Con el mensaje “La vejez cambia cuando estás presente”, Hogar de Cristo lanzó una campaña digital orientada a sensibilizar sobre las condiciones de pobreza, aislamiento y abandono que enfrentan miles de personas mayores en el país. La iniciativa busca incentivar a la ciudadanía a transformarse en socia de la fundación para apoyar los servicios de atención domiciliaria que actualmente acompañan a más de 3.200 adultos mayores en 50 comunas de Chile. A través de visitas periódicas, equipos profesionales entregan apoyo social, orientación, acompañamiento emocional y ayuda en temas de salud, alimentación y acceso a beneficios. Desde la institución advirtieron que el envejecimiento de la población y el aumento de hogares unipersonales han profundizado situaciones de soledad y vulnerabilidad entre las personas mayores. Según datos del Censo 2024, quienes tienen más de 65 años representan actualmente el 14% de la población chilena, cifra que más que duplica el porcentaje registrado en 1992. La directora social nacional de Hogar de Cristo, Liliana Cortés, señaló que muchas personas mayores sobreviven con pensiones insuficientes, enfermedades crónicas y sin apoyo familiar. La campaña invita a colaborar mediante aportes mensuales para fortalecer los programas de acompañamiento y cuidado destinados a adultos mayores en situación de vulnerabilidad.
El Hogar de Cristo lanza esta tarde de lunes 16 de marzo la campaña digital “Por qué confiar en el Hogar de Cristo”, una serie de diez reels protagonizados por el padre Alberto Hurtado recreado mediante inteligencia artificial. Los diez videos —que se publicarán sucesivamente durante las semanas que vienen en redes sociales— muestran al fundador de la institución en escenas simples y reconocibles de la vida cotidiana: ofrecer un aventón en su camioneta verde, ayudar a quien lo necesita, devolver un objeto perdido o confiar en un desconocido. La iniciativa utiliza tecnología de recreación digital desarrollada por la productora NANO de la startup chilena DeepMaster, que permite revitalizar la imagen del sacerdote jesuita y situarlo en contextos actuales, manteniendo vivo su mensaje sobre solidaridad, empatía y responsabilidad social. La campaña busca reforzar la confianza en el trabajo del Hogar de Cristo en un contexto marcado por el escepticismo y la desconfianza social. Cada pieza audiovisual se conecta además con una portada https://www.hogardecristo.cl/confianzahdc/, que contiene información concreta sobre el funcionamiento de la institución: su gobierno corporativo, el uso de los recursos donados y el impacto de sus programas sociales. “Queremos recordar que la confianza se construye en gestos simples y cotidianos, tal como lo enseñaba el padre Hurtado”, señalan desde la organización. La serie comenzará a difundirse este lunes 16 de marzo a las 19 horas y forma parte de un especial digital donde el Hogar de Cristo detalla cómo funciona hoy la institución fundada hace más de ocho décadas para reducir la pobreza severa en Chile. Los videos se irán subiendo en las redes sociales del Hogar de Cristo durante las próximas semanas.
Asociar de manera generalizada delito y situación de calle es una simplificación que estigmatiza a personas que, en su mayoría, son víctimas de violencia y exclusión, no sus responsables. Los desalojos y la destrucción de rucos pueden dar una señal de orden en el corto plazo, pero no resuelven el problema. Desplazar no es solucionar: solo traslada la exclusión de un lugar a otro. La experiencia en terreno demuestra que el acompañamiento permanente, el trabajo territorial y programas como vivienda primero no solo permiten que las personas salgan de la calle, sino que también fortalecen la seguridad de la comunidad. Seguridad y dignidad no son opuestas; van de la mano. Si queremos soluciones reales, necesitamos políticas integrales, no respuestas reactivas. Liliana Cortés Directora Social del Hogar de Cristo
La semana pasada el gobierno presentó los datos de la encuesta CASEN 2024 destacando la reducción de la pobreza en Chile. Es una noticia que, a primera vista, invita al optimismo. Pero si uno mira los datos con más atención, la historia cambia. La región de Magallanes destaca por tener los menores índices de pobreza nacionales, tanto a nivel de ingresos (el promedio nacional es 17.3%; acá, 9.9%), como en pobreza multidimensional (17.7% en el país contra 6.1% en la región) y también en la más crítica de ambas, la pobreza severa, que abarca a quienes no tienen dinero suficiente para lo básico y tampoco un mínimo de bienestar en dimensiones como salud, empleo, vivienda, educación y redes. La pobreza severa en Chile es 6.1% y en Magallanes llega a 1.5%. ¿Significa esto que no debemos preocuparnos? Todo lo contrario. La dimensión de nuestro territorio y la baja densidad poblacional nos habla de un número exacto: hoy son 2.651 personas las que viven en pobreza severa en la región. Casi podríamos ponerles cara, dado lo pocas que son. A unas 200 de ellas las conocemos de cerca. Son quienes viven en situación de calle en la adversidad de un clima inclemente. Es importante hacer esta apertura de las cifras y un dato así no puede dejarnos indiferentes, sino que debe ser un acicate al logro de un sueño tan desafiante como posible: llegar a un índice calle cero en Punta Arenas y Puerto Natales. Hoy, a nivel nacional, más de 3,4 millones de personas siguen viviendo en pobreza por ingresos. No logran cubrir sus necesidades básicas ni siquiera considerando las ayudas del Estado. Pero el dato más duro es otro: más de 1,1 millón de personas vive en pobreza severa. Son pobres por ingresos y, además, enfrentan múltiples carencias en vivienda, salud, educación, trabajo, cuidados o redes de apoyo. Es decir, viven ambas pobrezas, lo que significa vulnerabilidad y precariedad en su forma más profunda y persistente. La CASEN muestra algo que debería preocuparnos: el 10% más pobre de Chile hoy genera menos ingresos propios que hace quince años. Sus ingresos laborales caen, mientras los subsidios aumentan y pasan a representar cerca del 70% de lo que recibe un hogar. Las transferencias son necesarias -nadie lo discute-, pero cuando no van acompañadas de oportunidades reales, terminan administrando la pobreza en vez de superarla. Chile ha avanzado en protección social, pero no ha fortalecido la capacidad de las personas para salir adelante por sí mismas. Trabajo digno, acceso a cuidados, educación pertinente, redes comunitarias. Eso se llama “capacidad de agencia”. De “agenciarse” el bienestar por uno mismo. Sin el desarrollo de esa capacidad, no hay salida sostenible de la pobreza. También existen alertas que no se resuelven con bonos: más soledad, menos redes de apoyo, hogares que cuidan a personas dependientes sin ayuda, empleo precario que no alcanza para vivir. Celebrar promedios, mientras más de un millón de personas vive atrapada en pobreza severa es un error. Hoy 1.193.010 personas viven en situación de pobreza severa en el país, lo que representa una auténtica emergencia social, en el sentido de que son personas con privaciones múltiples y profundas que afectan su bienestar cotidiano. Los magallánicos deberíamos desafiarnos al menos a lograr ese soñado índice calle cero para nuestra región.
Chile ha logrado avances relevantes en la reducción de la pobreza cuando ha sido capaz de combinar crecimiento económico, empleo y políticas sociales bien diseñadas. Pero ese aprendizaje convive hoy con una realidad incómoda: mientras parte del país discute ritmos y modelos, existe un grupo de hogares para los cuales la espera ya no es una opción. Son los más pobres entre los pobres. La experiencia acumulada de las últimas décadas es clara. La superación sostenible de la pobreza depende, principalmente, de que los hogares puedan desarrollar capacidades y proyectos de vida con autonomía, y no en dependencia permanente del Estado. La evidencia es consistente: cuando la economía crece, se crean mejores empleos; cuando hay mejores empleos, aumentan los ingresos y la posibilidad real de resolver necesidades. Por el contrario, cuando el crecimiento se debilita y las políticas sociales se dispersan, la reducción de la pobreza se vuelve más lenta y frágil, incluso en contextos de mayor gasto social. Eso es precisamente lo que hoy observamos: una expansión significativa del gasto, acompañada de programas mal evaluados, incentivos desalineados e inercias institucionales que no siempre corrigen las deficiencias detectadas. El resultado es una política social que muchas veces administra la urgencia, pero no cambia trayectorias de vida. Dicho esto, conviene ser claros: las capacidades no aparecen por sí solas ni se distribuyen de manera equitativa. En contextos de vulnerabilidad extrema, rara vez se sostienen sin apoyo. Para quienes viven en pobreza severa, la autonomía no es un punto de partida, sino un objetivo lejano. Por eso, las políticas sociales han sido —y siguen siendo— fundamentales para complementar ingresos y crear condiciones mínimas de desarrollo. Plantear una dicotomía entre autonomía y apoyo estatal empobrece el debate y desconoce la realidad de los hogares más excluidos. Algo similar ocurre con la discusión entre focalización y universalización. La democracia se sostiene en el reconocimiento de derechos para todos, pero también en la obligación ética y política de priorizar a quienes más lo necesitan. La experiencia chilena muestra que avanzar en diagnósticos objetivos y en asignación de recursos basada en evidencia permitió corregir inequidades profundas y hacer más eficaces las políticas sociales. Hoy enfrentamos, además, una realidad más dura. Existen hogares que viven simultáneamente pobreza por ingresos y pobreza multidimensional, donde ya ni siquiera está presente la expectativa de salir adelante. A eso lo hemos llamado pobreza severa. Para ellos, las transferencias monetarias son necesarias, pero claramente insuficientes. Se requieren políticas públicas integradas que combinen apoyo de ingresos con servicios sociales, cuidados, educación, salud, vivienda y entornos que hagan posible sostener trayectorias de vida reales. Reducir la pobreza exige un enfoque complementario: crecimiento y empleo; transferencias focalizadas; políticas sanitarias y educativas de alto impacto; y programas que fortalezcan capacidades, sin perder el principio orientador de priorizar a quienes están en peor situación. Medir bien no es un tecnicismo: es la condición para no equivocarnos de urgencia. Si existe una emergencia permanente en Chile, no es solo la que aparece en los ciclos electorales, sino la que viven a diario quienes no tienen nada que perder. Sacarlos de la pobreza severa no es un eslogan: es una tarea impostergable que exige evidencia, coherencia y la voluntad de corregir lo que no funciona.
Con el mensaje “La vejez cambia cuando estás presente”, Hogar de Cristo lanzó una campaña digital orientada a sensibilizar sobre las condiciones de pobreza, aislamiento y abandono que enfrentan miles de personas mayores en el país. La iniciativa busca incentivar a la ciudadanía a transformarse en socia de la fundación para apoyar los servicios de atención domiciliaria que actualmente acompañan a más de 3.200 adultos mayores en 50 comunas de Chile. A través de visitas periódicas, equipos profesionales entregan apoyo social, orientación, acompañamiento emocional y ayuda en temas de salud, alimentación y acceso a beneficios. Desde la institución advirtieron que el envejecimiento de la población y el aumento de hogares unipersonales han profundizado situaciones de soledad y vulnerabilidad entre las personas mayores. Según datos del Censo 2024, quienes tienen más de 65 años representan actualmente el 14% de la población chilena, cifra que más que duplica el porcentaje registrado en 1992. La directora social nacional de Hogar de Cristo, Liliana Cortés, señaló que muchas personas mayores sobreviven con pensiones insuficientes, enfermedades crónicas y sin apoyo familiar. La campaña invita a colaborar mediante aportes mensuales para fortalecer los programas de acompañamiento y cuidado destinados a adultos mayores en situación de vulnerabilidad.
El Hogar de Cristo lanza esta tarde de lunes 16 de marzo la campaña digital “Por qué confiar en el Hogar de Cristo”, una serie de diez reels protagonizados por el padre Alberto Hurtado recreado mediante inteligencia artificial. Los diez videos —que se publicarán sucesivamente durante las semanas que vienen en redes sociales— muestran al fundador de la institución en escenas simples y reconocibles de la vida cotidiana: ofrecer un aventón en su camioneta verde, ayudar a quien lo necesita, devolver un objeto perdido o confiar en un desconocido. La iniciativa utiliza tecnología de recreación digital desarrollada por la productora NANO de la startup chilena DeepMaster, que permite revitalizar la imagen del sacerdote jesuita y situarlo en contextos actuales, manteniendo vivo su mensaje sobre solidaridad, empatía y responsabilidad social. La campaña busca reforzar la confianza en el trabajo del Hogar de Cristo en un contexto marcado por el escepticismo y la desconfianza social. Cada pieza audiovisual se conecta además con una portada https://www.hogardecristo.cl/confianzahdc/, que contiene información concreta sobre el funcionamiento de la institución: su gobierno corporativo, el uso de los recursos donados y el impacto de sus programas sociales. “Queremos recordar que la confianza se construye en gestos simples y cotidianos, tal como lo enseñaba el padre Hurtado”, señalan desde la organización. La serie comenzará a difundirse este lunes 16 de marzo a las 19 horas y forma parte de un especial digital donde el Hogar de Cristo detalla cómo funciona hoy la institución fundada hace más de ocho décadas para reducir la pobreza severa en Chile. Los videos se irán subiendo en las redes sociales del Hogar de Cristo durante las próximas semanas.
Asociar de manera generalizada delito y situación de calle es una simplificación que estigmatiza a personas que, en su mayoría, son víctimas de violencia y exclusión, no sus responsables. Los desalojos y la destrucción de rucos pueden dar una señal de orden en el corto plazo, pero no resuelven el problema. Desplazar no es solucionar: solo traslada la exclusión de un lugar a otro. La experiencia en terreno demuestra que el acompañamiento permanente, el trabajo territorial y programas como vivienda primero no solo permiten que las personas salgan de la calle, sino que también fortalecen la seguridad de la comunidad. Seguridad y dignidad no son opuestas; van de la mano. Si queremos soluciones reales, necesitamos políticas integrales, no respuestas reactivas. Liliana Cortés Directora Social del Hogar de Cristo
La semana pasada el gobierno presentó los datos de la encuesta CASEN 2024 destacando la reducción de la pobreza en Chile. Es una noticia que, a primera vista, invita al optimismo. Pero si uno mira los datos con más atención, la historia cambia. La región de Magallanes destaca por tener los menores índices de pobreza nacionales, tanto a nivel de ingresos (el promedio nacional es 17.3%; acá, 9.9%), como en pobreza multidimensional (17.7% en el país contra 6.1% en la región) y también en la más crítica de ambas, la pobreza severa, que abarca a quienes no tienen dinero suficiente para lo básico y tampoco un mínimo de bienestar en dimensiones como salud, empleo, vivienda, educación y redes. La pobreza severa en Chile es 6.1% y en Magallanes llega a 1.5%. ¿Significa esto que no debemos preocuparnos? Todo lo contrario. La dimensión de nuestro territorio y la baja densidad poblacional nos habla de un número exacto: hoy son 2.651 personas las que viven en pobreza severa en la región. Casi podríamos ponerles cara, dado lo pocas que son. A unas 200 de ellas las conocemos de cerca. Son quienes viven en situación de calle en la adversidad de un clima inclemente. Es importante hacer esta apertura de las cifras y un dato así no puede dejarnos indiferentes, sino que debe ser un acicate al logro de un sueño tan desafiante como posible: llegar a un índice calle cero en Punta Arenas y Puerto Natales. Hoy, a nivel nacional, más de 3,4 millones de personas siguen viviendo en pobreza por ingresos. No logran cubrir sus necesidades básicas ni siquiera considerando las ayudas del Estado. Pero el dato más duro es otro: más de 1,1 millón de personas vive en pobreza severa. Son pobres por ingresos y, además, enfrentan múltiples carencias en vivienda, salud, educación, trabajo, cuidados o redes de apoyo. Es decir, viven ambas pobrezas, lo que significa vulnerabilidad y precariedad en su forma más profunda y persistente. La CASEN muestra algo que debería preocuparnos: el 10% más pobre de Chile hoy genera menos ingresos propios que hace quince años. Sus ingresos laborales caen, mientras los subsidios aumentan y pasan a representar cerca del 70% de lo que recibe un hogar. Las transferencias son necesarias -nadie lo discute-, pero cuando no van acompañadas de oportunidades reales, terminan administrando la pobreza en vez de superarla. Chile ha avanzado en protección social, pero no ha fortalecido la capacidad de las personas para salir adelante por sí mismas. Trabajo digno, acceso a cuidados, educación pertinente, redes comunitarias. Eso se llama “capacidad de agencia”. De “agenciarse” el bienestar por uno mismo. Sin el desarrollo de esa capacidad, no hay salida sostenible de la pobreza. También existen alertas que no se resuelven con bonos: más soledad, menos redes de apoyo, hogares que cuidan a personas dependientes sin ayuda, empleo precario que no alcanza para vivir. Celebrar promedios, mientras más de un millón de personas vive atrapada en pobreza severa es un error. Hoy 1.193.010 personas viven en situación de pobreza severa en el país, lo que representa una auténtica emergencia social, en el sentido de que son personas con privaciones múltiples y profundas que afectan su bienestar cotidiano. Los magallánicos deberíamos desafiarnos al menos a lograr ese soñado índice calle cero para nuestra región.
Chile ha logrado avances relevantes en la reducción de la pobreza cuando ha sido capaz de combinar crecimiento económico, empleo y políticas sociales bien diseñadas. Pero ese aprendizaje convive hoy con una realidad incómoda: mientras parte del país discute ritmos y modelos, existe un grupo de hogares para los cuales la espera ya no es una opción. Son los más pobres entre los pobres. La experiencia acumulada de las últimas décadas es clara. La superación sostenible de la pobreza depende, principalmente, de que los hogares puedan desarrollar capacidades y proyectos de vida con autonomía, y no en dependencia permanente del Estado. La evidencia es consistente: cuando la economía crece, se crean mejores empleos; cuando hay mejores empleos, aumentan los ingresos y la posibilidad real de resolver necesidades. Por el contrario, cuando el crecimiento se debilita y las políticas sociales se dispersan, la reducción de la pobreza se vuelve más lenta y frágil, incluso en contextos de mayor gasto social. Eso es precisamente lo que hoy observamos: una expansión significativa del gasto, acompañada de programas mal evaluados, incentivos desalineados e inercias institucionales que no siempre corrigen las deficiencias detectadas. El resultado es una política social que muchas veces administra la urgencia, pero no cambia trayectorias de vida. Dicho esto, conviene ser claros: las capacidades no aparecen por sí solas ni se distribuyen de manera equitativa. En contextos de vulnerabilidad extrema, rara vez se sostienen sin apoyo. Para quienes viven en pobreza severa, la autonomía no es un punto de partida, sino un objetivo lejano. Por eso, las políticas sociales han sido —y siguen siendo— fundamentales para complementar ingresos y crear condiciones mínimas de desarrollo. Plantear una dicotomía entre autonomía y apoyo estatal empobrece el debate y desconoce la realidad de los hogares más excluidos. Algo similar ocurre con la discusión entre focalización y universalización. La democracia se sostiene en el reconocimiento de derechos para todos, pero también en la obligación ética y política de priorizar a quienes más lo necesitan. La experiencia chilena muestra que avanzar en diagnósticos objetivos y en asignación de recursos basada en evidencia permitió corregir inequidades profundas y hacer más eficaces las políticas sociales. Hoy enfrentamos, además, una realidad más dura. Existen hogares que viven simultáneamente pobreza por ingresos y pobreza multidimensional, donde ya ni siquiera está presente la expectativa de salir adelante. A eso lo hemos llamado pobreza severa. Para ellos, las transferencias monetarias son necesarias, pero claramente insuficientes. Se requieren políticas públicas integradas que combinen apoyo de ingresos con servicios sociales, cuidados, educación, salud, vivienda y entornos que hagan posible sostener trayectorias de vida reales. Reducir la pobreza exige un enfoque complementario: crecimiento y empleo; transferencias focalizadas; políticas sanitarias y educativas de alto impacto; y programas que fortalezcan capacidades, sin perder el principio orientador de priorizar a quienes están en peor situación. Medir bien no es un tecnicismo: es la condición para no equivocarnos de urgencia. Si existe una emergencia permanente en Chile, no es solo la que aparece en los ciclos electorales, sino la que viven a diario quienes no tienen nada que perder. Sacarlos de la pobreza severa no es un eslogan: es una tarea impostergable que exige evidencia, coherencia y la voluntad de corregir lo que no funciona.