matrimonial. Proven√≠a de Mechuque en la isla grande de Chilo√© y llegaba a forjarse tambi√©n una vida nueva, porque sus padres le hablaron de Magallanes como la tierra prometida. No era c√≥modo, pero era real. Y al atravesar una calle se vio retratada de cuerpo entero en el espejo de una c√©ntrica vitrina y se estremeci√≥. Pero detr√°s estaba el hombre con quien cruz√≥ su mirada convirti√©ndola en una sola: sencillamente se casaron. Aquella opci√≥n fue dif√≠cil: la mezcla racial asustaba a los puristas y una ‚Äúchilota huilliche‚ÄĚ con un ‚Äúaustriaco‚ÄĚ, como denominaci√≥n burlesca del despreciable dominio imperial austro h√ļngaro sobre croatas, eslovenos y serbios, no era bueno ni sano para la estirpe. Sin embargo, se amaban y el amor triza todos los muros y franquea cualquier barrera. Entonces un hecho decisivo, aunque com√ļn y corriente, cambi√≥ el curso de las cosas y abri√≥ el c√≠rculo cerrado de la colonia eslava: el nacimiento del primer hijo como otro adelantado que lloraba a diario por el pecho materno y su venida al mundo fuera el resumen del viaje de su abuelo. Su complejo edipiano se manifest√≥ desde un comienzo y ya embebido del l√≠quido amni√≥tico golpeaba sin cesar las paredes de su habitaci√≥n intrauterina queriendo salir antes de tiempo. Pudo morir en el intento, pero su f√©rrea voluntad, la misma de su padre y de su abuelo, le hizo ver la luz prematuramente y naveg√≥ rumbo a la vida sin saber de qu√© se trataba todo esto. Super√≥ el llanto inicial, gate√≥ como cualquier infante y prevaleci√≥ la condici√≥n de probable b√≠pedo implume, porque como el fil√≥sofo griego, presinti√≥ no ser semejante a una gallina descuerada. Aprendi√≥ a leer tard√≠o; el alfabeto era dif√≠cil e intrincado y un amigo de escuela, compadecido de su atraso, le ense√Ī√≥ c√≥mo escribir y de qu√© manera deletrear las incipientes frases de un libro. Antes de mirar el cielo o al un√≠sono descubri√≥ las palabras encadenadas en la primera novela que ley√≥ a los siete a√Īos: Genoveva de Brabante, y qued√≥ embelesado con la historia de esa hero√≠na medieval, falsamente acusada por un pretendiente despechado, y aunque condenada a muerte por sus verdugos, logr√≥ huir junto a su peque√Īo hijo para sobrevivir en una cueva alimentada por una cierva hasta recuperar su libertad. Y cuando en clases escuch√≥ el memorable cuento El vaso de leche y sus l√°grimas se confund√≠an con las del joven protagonista sostenido por las manos de una mujer conmovida de su hambre f√≠sica e interior, percibi√≥ que la vida era m√°s dura de lo aparente y que las cosas nunca ocurren por casualidad. Y si hab√≠a que mirar alrededor deb√≠a hacerlo provisto de un l√°piz y un papel. Decidi√≥ all√≠ ser escritor. Y escribi√≥. Antes de aprender a leer, escribi√≥. Y antes de so√Īar escribi√≥, o so√Ī√≥ sencillamente que escrib√≠a. Llen√≥ su coraz√≥n y su mente de im√°genes forjadas por la insistencia de la observaci√≥n. Y as√≠ como los dibujos en cavernas milenarias, antes que el hombre nombrara a los animales, las monta√Īas o los r√≠os, el ni√Īo vio que el mundo era ancho, vasto y ajeno. Hasta all√≠ su universo era la familia, el barrio, sus amigos y la ciudad abanicada contra las olas del Estrecho. Alla, al otro lado de ese mar eterno, hab√≠a quiz√°s una respuesta desconocida y se dijo que un d√≠a no distante rebasar√≠a tambi√©n esas aguas, navegar√≠a por ellas y descubrir√≠a el sentido de la tierra, del agua, del aire y del fuego. Los elementos que hac√≠an que la vida tuviera su raz√≥n de ser. Y de sus nacientes lecturas dedujo que la tierra era un planeta inmenso suspendido en el espacio y ten√≠a miedo de que un d√≠a cualquiera esa redondez ambulatoria se cayera. Se pregunt√≥ por la rotaci√≥n de los astros y razon√≥ que la ley de gravedad era maravillosa, porque permit√≠a que los planetas no chocaran entre s√≠ y que los cometas que surcaban los cielos no incendiaran por capricho la ciudad en que viv√≠a. Se dijo que si el tiempo exist√≠a era una idea algo antojadiza, porque la materia que lo rodeaba parec√≠a ser imperecedera. Siempre estaba La Tierra del Fuego al frente, los cerros de la ciudad a su espalda y all√° lejos no se divisaba m√°s que un horizonte perdido en el crep√ļsculo y que ve√≠a esfumarse con la llegada de la noche. Reflexion√≥, para concluir que si el tiempo era real deb√≠a relacionarse con la destrucci√≥n inevitable e invisible de la materia, m√°s all√° de ver que la gente nac√≠a y se mor√≠a. A veces tuvo miedo y a veces fue valiente. Supo que escribir su nombre lo tornaba parcialmente distinto, porque era un dato indiferenciado en lo esencial, si los dem√°s se le parec√≠an y √©l se parec√≠a a los dem√°s. De ah√≠ que aprender a leer era y fue un desaf√≠o maravilloso. Descubri√≥ por sus lecturas que las plantas buscaban la luz hacia lo alto y que no era extravagante deducir que ellas tambi√©n pensaran como √©l, que los r√≠os eran las venas por donde circulaban las aguas en se√Īal equivalente a la sangre del cuerpo humano, y que, si alimentaban la sed planetaria, esa sed deb√≠a ser semejante a la de su propio cuerpo dotado de conciencia personal. Esas relaciones al comienzo lo asustaban y crey√≥ que vivir era un secreto √ļnico, si un ser humano pod√≠a asimilarse a un astro perdido en la distancia. Pero despu√©s sinti√≥ que ese misterio no era tan confuso como lo hab√≠a cre√≠do. Si los cuatro elementos eran para todos invariables, quienes pisaban la tierra y respiraban el mismo aire, que beb√≠an la misma agua y se calentaban con el mismo fuego, deb√≠an tener iguales procedencias, as√≠ uno naciera en la vieja Europa y otro en Magallanes. Las ideas del espacio eran, quiz√°s, simples cr√≥nicas mentales y los mares que separaban a los continentes un dato secundario, una bit√°cora de viaje, una ilusi√≥n intelectual, que no imped√≠a so√Īar con otros territorios por no estar f√≠sicamente en ellos. Para eso estaban los libros y a trav√©s del relato conoci√≥ c√≥mo eran los hombres en la China y de qu√© color ten√≠an la piel los pobladores africanos. Y supo que los continentes eran cinco y las galaxias millones; que las estrellas eran tantas como las arenas de las playas y que una part√≠cula microsc√≥pica era el s√≠mil de una nebulosa lejana si se miraba en la √≥rbita de un espacio sin fin. Al comienzo se aterroriz√≥ con la inmensidad de la v√≠a l√°ctea, donde su planeta diminuto giraba extraviado en la periferia, como aferrado a leyes no solo materiales, que un ser muy grande debi√≥ establecer basado en un portentoso dominio de la arquitectura universal. Imaginaba que las constelaciones eran innumerables y tan extensas que ni con mil vidas podr√≠a exteriormente conocerlas. Supo e intuy√≥ que los hombres eran buenos a veces y malos en demas√≠a. Que hab√≠a clases sociales en que unos dominaban y otros eran dominados. Aprendi√≥ a contar hasta cien, luego hasta mil y despu√©s decidi√≥ no seguir contando, porque temi√≥ que el infinito sobrepasar√≠a las paredes de su casa. Los n√ļmeros eran como las notas musicales, semejante al movimiento de piezas sobre un tablero de ajedrez, al desplazamiento continuo de las olas y la c√≠clica alteraci√≥n de las mareas, al brusco y sincronizado y elegante viraje del vuelo de las aves, que igual que un cardumen de peces bajo el agua, eran guiados por un l√≠der invisible apoyado en un sentido m√≠stico prodigioso. Y de sus lecturas incesantes coligi√≥ que los √°rboles multiplicados son un bosque y que un bosque generaba ox√≠geno y que el ox√≠geno era imprescindible para que la vida fuera m√°s vivible en este mundo. Y mir√≥ luego el polvo bajo sus zapatos e imagin√≥ que un ni√Īo como √©l hab√≠a pisado la tierra de sus padres en un pa√≠s ahora llamado Yugoslavia, y que otros ni√Īos caminaban por el suelo de un territorio denominado Espa√Īa, y que otros miles lo hac√≠an en Australia. Y en Australia crec√≠an los canguros y saltaban en dos patas llevando a sus cr√≠as en su bolsa marsupial. Y en Espa√Īa imagin√≥ a los conquistadores antiguos con la espada en alto abri√©ndose paso entre los ind√≠genas, que entonces no se llamaban americanos. Y aprendi√≥ a leer que los reinos existentes se diversificaban: el mineral, el vegetal, el animal y el humano. Y tambi√©n los relacion√≥ como si cada uno dependiera del otro y el otro del anterior. Porque los minerales nutr√≠an a la tierra y la tierra hac√≠a germinar a las plantas y las plantas purificaban el aire y el aire era respirado por millones de ni√Īos como el en todo el mundo, y el reino humano estaba lleno de gente que viv√≠a en diferentes continentes: √Āfrica, Europa, As√≠a, Am√©rica, Australia y Ocean√≠a. Y ese ni√Īo, aprendiz de escritor, sospechaba c√≥mo eran los ni√Īos de esas regiones apartadas y los ve√≠a negros, amarillos, rojos, blancos, pero todos ten√≠an en su imaginaci√≥n los mismos ojos, iguales extremidades, caminaban sobre los mismos pies y tomaban las cosas con id√©nticas manos. Y se pregunt√≥ por qu√© los pa√≠ses exist√≠an, y qu√© significaban las fronteras, y porqu√© las banderas los diferenciaban si la gente era la misma que nac√≠a y mor√≠a en todos ellos. Le pareci√≥ ins√≥lito que algunos gobiernos fueran brutales dictaduras y aprendi√≥ que las guerras ocurr√≠an desde que el ser humano descendi√≥ desde los √°rboles y se transform√≥ en depredador de s√≠ mismo y los dem√°s hac√≠a millares de a√Īos. Y que desde el principio los hombres pelearon por el fuego, despu√©s por el agua, m√°s tarde por los animales, por las mujeres y los territorios, que nunca les eran suficientes. Y vio a trav√©s de los libros c√≥mo germinaban y sucumb√≠an los imperios y que nunca el hombre estaba satisfecho con lo que ten√≠a y siempre ambicionaba apoderarse de lo ajeno en vez de compartir lo propio. Cada vez con mayor insistencia se preguntaba por el sentido de las palabras, de qu√© modo una frase cualquiera cambiaba el rostro habitual de una persona, c√≥mo una variable en la entonaci√≥n, un √©nfasis inusitado o una reiteraci√≥n caprichosa generaba consecuencias a su alrededor. Y por eso al escuchar ciertas maldiciones o un insulto gratuito, se interrogaba c√≥mo era posible que dos o tres palabras transformaran tan radical y violentamente las conductas o c√≥mo exist√≠an reacciones imprevisibles a partir de un simple est√≠mulo verbal. Esa constataci√≥n lo volv√≠a taciturno, hura√Īo a veces, espectador de los dem√°s casi siempre. Y en su timidez verificaba que las personas a menudo expresaban lo que no sent√≠an o que se contrapon√≠a a los gestos, el semblante o sus lenguajes corporales. Por eso no quer√≠a crecer, tem√≠a que las palabras fueran insuficientes para desentra√Īar lo que cada d√≠a advert√≠a m√°s siniestro en un mundo m√°s invasivo, m√°s deshumanizado, m√°s triste. Y un d√≠a ley√≥ sobre un Pr√≠ncipe infantil ca√≠do desde el cielo en un desierto, que proven√≠a de un astro diminuto, donde √©l era su √ļnico habitante. Y se enamor√≥ de su historia, le hizo sentido que un ni√Īo como √©l pudiera regar cada d√≠a la misma flor y ver tantos amaneceres como quisiera con solo cambiar de ubicaci√≥n en su planeta tan peque√Īo, hasta caer a ese mundo desolado transformado en un solitario forastero. Y trab√≥ amistad con un hombre que lo acogi√≥ y trat√≥ de comprenderlo, porque vio en el Principito su reflejo. Tal como el ni√Īo lector ansi√≥ comprender a su padre y a trav√©s de su padre al abuelo, venido desde esa isla llamada Brac, que ahora ya pertenec√≠a al reino de Yugoslavia, y cuyo nombre le era tan distinto a los nombres conocidos en su idioma espa√Īol y cuyo entorno era como una r√©plica del archipi√©lago de Magallanes, que estudiaba en los mapas y libros del colegio. Se le antoj√≥ que ese Principito y su abuelo ten√≠an incre√≠bles puntos de contacto: ambos proced√≠an de otro mundo y ambos llegaban a un sitio diferente. Y fue as√≠ como el abuelo cumpl√≠a el papel de ense√Īarle, de hablarle en una lengua extranjera, que m√°s tarde olvidar√≠a. Y lo sentaba en sus rodillas frente a un ventanal por donde juntos ve√≠an deslizarse la nieve en los inviernos, y √©l abuelo le dec√≠a que ni el tiempo ni el espacio exist√≠an: que todo era una bella ilusi√≥n material y que solo importaba el amor que los hombres y mujeres pod√≠an prodigarse. √Čl se acunaba en esos brazos enormes y alzaba la mirada para grabar su expresi√≥n bondadosa, mientras un bigote distinto a todos los bigotes conocidos le acariciaba de vez en cuando sus mejillas. Y aprendi√≥ un lenguaje hasta all√≠ desconocido: el idioma del silencio. Las palabras dialogaban a la saz√≥n con im√°genes maravillosas: la nieve cayendo, un transe√ļnte dejando h√ļmedas huellas en el suelo, un p√°jaro posado en los cables de alumbrado, un rayito de sol jugueteando entre las nubes, un arco iris dubitativo desvaneci√©ndose en la lluvia, una luna blanca alumbrando entre las sombras. Y en su portentosa imaginaci√≥n el ni√Īo vol√≥ junto a su abuelo y lleg√≥ hasta un peque√Īo poblado llamado Praznica en la isla de Brac, en un pa√≠s que ahora era Croacia, con unas pocas casas de piedras antiqu√≠simas y donde las mujeres, que aun vest√≠an de negro, caminaban encorvadas y presurosas, como a menudo lo hacia su abuela. All√≠ vio su habitaci√≥n, tal cual la dejara su abuelo en la juventud, inmaculada y ordenada, como si nunca hubiera partido m√°s all√° del Mar Adri√°tico, o siempre estuviera predispuesta para ser ocupada a su regreso. Y conoci√≥ a sus parientes y ley√≥ en el frontis de una capilla, en una borrosa piedra caliza que alguna vez fue blanca, el apellido de su familia, cuando un primo sacerdote lo bendec√≠a con la se√Īal de la cruz sobre su frente. All√≠ crey√≥ que despertaba: era la d√©cada final del siglo XX y hab√≠a dado un salto verdadero, que en principio era inexistente. Pero al presente estaba reconociendo parte de su origen, como un d√≠a lo hiciera en la isla de Chilo√©, para entender la procedencia de su madre y de su abuelo materno. Se dijo que la vida era corta y el vocabulario insuficiente para concebirla a plenitud. Ya era un hombre y hab√≠a escrito varios libros. Libros sobre s√≠ mismo y los dem√°s; libros que hablaron del dolor, de la cordura y la locura, de los sue√Īos y de seres marginales, del origen y de la muerte, del espacio y de otras dimensiones; libros sobre el desequilibrio familiar y las ansias de poder, de las ambiciones humanas y la necesidad de trascender; libros que hablaban del secreto anhelo de que los dem√°s fueran siempre uno solo, no importando d√≥nde ni con qui√©n o c√≥mo se viviera. Esa idea separatista de la condici√≥n humana no cab√≠a en su mente y menos en su coraz√≥n. S√≥lo que mucha agua hab√≠a corrido bajo los puentes que hab√≠a transitado. Ya no era el ni√Īo que so√Īaba con duendes y hadas traspasando las habitaciones de su casa en el barrio yugoslavo de Punta Arenas. Hab√≠a cursado gran parte de su desarrollo personal. Conoci√≥ el amor de pareja y ayud√≥ a traer hijos al mundo. Se cambi√≥ de morada y de pa√≠s, y de trabajo muchas veces y muchas veces busc√≥ en la carne lo que s√≥lo el esp√≠ritu pod√≠a satisfacer. Pero, aprendi√≥ a conocerse contradictorio y dividido, y supo que como todo hombre a veces era bueno y a veces pod√≠a ser malo. Que la vida es un claro oscuro por donde caminan las civilizaciones buscando el sentido de quienes las integran. Y de pronto, casi sin notarlo, vio que hab√≠a escrito quince libros, y que un d√≠a de arrebato m√≠stico hab√≠a quemado una docena de textos in√©ditos, porque supuso que la literatura no era su camino de trascendencia personal ni de nadie que la pretendiera. Y que en el intertanto hab√≠a vivido en un pa√≠s con esos mismos altibajos. Que un d√≠a casi remoto sufri√≥ como tantos en medio de una Dictadura y que conoci√≥ el miedo, el dolor propio y familiar, y el de quienes eran sometidos, torturados, muertos o exiliados. La vieja esclavitud se hab√≠a maquillado con el travestismo de la modernidad neo liberal. Pero crey√≥ como tantos en un amanecer, porque la existencia era c√≠clica y nada duraba eternamente. Record√≥ aquello que le ense√Ī√≥ su profesor de primaria: todo lo que nac√≠a, se desarrollaba y materialmente perec√≠a. Trat√≥ de internalizar que no importaba llegar a un sitio prefijado, porque siempre hab√≠a otro. Que en verdad interesaba continuar el trayecto, ese andar con o sin pausas, com√ļn para un insecto, una golondrina girando bajo el cielo, una luci√©rnaga desplegando su luz entre unas ramas o el movimiento sin fin de todo el universo. Sinti√≥, despu√©s de mucho peregrinar, que lo escrito le ayudaba a entenderse y a entender a la humanidad de la que nunca podr√≠a desligarse. Y que mientras existiera un solo hombre prisionero en alg√ļn conf√≠n del mundo esa humanidad nunca ser√≠a realmente libre. Y escribi√≥ y escribi√≥, porque present√≠a que no ten√≠a m√°s alternativa. As√≠ fuera un d√≠a estudiante b√°sico o universitario, abogado o juez de un tribunal. Que las funciones que la sociedad le otorgaba a un ciudadano eran signos de un encuentro y de una exploraci√≥n individual y colectiva, donde a veces las profesiones perduraban o se convert√≠an en otras. Pero que la palabra era m√°s poderosa, porque ella decretaba, prohib√≠a o permit√≠a. Y as√≠ como pod√≠a sancionar o privar de libertad pod√≠a tambi√©n liberar a un inocente. Y que todos los individuos, sean hombres o mujeres, pod√≠an tambi√©n un d√≠a ser acusados, porque nadie, en lo absoluto, manejaba a ciencia cierta su destino y las circunstancias pod√≠an hacer de un santo un criminal o de un criminal un santo. Y que ello no se contrapon√≠a a la necesidad de querer siempre ser mejores y de conocerse un poco m√°s cada momento. Entendi√≥ que la literatura, siendo exclusiva y personal, puede ser tambi√©n universal, si es honesta y sincera consigo misma y no se vende al mejor postor en aras de una fama pasajera. Que el dolor de un ser humano en Indonesia, en Bolivia o en Siberia no le puede ser indiferente a quien siente que el otro es parte indivisible de uno mismo. Que la actual humanidad, con todos sus sinsabores y el peligroso desarrollo tecnol√≥gico moderno que la tiene al borde del abismo, posee un don inquebrantable que puede salvarla del desastre. Que ese don no es otro que el amor y m√°s all√° de que el cielo y la tierra pasen, las palabras aut√©nticas no pasar√°n, aunque muchas veces se maticen de esperas o se mimeticen en claves de silencios. O que a veces digan entre l√≠neas lo que en verdad importa m√°s all√° de la escritura misma. Entonces, ese hombre que un d√≠a se vio reflejado en los ojos de su abuelo y en los cercanos y p√≥stumos ojos de su padre puede mirar hacia atr√°s y hacia adelante a un mismo tiempo y sentir que la eternidad es el presente: el que est√° envuelto en esta reuni√≥n en Puerto Cisnes, su nuevo lugar de transitoria residencia en este mundo. Y se dijo que este d√≠a en que la Academia Chilena de la Lengua lo reconoce como uno de los suyos es un d√≠a que vino desde lejos a quedarse con √©l y toda su familia para siempre. Y que solo restaba agradecerlo‚Ķsimplemente, agradecerlo‚Ķporque el camino todav√≠a lo segu√≠a recorriendo‚Ķ








FALTAN
17 - Dic
Elecciones en Chile
Días
Horas
Minutos
Segundos

Ud. es el visitante nro.:
356594797

Diseño y Webhosting: Iflexus Ltda.