Marcos Buvinic Martinic.

SIN MANCHA

12-12-2019 - 14:06
Una de las evidencias que se ha manifestado en este tiempo tan especial y complejo que vivimos en nuestro país -y que casi nadie discute- es que todos somos responsables -en modos muy diversos- de la crisis social y política que estalló clamorosamente hace casi dos meses.

Hay responsabilidad en quienes impulsaron un sistema económico y social abusivo, montado sobre la injusta distribución de bienes y oportunidades entre las personas; también está la responsabilidad de quienes pudiendo hacer algo por cambiarlo creando leyes que promovieran una mayor justicia social, no lo hicieron y se contentaron con algunos maquillajes que ocultaran tanta indecencia social; también está la responsabilidad de quienes se dejaron llevar por la inercia del bienestar y se sumergieron en el individualismo consumista, desentendiéndose de toda necesidad de justicia social; otros, muchos, son los que callaron y aguantaron sin reaccionar ante las injustas situaciones que se les imponían. En fin, responsabilidades por lo que unos hicieron y responsabilidades de otros por lo que no hicieron; culpables por comisión o culpables por omisión. Así, nadie, honestamente, puede levantar sus manos proclamando que están sin mancha.

La crisis nos ha permitido una muy saludable toma de conciencia de la responsabilidad compartida por todos -en modos diversos- en la construcción de la sociedad, y esa toma de conciencia es el primer paso para los cambios necesarios.

Pero, desde la fe cristiana, decimos -junto con el Señor Jesús- que es del interior de cada uno, del corazón humano, de donde salen todas las malas acciones y toda injusticia. Eso es lo que en el lenguaje cristiano llamamos “pecado”, la distorsión con la que nos echamos a perder la vida y se la echamos a perder a los demás. Es el interior del ser humano -de donde salen nuestros pensamientos y acciones- lo que es preciso sanar y cambiar.

Quizás, esto ayude a muchos a comprender mejor el lugar que ocupa la Virgen María en la fe cristiana, y por qué muchos acuden a sus santuarios a orar, y por qué el domingo recién pasado -8 de diciembre- los cristianos oramos a la Madre del Señor Jesús por nuestro querido y sufrido Chile.

Lo que la fe cristiana proclama y celebra es que en este mundo Dios actúa rescatando a los seres humanos de esa alienación fundamental, que es el pecado. Y así -en medio de tantas situaciones complicadas- proclamamos y celebramos que María es la primera cristiana, la "llena de Gracia", y por lo mismo es “la Inmaculada” -es decir, “sin mancha”-, que en su vida no conoció el pecado que ensucia la luminosa belleza y capacidad de justicia que Dios puso en el ser humano.

Proclamar a María como “la Inmaculada” significa que su corazón y sus manos están limpios de toda mancha de corrupción, que son manos honestas que trabajan por la justicia; que María es una persona que cuida la vida que Dios ha creado y no la destruye, que es una persona que comunica paz y nunca violencia, que esa persona -porque tiene el corazón bien puesto- no está manchada ni con la indiferencia ante el sufrimiento de los demás ni con la búsqueda individualista de bienestar.

Por eso, porque tiene el corazón bien puesto en el plan de Dios, María es la que proclama que “el Señor derriba de su trono a los poderosos, y pone en su lugar a gente humilde”, que “el Señor colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías”. María, la sin mancha, es la que nos invita a seguir al Señor Jesús diciéndonos “hagan todo lo que Él les diga”.

Así, los católicos proclamamos y celebramos a María, la Madre del Señor Jesús, porque somos conscientes de que detrás de todo el mal en nuestro país está la condición humana herida por el pecado y necesitada de sanación; y que sin la gracia de Dios que transforma desde el interior a las personas, todas los cambios necesarios se hacen imposibles o se vuelven ocasión de nuevas injusticias. Lo que Dios ha hecho en María es el signo de lo que este mundo -y todas sus cosas importantes- está llamado a ser: lleno de la gracia de Dios.


12 de diciembre de 2019