Marcos Buvinic Martinic.

LA VERGÜENZA DEL MACHISMO

26-11-2020 - 13:45
Ayer, miércoles 25 de noviembre, no sólo fue el día de la muerte de Maradona, que enluta a los futboleros del mundo entero, sino que con la costumbre que se ha establecido de designar un día para cada cosa -a nivel nacional o internacional- que nos recuerde algún valor, alguna profesión o algún problema de la sociedad, se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, con actos y manifestaciones en muchas ciudades de diversos países. Es un día para que los machistas se mueran de vergüenza, si es que alcanzan a darse cuenta de lo “poco hombres” que son con sus actitudes de discriminación, maltrato o violencia contra las mujeres.

En este año ya van 48 mujeres muertas y 128 femicidios frustrados (en esta fecha, en el 2016, eran 34 asesinadas y 109 femicidios frustrados), y no se trata simplemente de cifras del horror, sino que se trata de personas, mujeres que eran esposas, parejas y madres asesinadas por machistas abusadores. Para continuar con las cifras de esta vergüenza nacional, resulta que en este año las llamadas telefónicas de mujeres que piden ayuda ante situaciones de violencia han aumentado en 183% con respecto al año pasado. Esta es otra de las heridas invisibles de la pandemia y del confinamiento, pues en las tensiones del confinamiento ellas han estado más expuestas a los maltratadores en sus casas.

La penosa inhumanidad del machismo se potencia con el hecho de que la cultura machista no asume su carácter abusivo, discriminador y violento. El machismo no es -simplemente- una “mala costumbre” o un serio delito, sino que es una actitud que pisotea los derechos humanos de las mujeres, introduciendo el abuso, el acoso, la discriminación y la violencia como una clave de la relación entre hombres y mujeres; pero, esta forma de relación es una de las vergüenzas de nuestra sociedad, y una expresión brutal del poder de dominio y de la desigualdad.
Con el modelo machista de la dominación masculina y subordinación de la mujer, todos -hombres y mujeres- perdemos mucho. Perdemos la posibilidad de relaciones igualitarias y libres, relaciones de mutua colaboración y complementación, que son las únicas que hacen más plenos a los seres humanos.

También en la Iglesia estamos al “debe” en este delicado e importante asunto, y nos perdemos mucho del don de Dios cuando vivimos como una institución con rasgos patriarcales y machistas, que excluye a la mujer de la toma de las decisiones que tocan la vida y misión de la comunidad creyente, así como de las tareas de liderazgo de la vida de la comunidad eclesial. Para ir viviendo el proyecto de Jesús de una comunidad fraterna, como lo señaló a sus discípulos y discípulas al decir que “todos ustedes son hermanos” (Mt 23,8), hay que ir dando pasos de renovación y revisar -en serio- las mentalidades machistas, las estructuras de marginación y las prácticas de discriminación.

En la fe cristiana no podemos olvidar -y tenemos que vivir de verdad- lo que se anuncia desde los relatos bíblicos de la creación, que la mujer es la mitad de Dios: "Creó Dios al ser humano a su imagen y semejanza, varón y mujer los creó", dice el texto bíblico. Es decir, la imagen de Dios está en la complementación de ambos sexos, creados en igual dignidad y derechos, y esto excluye toda forma de dominación y discriminación. Entonces, en lenguaje cristiano, el machismo es un pecado que atenta contra el plan de Dios que creó a hombres y mujeres en igual dignidad y derechos, pues una mujer es la mitad femenina de Dios en nuestro mundo.

En estos tiempos llenos de complejidades de todo tipo, y atravesados por un maravilloso anhelo de equidad, como lo ha señalado el Papa Francisco en su reciente carta: “Todos hermanos”, es necesario un renovado esfuerzo de todos y todas -mujeres y varones- en el empeño por cambiar la actual situación de sometimiento, discriminación y violencia contra de las mujeres, para vivir en una sociedad que sea más humana, más fraterna y mejor para todos.


26 de noviembre de 2020