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Oveja Blanca

CON EL LÁTIGO DE LA INDIFERENCIA
12/09/2019

Realmente, la indiferencia es un castigo feroz y, como lo hizo ver Freud, lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia, pues amor y odio son formas fluctuantes de atención a otra persona, pero la indiferencia es una forma de ignorar al otro y matarlo: “tú no me interesas, tú no existes”; es el más doloroso de los ninguneos.

La expresión “el látigo de la indiferencia” ha sido plasmada en poemas y canciones que expresan, por una parte, el dolor del que la padece y, por otra, el supuesto placer de quien maneja el látigo de la indiferencia para castigar a otro. Pero, quien maneja ese látigo no se ha dado cuenta que la indiferencia es amiga del supuesto enemigo, pues -tarde o temprano- el látigo de la indiferencia se vuelve contra el que lo maneja. La indiferencia es, pues, el más estéril de las actitudes y el más brutal de los castigos, y deshumaniza a quien actúa de ese modo.

Si la indiferencia es estéril y dolorosa en las relaciones humanas, lo es también -y quizás más- en los asuntos de la sociedad, pues en ella se anida el más peligroso de los individualismos que ignora y se desentiende de los demás y de los problemas que son de todos. En la indiferencia ante lo que ocurre en la sociedad, cada uno se recluye en su metro cuadrado y dice al resto: “tus asuntos no son los míos, tus problemas no me interesan y yo tengo los míos, tu sufrimiento no es el mío y no me interesa”. Así, mientras los asuntos no nos tocan de cerca, los ignoramos. Ahí es el punto en que el indiferente no se da cuenta que su propia indiferencia ante los asuntos que tienen que ver con todos comienza a volverse contra él mismo.

Esta peligrosa manera de pensar y vivir en la indiferencia ante lo que ocurre en la sociedad, la plasma muy bien el poema de Martin Neimöller, un pastor luterano que luchó contra el nazismo, en el cual denunciaba el individualismo y la indiferencia de la sociedad alemana: “Cuando vinieron a buscar a los comunistas, yo no dije nada porque no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera alzar la voz para protestar".

Así, la indiferencia se convierte en el mejor aliado de todas las injusticias. Piense usted, en la indiferencia ante las pensiones miserables de tantos adultos mayores: los distintos gobiernos que se suceden se refieren al tema, los políticos hablan y hablan al respecto, pero nadie hace algo eficaz para mejorar las pensiones. Mire usted el drama de la corrupción que afecta a las más diversas instituciones de la sociedad, y ante la cual todos rasgan sus vestiduras, pero pocos parecen hacer algo eficaz ante ella. Por la indiferencia de muchos, los delincuentes hacen lo que hacen y aumentan cada día: “le robaron a mi vecino, menos mal que no me robaron a mí”.

Si ampliamos la mirada, se está quemando la selva del Amazonas, que es el pulmón verde de la tierra, nuestra Casa Común, y nos parece algo tan lejano que poco tiene que ver con nosotros, pero el problema es que sin oxígeno no podemos vivir. Sentimos los efectos del cambio climático, pero nos desentendemos del hecho que ese cambio tiene causas humanas, por el modo en que maltratamos la tierra, y seguimos arrasando con los bosques, contaminando mares, ríos y humedales, y botando basura en cualquier lado.

En los asuntos que tienen que ver con todos, en los problemas de la sociedad, la indiferencia es un látigo de autoflagelación. Por ser indiferentes y vivir en el individualismo del propio metro cuadrado, la inequidad y la injusticia crecen cada día. Por ser indiferentes nos deshumanizamos y nos acostumbramos a que el sufrimiento del otro no nos atañe, no nos interesa, no es asunto nuestro. Pero ser indiferentes en los asuntos sociales no es gratis, es una autoflagelación.

La necesidad de superar y erradicar esta indiferencia social vale para todos. A los cristianos, nuestra fe nos llama a involucrarnos en los asuntos de la sociedad, a no dejar que otros decidan por nosotros, a no pasar de largo ante las injusticias, porque lo que hoy le pasó a otro mañana me puede pasar a mí. Es urgente salir del metro cuadrado del individualismo que nos está matando como sociedad.

Como -probablemente- ninguno de los amables lectores se considera una mala persona, terminemos recordando al gran Martin Luther King, Premio Nobel de la Paz en 1964, quien decía: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es la indiferencia y el silencio de los buenos”.




12 de septiembre de 2019

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