Soy reportero.

COMENTARIO SOBRE ÚTERO, LA ÚLTIMA NOVELA DE JUAN MIHOVILOVICH

26-03-2022 - 11:05
José Luis Pincheira, acaba de publicar en el sitio electrónico Proyecto Patrimonio el siguiente comentario sobre la novela Útero del escritor magallánico Juan Mihovilovich Hernández (Zuramérica SA, 2020, 198 páginas).
Comienzo con un contexto necesario. La guerra sobre el territorio ucraniano, el mundo en pandemia, las diferencias que no se concilian, las actitudes beligerantes, la fuerza ilegítima, el ímpetu furioso re-fundante, etc.
¿El porqué de este contexto? Porque a pesar de que he leído hace tiempo el libro que nos convoca, no había logrado ser capaz de expresar lo que me hizo sentir el conocerlo en su totalidad. Han transcurrido tiempos humanos y en él, nacimientos, muertes, crecimientos, desarrollos, involuciones, nuevas estupideces viejas, etc. Cuando comienzo con el contexto es porque, justamente, más necesario se hace hoy, leer a Juan Mihovilovich.
Común es escuchar lo críptico de su pluma, lo complejo de sus tramas, lo inalcanzable de su sentido último. Sin embargo, me arriesgaré con pronunciar el que siento me interpreta, el que me convoca. En Útero y en todas sus implacables y crudas verdades que el personaje nos relata, encuentro inscrito y configurada la más pura presencia del Amor.
Aseguro que encuentro en él una manifestación de cariño por la vida, la muerte, el respeto por los y las que nos precedieron, por los que hemos acompañado, “juzgado”, en fin, participar de este instante y del infinito con el otro u otra. Estar vivo.
En la lectura de Útero, existe la expresión de la más delicada renuncia de todo ser humano, cual es la de, sin ánimo de acotarlas, aceptar que somos finitos, humildes, ignorantes, y plenos de preguntas que solo tienen una respuesta posible. Se acepta y se quiere lo que se lee en Útero. Se agradece el hecho de plasmar en este libro y escribir en él, desplazándose por pasillos oscuros, tenebrosos, de miedo, desde quizás otra dimensión, el escribir sobre la vida, desde una mirada tan personal, desde una perspectiva tan finamente elogiosa del existir, desde la mirada de quien teniendo años suficientes para considerarse viejo y sabio, se muestra y se encuentra en el adulto responsable, el tierno joven desorientado que disfruta, el niño que anhela querer con más fuerzas que las que nunca nadie ha tenido y que encuentra como forma el orinarse.
El amor infinito, que, transfigurado en el horizonte austral, el relator observa temprano en la mañana y que parece la condición humana del deseo intocable, sin embargo, junto a nosotros corre un río vehemente que, ignorado, al igual que lo hace un observador cualquiera del Estrecho, nos sorprende con un caudal que en determinadas circunstancias puede llevarse todo, si así lo quiere.
El abrazo para quien tiene presente esa inalcanzable mirada profunda hacia la lejanía, que al mismo tiempo sabe que el Presente corre impetuoso y real, y, por tanto, imposible de evitar cogerlo con la energía de mil hombres, de agarrarlo con la fuerza de una madre pariendo el nuevo mundo, de provocar el asirlo en cualquiera que pueda hoy respirar hondo, profundo, como si fuera la primera vez, imaginándose saliendo de la matriz, desde el útero.