Hemos vivido días intensos en el país con la transmisión del mando presidencial que, finalmente, se realizó de manera tranquila según los ritos de la democracia en Chile. Ahora, independientemente de la posición política que tenga cada persona, todos podemos desear al nuevo gobierno que le vaya bien -como lo deseó el presidente saliente al presidente entrante-, pues se trata del bien de todos los ciudadanos del país. El cambio de mando presidencial es un ritual en que el pueblo chileno reconoce el sentido y la continuidad de sus instituciones fundamentales. Un acto que manifiesta -como dijo el zorro en la novela “El Principito”- que “los ritos son necesarios”. El ritual del cambio de mando presidencial señala que en una democracia el poder no se posee, sino que reside en la voluntad soberana del pueblo, de manera que el poder se recibe, se ejerce y se entrega. Así, las autoridades son mandatarias de la voluntad popular, y esto significa que un mandatario no es -simplemente- el que manda, sino el que ha recibido una tarea, un mandato, y para eso se le confiere la autoridad. El presidente como primer mandatario no es el que manda más (menos aún es el mandamás), sino que es aquel a quien los que mandan -es decir, la voluntad popular- le han confiado la autoridad para cumplir un servicio público según un programa libremente elegido. Sin embargo, a pesar de estas hermosas definiciones democráticas, el ejercicio del poder siempre es amenazado por la tentación de la autoafirmación y de la subordinación de otros a la propia voluntad. Esta tentación nos acecha a todas las personas en cualquier situación que estemos y en cualquier forma de autoridad que tengamos (familiar, laboral, eclesial, servicio público, cultural, etc.). Tal es así, que el tiempo de cuaresma que estamos viviendo los cristianos lo hemos iniciado recordando que el mismo Señor Jesús también fue tentado por el poder de la autoafirmación para abandonar la misión de ser el servidor de todos. Hace 500 años, un gran político, canciller de Inglaterra y reconocido por la Iglesia como un santo, Tomás Moro, repetía una oración en que le pedía al Dios “líbrame de esa cosa pequeña y entrometida que se llama yo”. Claro, porque “esa cosa pequeña y entrometida” es la que hace decir “aquí mando yo y se hace lo que yo digo”, “yo quiero hacer esto y no me importan los demás”, “aquí no se mueve una hoja sin que yo lo diga”, y tantos otros yo, yo, yo… Además, la tentación de autoafirmación en el poder también se manifiesta a través de la legión de aduladores que buscan su tajada en la cercanía del poder, tal como las polillas buscan la luz. Es la fascinación del poder que termina por trastocar los valores y abre camino a la corrupción en todas sus formas. Pongo un ejemplo que aparentemente no tiene que ver con el tema. El 8 de marzo fue arrojado en la calle, frente a la casa de la alcaldesa de Quinta Normal, el cuerpo de una mujer de 26 años, amarrada dentro de una caja, muerta 20 días antes. ¿No le llamó a usted la atención que durante dos o tres días casi toda la información del horrible crimen giró en torno a la alcaldesa? Que si era un mensaje de advertencia, que si había recibido amenazas previas, que las impresiones de la alcaldesa ante el hallazgo, las muestras de adhesión que recibía, la protección policial que tendría, etc. Pero casi ni una palabra acerca de la mujer asesinada; ella era uno de esos “nadies” que no son noticia, esos de los que Mario Benedetti decía: “l os ‘nadies’, que cuestan menos que la bala que los mata”. Por cierto, a las autoridades hay que cuidarlas y protegerlas para que realicen sus tareas; por cierto, la impresión de encontrar el cuerpo de esa joven mujer debe haber sido horrible. Ponga usted en su buscador de internet este hecho y verifique que casi todas las informaciones giraban en torno a quien ejercía una autoridad, pero… ¿y la mujer que mataron? Recién ahora que se despejó que no era una amenaza para la alcaldesa, la atención se pone en el crimen de la joven. Eso sucede con la fascinación del poder que lleva a trastocar los valores en juego. Frente a la tentación del poder se requiere una vigilancia activa en la propia conciencia y, también necesitamos ser corregidos por otros. También en una democracia, esa vigilancia es uno de los sentidos que tiene la oposición política. Porque de lo que se trata, siempre y en cualquier plano del poder y la autoridad, es buscar y cautelar que la autoridad sea un servicio, especialmente para los “nadies”. 15 de marzo de 2026
El Día Internacional de la Mujer, conmemorado el 8 de marzo, nos recuerda la histórica lucha de las mujeres por la igualdad, la justicia y mejores condiciones laborales y salariales. En los últimos años estas condiciones se han ido fortaleciendo, con avances como la Ley N°20.545 vinculada a la protección a la maternidad, el acceso a la sala cuna, la creación del Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género (SERNAMEG) y recientemente la adaptación de jornadas laborales como el teletrabajo parcial. Sin embargo, al año 2026, la reducción de la brecha salarial entre hombres y mujeres sigue siendo un desafío. La Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) 2024 señala que en la región de Magallanes y de la Antártica Chilena, los hombres, que representan el 57,4% de la población ocupada, percibieron un ingreso medio mensual de $1.186.021, mientras que las mujeres, con un 42,6% de participación, alcanzaron $881.952, reflejando una brecha de género en -25,6% en desmedro de las mujeres. Aunque el ingreso promedio femenino ha aumentado en los últimos cuatro años, las desigualdades persisten, y tras el retorno progresivo a la presencialidad post pandemia, la brecha se ha mantenido estancada durante 2023 y 2024, evidenciando un problema estructural que afecta principalmente a las mujeres, en un mercado laboral que sigue siendo mayoritariamente masculino. En síntesis, el crecimiento del ingreso medio no ha ido acompañado de una mejora en la equidad salarial, y mientras esta no sea una prioridad, la desigualdad en este ámbito se mantendrá. Desde la educación superior, y específicamente desde la carrera de Servicio Social, tenemos el deber de formar profesionales con valores éticos, capaces de promover justicia social, trabajo digno y dignidad para todas las personas, reconociendo que la economía se fortalece con la contribución equitativa de toda la población. Marcela Gacitúa Directora de Carrera Área de Ciencias Sociales IPST, Punta Arenas.
¡Para qué decir que estamos viviendo tiempos complejos! Con los dimes y diretes del traspaso de gobierno y la guerra en Medio Oriente y su horror, mientras los supuestos amos del mundo siguen en sus juegos de poder con muertos que son los números silenciosos del espanto bélico, todo parece volverse incierto y precario. En este contexto hoy se conmemora el Día de la Mujer, y junto con el saludo a ellas que son la mitad femenina de Dios, me detengo en una actitud que no es incierta ni precaria, sino una manifestación del amor de Dios a la dignidad humana: la actitud del Señor Jesús con las mujeres en la sociedad en que vivió hace veinte siglos, que era aún más patriarcal y machista que la nuestra. En la sociedad judía del tiempo de Jesús, la mujer casi no tenía existencia social y sus derechos no eran iguales a los varones. Las jóvenes pasaban del poder del padre -que las casaba con quien él quisiera- al marido como instrumento de fecundidad familiar, y el marido tenía derecho a repudiar a su esposa. Las mujeres no podían estudiar ni participar en la vida pública, ni siquiera podían ser testigos en los tribunales; era inimaginable que una mujer ocupase algún cargo público. En lo religioso eran equiparadas a los esclavos y los niños, y no se les tenía en cuenta en el culto; era impensable que una mujer leyese la Biblia en la sinagoga, además, las mujeres no sabían leer. La situación de la mujer se resume en una oración que los judíos religiosos decían cada mañana: “Te doy gracias, Señor, porque no me hiciste pagano, ni esclavo, ni mujer. En este contexto patriarcal y machista, el Evangelio muestra como Jesús rompió todos los esquemas sociales, culturales y religiosos que subordinaban, maltrataban e invisibilizaban a las mujeres: las hizo plenamente destinatarias del Reino que anunció, no hay un anuncio del Reino para los hombres y otro para las mujeres, y no hay una conducta evangélica para los varones y otra para las mujeres. Y algo inimaginable en ese tiempo: Jesús las llamó a ser sus discípulas y fundó una comunidad igualitaria, una comunidad de discípulos y discípulas, y un grupo de ellas le acompañaban en sus viajes. Jesús siempre estuvo de parte de las mujeres, aunque otros las considerasen como adúlteras o prostitutas, y se detenía a conversar con ellas, lo cual era algo tan inconcebible que hasta sus discípulos se sorprendían que lo hiciese, como cuando lo encuentran conversando con la mujer samaritana, ¡mujer y pagana! También, puso a las mujeres como ejemplo de la fe que debía animar a todos sus discípulos. Cuando Jesús habla de la indisolubilidad matrimonial también está defendiendo los derechos de la mujer que podía ser repudiada y despedida -sin más- por el marido. Defiende valientemente a la mujer que humillan en su presencia acusándola de ser “una pecadora”; en otra ocasión, Jesús saca la cara por una mujer acusada de adulterio, y que por eso estaba condenada a morir lapidada; Jesús devuelve el asunto a los acusadores (“el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”), y luego la despide con palabras de consuelo y respeto. Con las mujeres, el Señor Jesús nunca tuvo discusiones o conflictos, y tuvo buenas amigas: Marta y María, hermanas de Lázaro, y María Magdalena. Las mujeres no lo traicionaron y fueron fieles a Jesús en su pasión y muerte, cuando los apóstoles que lo habían traicionado y negado, se escondieron y lo dejaron solo. A las mujeres Dios les confió las mayores responsabilidades acerca de la persona de Jesús: a María de Nazaret la misión de ser su madre y formarlo para este mundo, y a María Magdalena, María de Santiago y Salomé la misión de ser las primeras anunciadoras de la resurrección, el triunfo del Señor Jesús sobre el mal y la muerte. En las Iglesias cristianas (católica, evangélicas, ortodoxas) ocurre algo paradojal, pues su doctrina proclama la igual dignidad y derechos de varones y mujeres, de manera “ya no cuenta ser judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, sino que todos son uno en Cristo” (Gál 3,28). Pero, en la vida de las Iglesias se dan diversas formas de discriminación hacia la mujer o de exclusión de la autoridad y de la toma decisiones. Esta paradoja manifiesta que las Iglesias cristianas se acomodaron -al menos en este punto- a la sociedad patriarcal y su cultura machista, más que al Evangelio. De ahí que la reivindicación del lugar de la mujer en la vida y organización de la Iglesia es un punto importante para ir siendo la comunidad de discípulos y discípulas que Jesús fundó como signo del amor de Dios. 8 marzo 2026
La industria del turismo en Chile ha cerrado un ciclo de recuperación para dar paso a un escenario de matices, donde el optimismo estadístico se encuentra con la cautela del análisis técnico. Los datos consolidados por la Subsecretaría de Turismo y Sernatur indican que durante 2025 ingresaron al país 6.004.567 turistas extranjeros, lo que representa un crecimiento de 14,6% respecto del año anterior. Esta cifra marca el mejor desempeño del turismo receptivo en la pospandemia y es el volumen más alto registrado desde el récord de 2017. Al analizar estos números, es evidente la consolidación estructural del turismo internacional hacia nuestro país, demostrando una oferta sólida, lo que nos recuerda que es muy importante la promoción turística en mercados de larga distancia y que esta debe seguir siendo una prioridad en la industria. No obstante, mientras celebramos este éxito hacia el exterior, las primeras señales de 2026 introducen una nota de realismo que obliga a poner la mirada en el mercado interno. La reciente publicación del informe de la Junta de Aeronáutica Civil ha generado un debate que amerita analizarse con precisión. Durante enero, se transportaron 2.781.765 pasajeros en vuelos domésticos e internacionales, lo que se traduce en una caída interanual de 2,6%. Una lectura rápida podría sugerir una crisis, pero los microdatos revelan una realidad bimodal. Por un lado, el tráfico internacional creció un 2,5%, propiciado por incrementos significativos en rutas provenientes de Europa, Oceanía y la agrupación Resto América, las cuales crecieron un 16,7%, 37,7% y 8,4%, respectivamente. Por otro lado, la contracción del flujo total fue arrastrada exclusivamente por el mercado doméstico, que experimentó una caída del 6,6%. Esta baja interna fue tan profunda, que la oferta doméstica registró una contracción interanual del 11,0%. Estamos frente a un fenómeno de sensibilidad al precio. El viajero nacional, enfrentado a condiciones macroeconómicas restrictivas, está ajustando su presupuesto. Sin embargo, es necesario ser cautos con estas cifras preliminares, ya que el descenso en el transporte aéreo no implica necesariamente que el chileno haya dejado de viajar. Lo que este indicador refleja es, probablemente, un efecto de sustitución hacia medios de transporte más económicos, como el vehículo particular, priorizando destinos de mayor proximidad que permiten eludir el costo de los boletos aéreos. Evaluar la salud del turismo nacional basándose únicamente en los aeropuertos conduce a un sesgo que ignora las dinámicas de movilidad terrestre. Para obtener una radiografía veraz del impacto económico estival, es necesario cruzar la información aeronáutica con, a lo menos, los indicadores de alojamiento. En este sentido, la pieza clave será la Encuesta Mensual de Alojamiento Turístico que el Instituto Nacional de Estadísticas publicará a fines de este mes. Solo a través de estos datos podremos confirmar si la menor cantidad de pasajeros en vuelos se tradujo en una baja real de las pernoctaciones a lo largo del país, o si simplemente ocurrió una redistribución del medio de transporte utilizado por los residentes. Adelantar conclusiones definitivas sobre el desempeño de la temporada basándose en un solo mes de tráfico aéreo es un riesgo que sesga la realidad económica. En síntesis, el panorama turístico debe ser abordado con optimismo fundamentado y prudencia. Chile ha demostrado que sigue siendo un destino capaz de atraer a más de seis millones de visitantes internacionales, lo cual es un triunfo de la competitividad externa. Simultáneamente, el descenso marginal en las cifras totales de vuelos nos advierte sobre la necesidad de monitorear el consumo interno. El éxito de la industria en el largo plazo no se medirá únicamente por récords en las fronteras, sino por la capacidad de equilibrar esa expansión con un mercado interno resiliente que soporte las fluctuaciones del ciclo económico.
Cada 27 de febrero nos trae a la memoria el terremoto y tsunami de 2010 y nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿estamos realmente preparados para el próximo megaterremoto? El 27F no fue solo un sismo de magnitud 8.8. Fue una prueba estructural para el Estado, sus instituciones y la sociedad chilena. Dejó en evidencia fallas graves en los sistemas de alerta de tsunami, descoordinación interinstitucional y una preparación desigual en la población. Pero también confirmó fortalezas: normas de construcción exigentes y una ingeniería sísmica que evitó un colapso mucho mayor. El problema es que el próximo megaterremoto no impactará al Chile de 2010, sino al de hoy: más urbano, más desigual y con infraestructura crítica altamente interdependiente. Hospitales, redes eléctricas, telecomunicaciones y abastecimiento operan como sistemas complejos. La experiencia internacional demuestra que los efectos en cascada —donde un evento inicial desencadena una serie de eventos secuenciales que provocan consecuencias progresivamente mayores— pueden generar un impacto social y económico más profundo que el propio movimiento del suelo. Ahí aparecen las brechas. Aún persisten altos niveles de vulnerabilidad territorial: expansión urbana en zonas costeras expuestas a tsunami, asentamientos en laderas inestables, infraestructura crítica ubicada en áreas de inundación. A ello se suman niveles de preparación heterogénea: no todas las familias cuentan con planes de emergencia, kits básicos o claridad sobre rutas de evacuación y zonas seguras. Además, el riesgo no es solo físico, también es social. Adultos mayores que viven solos, personas con movilidad reducida, hogares sin redes de apoyo o con empleos informales enfrentan mayores obstáculos para responder y recuperarse. La resiliencia estructural no siempre coincide con la resiliencia social. Entonces, ¿estamos preparados? La respuesta honesta es: parcialmente. En el plano estructural, Chile sigue siendo un referente. Las exigencias normativas posteriores a 2010 reforzaron el diseño sismorresistente. La probabilidad de colapso masivo en edificaciones nuevas es baja. En ese sentido, estamos mejor que hace dieciséis años. También existen avances institucionales. La creación del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres marcó un tránsito desde la reacción hacia una gestión más integral del riesgo. Hoy hay protocolos más claros, sistemas de alerta masiva y mayor profesionalización en la respuesta. Los simulacros son frecuentes y la cultura sísmica sigue siendo parte de nuestra identidad colectiva. Pero prepararse no es solo evitar que los edificios colapsen. Estamos mejor en ingeniería. Tenemos instituciones más robustas. Contamos con una cultura sísmica arraigada. Sin embargo, el desafío es no confundir desempeño estructural con resiliencia integral. El próximo megaterremoto no solo pondrá a prueba construcciones y protocolos, sino que también la planificación territorial, la cohesión social y la capacidad de sostener servicios esenciales en el tiempo. La pregunta incómoda sigue abierta. Y la respuesta dependerá, como en 2010, tanto de nuestras normas técnicas como de las decisiones colectivas que tomemos antes de que la tierra vuelva a moverse.
Hemos vivido días intensos en el país con la transmisión del mando presidencial que, finalmente, se realizó de manera tranquila según los ritos de la democracia en Chile. Ahora, independientemente de la posición política que tenga cada persona, todos podemos desear al nuevo gobierno que le vaya bien -como lo deseó el presidente saliente al presidente entrante-, pues se trata del bien de todos los ciudadanos del país. El cambio de mando presidencial es un ritual en que el pueblo chileno reconoce el sentido y la continuidad de sus instituciones fundamentales. Un acto que manifiesta -como dijo el zorro en la novela “El Principito”- que “los ritos son necesarios”. El ritual del cambio de mando presidencial señala que en una democracia el poder no se posee, sino que reside en la voluntad soberana del pueblo, de manera que el poder se recibe, se ejerce y se entrega. Así, las autoridades son mandatarias de la voluntad popular, y esto significa que un mandatario no es -simplemente- el que manda, sino el que ha recibido una tarea, un mandato, y para eso se le confiere la autoridad. El presidente como primer mandatario no es el que manda más (menos aún es el mandamás), sino que es aquel a quien los que mandan -es decir, la voluntad popular- le han confiado la autoridad para cumplir un servicio público según un programa libremente elegido. Sin embargo, a pesar de estas hermosas definiciones democráticas, el ejercicio del poder siempre es amenazado por la tentación de la autoafirmación y de la subordinación de otros a la propia voluntad. Esta tentación nos acecha a todas las personas en cualquier situación que estemos y en cualquier forma de autoridad que tengamos (familiar, laboral, eclesial, servicio público, cultural, etc.). Tal es así, que el tiempo de cuaresma que estamos viviendo los cristianos lo hemos iniciado recordando que el mismo Señor Jesús también fue tentado por el poder de la autoafirmación para abandonar la misión de ser el servidor de todos. Hace 500 años, un gran político, canciller de Inglaterra y reconocido por la Iglesia como un santo, Tomás Moro, repetía una oración en que le pedía al Dios “líbrame de esa cosa pequeña y entrometida que se llama yo”. Claro, porque “esa cosa pequeña y entrometida” es la que hace decir “aquí mando yo y se hace lo que yo digo”, “yo quiero hacer esto y no me importan los demás”, “aquí no se mueve una hoja sin que yo lo diga”, y tantos otros yo, yo, yo… Además, la tentación de autoafirmación en el poder también se manifiesta a través de la legión de aduladores que buscan su tajada en la cercanía del poder, tal como las polillas buscan la luz. Es la fascinación del poder que termina por trastocar los valores y abre camino a la corrupción en todas sus formas. Pongo un ejemplo que aparentemente no tiene que ver con el tema. El 8 de marzo fue arrojado en la calle, frente a la casa de la alcaldesa de Quinta Normal, el cuerpo de una mujer de 26 años, amarrada dentro de una caja, muerta 20 días antes. ¿No le llamó a usted la atención que durante dos o tres días casi toda la información del horrible crimen giró en torno a la alcaldesa? Que si era un mensaje de advertencia, que si había recibido amenazas previas, que las impresiones de la alcaldesa ante el hallazgo, las muestras de adhesión que recibía, la protección policial que tendría, etc. Pero casi ni una palabra acerca de la mujer asesinada; ella era uno de esos “nadies” que no son noticia, esos de los que Mario Benedetti decía: “l os ‘nadies’, que cuestan menos que la bala que los mata”. Por cierto, a las autoridades hay que cuidarlas y protegerlas para que realicen sus tareas; por cierto, la impresión de encontrar el cuerpo de esa joven mujer debe haber sido horrible. Ponga usted en su buscador de internet este hecho y verifique que casi todas las informaciones giraban en torno a quien ejercía una autoridad, pero… ¿y la mujer que mataron? Recién ahora que se despejó que no era una amenaza para la alcaldesa, la atención se pone en el crimen de la joven. Eso sucede con la fascinación del poder que lleva a trastocar los valores en juego. Frente a la tentación del poder se requiere una vigilancia activa en la propia conciencia y, también necesitamos ser corregidos por otros. También en una democracia, esa vigilancia es uno de los sentidos que tiene la oposición política. Porque de lo que se trata, siempre y en cualquier plano del poder y la autoridad, es buscar y cautelar que la autoridad sea un servicio, especialmente para los “nadies”. 15 de marzo de 2026
El Día Internacional de la Mujer, conmemorado el 8 de marzo, nos recuerda la histórica lucha de las mujeres por la igualdad, la justicia y mejores condiciones laborales y salariales. En los últimos años estas condiciones se han ido fortaleciendo, con avances como la Ley N°20.545 vinculada a la protección a la maternidad, el acceso a la sala cuna, la creación del Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género (SERNAMEG) y recientemente la adaptación de jornadas laborales como el teletrabajo parcial. Sin embargo, al año 2026, la reducción de la brecha salarial entre hombres y mujeres sigue siendo un desafío. La Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) 2024 señala que en la región de Magallanes y de la Antártica Chilena, los hombres, que representan el 57,4% de la población ocupada, percibieron un ingreso medio mensual de $1.186.021, mientras que las mujeres, con un 42,6% de participación, alcanzaron $881.952, reflejando una brecha de género en -25,6% en desmedro de las mujeres. Aunque el ingreso promedio femenino ha aumentado en los últimos cuatro años, las desigualdades persisten, y tras el retorno progresivo a la presencialidad post pandemia, la brecha se ha mantenido estancada durante 2023 y 2024, evidenciando un problema estructural que afecta principalmente a las mujeres, en un mercado laboral que sigue siendo mayoritariamente masculino. En síntesis, el crecimiento del ingreso medio no ha ido acompañado de una mejora en la equidad salarial, y mientras esta no sea una prioridad, la desigualdad en este ámbito se mantendrá. Desde la educación superior, y específicamente desde la carrera de Servicio Social, tenemos el deber de formar profesionales con valores éticos, capaces de promover justicia social, trabajo digno y dignidad para todas las personas, reconociendo que la economía se fortalece con la contribución equitativa de toda la población. Marcela Gacitúa Directora de Carrera Área de Ciencias Sociales IPST, Punta Arenas.
¡Para qué decir que estamos viviendo tiempos complejos! Con los dimes y diretes del traspaso de gobierno y la guerra en Medio Oriente y su horror, mientras los supuestos amos del mundo siguen en sus juegos de poder con muertos que son los números silenciosos del espanto bélico, todo parece volverse incierto y precario. En este contexto hoy se conmemora el Día de la Mujer, y junto con el saludo a ellas que son la mitad femenina de Dios, me detengo en una actitud que no es incierta ni precaria, sino una manifestación del amor de Dios a la dignidad humana: la actitud del Señor Jesús con las mujeres en la sociedad en que vivió hace veinte siglos, que era aún más patriarcal y machista que la nuestra. En la sociedad judía del tiempo de Jesús, la mujer casi no tenía existencia social y sus derechos no eran iguales a los varones. Las jóvenes pasaban del poder del padre -que las casaba con quien él quisiera- al marido como instrumento de fecundidad familiar, y el marido tenía derecho a repudiar a su esposa. Las mujeres no podían estudiar ni participar en la vida pública, ni siquiera podían ser testigos en los tribunales; era inimaginable que una mujer ocupase algún cargo público. En lo religioso eran equiparadas a los esclavos y los niños, y no se les tenía en cuenta en el culto; era impensable que una mujer leyese la Biblia en la sinagoga, además, las mujeres no sabían leer. La situación de la mujer se resume en una oración que los judíos religiosos decían cada mañana: “Te doy gracias, Señor, porque no me hiciste pagano, ni esclavo, ni mujer. En este contexto patriarcal y machista, el Evangelio muestra como Jesús rompió todos los esquemas sociales, culturales y religiosos que subordinaban, maltrataban e invisibilizaban a las mujeres: las hizo plenamente destinatarias del Reino que anunció, no hay un anuncio del Reino para los hombres y otro para las mujeres, y no hay una conducta evangélica para los varones y otra para las mujeres. Y algo inimaginable en ese tiempo: Jesús las llamó a ser sus discípulas y fundó una comunidad igualitaria, una comunidad de discípulos y discípulas, y un grupo de ellas le acompañaban en sus viajes. Jesús siempre estuvo de parte de las mujeres, aunque otros las considerasen como adúlteras o prostitutas, y se detenía a conversar con ellas, lo cual era algo tan inconcebible que hasta sus discípulos se sorprendían que lo hiciese, como cuando lo encuentran conversando con la mujer samaritana, ¡mujer y pagana! También, puso a las mujeres como ejemplo de la fe que debía animar a todos sus discípulos. Cuando Jesús habla de la indisolubilidad matrimonial también está defendiendo los derechos de la mujer que podía ser repudiada y despedida -sin más- por el marido. Defiende valientemente a la mujer que humillan en su presencia acusándola de ser “una pecadora”; en otra ocasión, Jesús saca la cara por una mujer acusada de adulterio, y que por eso estaba condenada a morir lapidada; Jesús devuelve el asunto a los acusadores (“el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”), y luego la despide con palabras de consuelo y respeto. Con las mujeres, el Señor Jesús nunca tuvo discusiones o conflictos, y tuvo buenas amigas: Marta y María, hermanas de Lázaro, y María Magdalena. Las mujeres no lo traicionaron y fueron fieles a Jesús en su pasión y muerte, cuando los apóstoles que lo habían traicionado y negado, se escondieron y lo dejaron solo. A las mujeres Dios les confió las mayores responsabilidades acerca de la persona de Jesús: a María de Nazaret la misión de ser su madre y formarlo para este mundo, y a María Magdalena, María de Santiago y Salomé la misión de ser las primeras anunciadoras de la resurrección, el triunfo del Señor Jesús sobre el mal y la muerte. En las Iglesias cristianas (católica, evangélicas, ortodoxas) ocurre algo paradojal, pues su doctrina proclama la igual dignidad y derechos de varones y mujeres, de manera “ya no cuenta ser judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, sino que todos son uno en Cristo” (Gál 3,28). Pero, en la vida de las Iglesias se dan diversas formas de discriminación hacia la mujer o de exclusión de la autoridad y de la toma decisiones. Esta paradoja manifiesta que las Iglesias cristianas se acomodaron -al menos en este punto- a la sociedad patriarcal y su cultura machista, más que al Evangelio. De ahí que la reivindicación del lugar de la mujer en la vida y organización de la Iglesia es un punto importante para ir siendo la comunidad de discípulos y discípulas que Jesús fundó como signo del amor de Dios. 8 marzo 2026
La industria del turismo en Chile ha cerrado un ciclo de recuperación para dar paso a un escenario de matices, donde el optimismo estadístico se encuentra con la cautela del análisis técnico. Los datos consolidados por la Subsecretaría de Turismo y Sernatur indican que durante 2025 ingresaron al país 6.004.567 turistas extranjeros, lo que representa un crecimiento de 14,6% respecto del año anterior. Esta cifra marca el mejor desempeño del turismo receptivo en la pospandemia y es el volumen más alto registrado desde el récord de 2017. Al analizar estos números, es evidente la consolidación estructural del turismo internacional hacia nuestro país, demostrando una oferta sólida, lo que nos recuerda que es muy importante la promoción turística en mercados de larga distancia y que esta debe seguir siendo una prioridad en la industria. No obstante, mientras celebramos este éxito hacia el exterior, las primeras señales de 2026 introducen una nota de realismo que obliga a poner la mirada en el mercado interno. La reciente publicación del informe de la Junta de Aeronáutica Civil ha generado un debate que amerita analizarse con precisión. Durante enero, se transportaron 2.781.765 pasajeros en vuelos domésticos e internacionales, lo que se traduce en una caída interanual de 2,6%. Una lectura rápida podría sugerir una crisis, pero los microdatos revelan una realidad bimodal. Por un lado, el tráfico internacional creció un 2,5%, propiciado por incrementos significativos en rutas provenientes de Europa, Oceanía y la agrupación Resto América, las cuales crecieron un 16,7%, 37,7% y 8,4%, respectivamente. Por otro lado, la contracción del flujo total fue arrastrada exclusivamente por el mercado doméstico, que experimentó una caída del 6,6%. Esta baja interna fue tan profunda, que la oferta doméstica registró una contracción interanual del 11,0%. Estamos frente a un fenómeno de sensibilidad al precio. El viajero nacional, enfrentado a condiciones macroeconómicas restrictivas, está ajustando su presupuesto. Sin embargo, es necesario ser cautos con estas cifras preliminares, ya que el descenso en el transporte aéreo no implica necesariamente que el chileno haya dejado de viajar. Lo que este indicador refleja es, probablemente, un efecto de sustitución hacia medios de transporte más económicos, como el vehículo particular, priorizando destinos de mayor proximidad que permiten eludir el costo de los boletos aéreos. Evaluar la salud del turismo nacional basándose únicamente en los aeropuertos conduce a un sesgo que ignora las dinámicas de movilidad terrestre. Para obtener una radiografía veraz del impacto económico estival, es necesario cruzar la información aeronáutica con, a lo menos, los indicadores de alojamiento. En este sentido, la pieza clave será la Encuesta Mensual de Alojamiento Turístico que el Instituto Nacional de Estadísticas publicará a fines de este mes. Solo a través de estos datos podremos confirmar si la menor cantidad de pasajeros en vuelos se tradujo en una baja real de las pernoctaciones a lo largo del país, o si simplemente ocurrió una redistribución del medio de transporte utilizado por los residentes. Adelantar conclusiones definitivas sobre el desempeño de la temporada basándose en un solo mes de tráfico aéreo es un riesgo que sesga la realidad económica. En síntesis, el panorama turístico debe ser abordado con optimismo fundamentado y prudencia. Chile ha demostrado que sigue siendo un destino capaz de atraer a más de seis millones de visitantes internacionales, lo cual es un triunfo de la competitividad externa. Simultáneamente, el descenso marginal en las cifras totales de vuelos nos advierte sobre la necesidad de monitorear el consumo interno. El éxito de la industria en el largo plazo no se medirá únicamente por récords en las fronteras, sino por la capacidad de equilibrar esa expansión con un mercado interno resiliente que soporte las fluctuaciones del ciclo económico.
Cada 27 de febrero nos trae a la memoria el terremoto y tsunami de 2010 y nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿estamos realmente preparados para el próximo megaterremoto? El 27F no fue solo un sismo de magnitud 8.8. Fue una prueba estructural para el Estado, sus instituciones y la sociedad chilena. Dejó en evidencia fallas graves en los sistemas de alerta de tsunami, descoordinación interinstitucional y una preparación desigual en la población. Pero también confirmó fortalezas: normas de construcción exigentes y una ingeniería sísmica que evitó un colapso mucho mayor. El problema es que el próximo megaterremoto no impactará al Chile de 2010, sino al de hoy: más urbano, más desigual y con infraestructura crítica altamente interdependiente. Hospitales, redes eléctricas, telecomunicaciones y abastecimiento operan como sistemas complejos. La experiencia internacional demuestra que los efectos en cascada —donde un evento inicial desencadena una serie de eventos secuenciales que provocan consecuencias progresivamente mayores— pueden generar un impacto social y económico más profundo que el propio movimiento del suelo. Ahí aparecen las brechas. Aún persisten altos niveles de vulnerabilidad territorial: expansión urbana en zonas costeras expuestas a tsunami, asentamientos en laderas inestables, infraestructura crítica ubicada en áreas de inundación. A ello se suman niveles de preparación heterogénea: no todas las familias cuentan con planes de emergencia, kits básicos o claridad sobre rutas de evacuación y zonas seguras. Además, el riesgo no es solo físico, también es social. Adultos mayores que viven solos, personas con movilidad reducida, hogares sin redes de apoyo o con empleos informales enfrentan mayores obstáculos para responder y recuperarse. La resiliencia estructural no siempre coincide con la resiliencia social. Entonces, ¿estamos preparados? La respuesta honesta es: parcialmente. En el plano estructural, Chile sigue siendo un referente. Las exigencias normativas posteriores a 2010 reforzaron el diseño sismorresistente. La probabilidad de colapso masivo en edificaciones nuevas es baja. En ese sentido, estamos mejor que hace dieciséis años. También existen avances institucionales. La creación del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres marcó un tránsito desde la reacción hacia una gestión más integral del riesgo. Hoy hay protocolos más claros, sistemas de alerta masiva y mayor profesionalización en la respuesta. Los simulacros son frecuentes y la cultura sísmica sigue siendo parte de nuestra identidad colectiva. Pero prepararse no es solo evitar que los edificios colapsen. Estamos mejor en ingeniería. Tenemos instituciones más robustas. Contamos con una cultura sísmica arraigada. Sin embargo, el desafío es no confundir desempeño estructural con resiliencia integral. El próximo megaterremoto no solo pondrá a prueba construcciones y protocolos, sino que también la planificación territorial, la cohesión social y la capacidad de sostener servicios esenciales en el tiempo. La pregunta incómoda sigue abierta. Y la respuesta dependerá, como en 2010, tanto de nuestras normas técnicas como de las decisiones colectivas que tomemos antes de que la tierra vuelva a moverse.