24 de mayo de 2026
COLUMNA DE OPINIÓN | LAS COSAS DE DIOS
Por: Marcos Buvinić Martinić

A lo largo de mi vida de sacerdote me ha sucedido, varias veces, que algunas personas que me han increpado diciéndome algo como “usted no se meta en esto, dedíquese a las cosas de Dios”. Evidentemente, cada vez ha quedado dando vueltas en mi cabeza lo que para esas personas serían “las cosas de Dios”.
Una vez, en mis primeros años de sacerdote, una persona enferma estaba algunos días perdido de su casa; su familia y amigos lo buscábamos, alguien me pasó el dato de que llevaba varios días de parranda en un lugar que -me dijeron- era de “dudosa reputación”, pero como había que encontrarlo, fui a buscarlo. Allí encontré a mi amigo, pero también encontré a personas que no esperaba ver, pues presumían ser de “buena reputación”; uno de ellos me sermoneó acerca de cómo era posible que un cura anduviera metido allí en vez de “dedicarme a las cosas de Dios”. Yo sabía lo que hacía y tenía buenas razones para hacerlo, y no creo que él tuviera alguna razón buena para estar donde estaba.
Cuando he tenido que defender a alguien que sufre violencia en su familia, o defender los derechos humanos en los tiempos de la dictadura, o participar en alguna manifestación junto a vecinos, o decir una palabra ante injusticias normalizadas en la sociedad y tomar partido por quienes padecen esas injusticias, no falta quien sale con el estribillo “usted no se meta en esto, dedíquese a las cosas de Dios”. En esas ocasiones he recordado las palabras del santo obispo brasilero, Helder Cámara († 1999): “cuando doy comida a los pobres, me llaman santo; cuando pregunto por qué no tienen comida, me llaman comunista”.
Si ahora hago memoria de estas situaciones que he vivido es porque quiero invitarlos a que reflexionemos acerca de cuáles son “las cosas de Dios”, lo que a Él le importa y le interesa, especialmente en tiempos en que el nombre de Dios es obscenamente usado y ultrajado, para justificar todo tipo de barbaridades.
El Dios que se ha dado a conocer en el Señor Jesús no es una especie de genio mágico escondido en algún rincón del cosmos, sino que es mayor que todo el universo y es su creador, es Alguien que ama y crea, que llama a la vida y entra en la historia haciéndose uno de nosotros en la persona de Jesús de Nazaret. Esta es la primera novedad del Dios de los cristianos: se hace un ser humano en Jesús, asumiendo la vida de un hombre pobre, sin poder ni medios humanos, viviendo los gozos y rigores de una vida dedicada a mostrar que en el amor -en todas sus dimensiones- encontramos la felicidad para la que fuimos creados, y ese amor -como Él lo vivió hasta dar su vida amando- es la presencia misma de Dios y su único mandamiento: “ámense unos a otros como Yo los he amado”.
Si queremos saber cuáles son “las cosas de Dios”, lo que a Él le importa, tenemos que mirar a Jesús en los evangelios. Él siempre defendió la vida y la dignidad de todas las personas, empezando por los más pequeños y marginados, por los que eran despreciados y los que estaban en las orillas del bienestar de la sociedad de esos tiempos, los que sufrían injusticias y los que padecían cualquier violencia o discriminación; ofreció el perdón a todos y llamó a todos a vivir como hijos del mismo Padre. Así, anunció y mostró que cuando Dios reina, reina el amor, y ese amor -que es Dios mismo- viene al encuentro de la gran aspiración humana: aprender a ser felices viviendo en el amor.
Anunciando el reino de Dios, Jesús denunció todo lo que se opone a ese reinado del amor, eso es el pecado. Denunció la hipocresía de la falsa religiosidad y las trampas de los corruptos; en ese combate por el reinado del amor sufrió la persecución de los poderosos y fue ajusticiado como un criminal. Así, murió tal como vivió: amando y perdonando a sus verdugos. Pero ese gran amor de Dios no podía quedar encerrado en una tumba, y así el Resucitado sigue acompañando nuestras vidas y la historia humana para llevarla a su plenitud.
Los primeros cristianos decían “si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba” (Col 3,1), y desde entonces los discípulos del Señor Jesús comprendemos que las “cosas de Dios”, esos “bienes de arriba” es vivir en el amor todas “las cosas de abajo”, las cosas de este mundo asumidas por Dios en la encarnación del Señor Jesús. En ellas se juega la vida, la dignidad, el bienestar y el destino eterno de todos los hijos e hijas del Padre Dios, y eso es lo que a Él le importa.
24 mayo 2026
Los acuerdos contemplan alimentación para más de mil beneficiarios y coordinación para facilitar acceso a becas y programas educativos.
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