La expansión de las mega constelaciones satelitales está generando una problemática que hasta hace pocos años recibía escasa atención: ¿qué ocurre con los satélites cuando terminan su vida útil, reingresan a la atmósfera y liberan fragmentos, gases o partículas sobre zonas ambientalmente sensibles como la Antártica? Este es el tema abordado por el abogado magallánico Mario Esquivel Lizondo y la investigadora chilena Marieta Valdivia Lefort en el artículoMega-constelaciones satelitales y el impacto ambiental asociado al tráfico espacial en la Antártica, publicado en el número 4 de la Revista Derecho y Política Antártica, perteneciente al Programa de Estudios Antárticos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. El trabajo tuvo su origen en una ponencia presentada por ambos autores durante la Sexta Conferencia Chilena de Derecho Antártico, realizada en Viña del Mar en noviembre de 2024. Su publicación fue destacada también por la Space Court Foundation, organización internacional dedicada al estudio de la gobernanza y el Derecho Espacial. Mario Esquivel es abogado radicado en Punta Arenas, CEO de Magellan Space Industries y ex coordinador del Comité de Política, Institucionalidad y Entorno Legal de la Asociación Chilena del Espacio, ACHIDE. Marieta Valdivia desarrolla investigaciones en gobernanza espacial, sostenibilidad, políticas públicas y protección de los cielos oscuros. La Antártica bajo las rutas del tráfico espacial El crecimiento de las mega constelaciones de satélites en órbita terrestre baja ha transformado rápidamente el entorno espacial. Algunos sistemas pueden estar integrados por miles de unidades destinadas a comunicaciones, internet, meteorología y observación de la Tierra. Una parte significativa de los satélites de observación utiliza órbitas polares o heliosincrónicas. Estas trayectorias permiten recorrer distintas áreas del planeta manteniendo condiciones similares de iluminación, lo que resulta especialmente útil para fotografiar la superficie terrestre, monitorear hielos, estudiar el clima y realizar cartografía. Debido a su inclinación, estas órbitas pasan reiteradamente sobre las regiones polares. La Antártica y el océano Austral se convierten así en zonas de convergencia para satélites operados por distintos países y empresas. El artículo señala que existirían más de 1.300 satélites situados bajo los 600 kilómetros de altitud en órbitas polares y heliosincrónicas, con una masa conjunta estimada en 842 toneladas. Estos objetos deberían reingresar a la atmósfera en menos de quince años y, en su mayoría, lo harían de manera descontrolada. Según el estudio, la Antártica representa aproximadamente un 13,7 % del área probable de reingreso e impacto correspondiente a dichas trayectorias. Esto no significa que todos los objetos vayan a golpear intactos la superficie antártica. Muchos se desintegran durante el descenso, pero la materia que los compone no desaparece: puede transformarse en gases, partículas microscópicas y fragmentos resistentes capaces de alcanzar el suelo o el océano. Riesgos ambientales todavía poco estudiados Los autores advierten que investigaciones recientes han relacionado la destrucción de satélites durante el reingreso con la generación de compuestos de aluminio en las capas altas de la atmósfera. Algunas simulaciones plantean que los óxidos de aluminio podrían intervenir en procesos químicos asociados al deterioro de la capa de ozono y esto es especialmente relevante respecto a las mega constelaciones si se considera que actualmente el 92% de los satélites que han reingresado a la atmósfera el año 2026 fueron puestos en órbita entre los años 2019 y 2020 por empresas proveedoras de internet. El artículo no presenta estos efectos como un daño completamente comprobado para la Antártica. Por el contrario, reconoce que todavía existe poca investigación específica y que se requieren más antecedentes científicos. Sin embargo, la falta de certeza absoluta no elimina la necesidad de prevención. La multiplicación de satélites y la reducción de su vida útil pueden convertir los reingresos, antes relativamente ocasionales, en un fenómeno continuo y acumulativo. El problema tampoco se limita a la posible caída visible de una pieza metálica. Comprende la dispersión de partículas en la atmósfera, la contaminación localizada, el impacto sobre ecosistemas especialmente frágiles y las dificultades para encontrar e identificar restos espaciales en zonas remotas. Un vacío entre el Derecho Espacial y el Sistema Antártico Uno de los principales aportes del artículo consiste en conectar dos ámbitos jurídicos que hasta ahora han avanzado de manera separada: el Derecho Espacial Internacional y el Sistema del Tratado Antártico. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 establece principios de cooperación, responsabilidad estatal y prevención de la contaminación. No obstante, fue diseñado principalmente para regular las actividades en el espacio y evitar la contaminación de cuerpos celestes o la introducción de materia extraterrestre en la Tierra. No regula de forma suficiente la contaminación terrestre provocada por objetos fabricados por el ser humano que regresan desde la órbita. Por su parte, el Convenio sobre Responsabilidad por Daños Causados por Objetos Espaciales establece que el Estado lanzador responde por los daños provocados en la superficie terrestre. Este sistema funciona con mayor claridad cuando el objeto cae dentro del territorio de un Estado y afecta personas, bienes o instalaciones. La situación de la Antártica es más compleja. No existe allí un gobierno territorial soberano que pueda reclamar directamente una indemnización por daño ambiental puro. Esto deja una zona de incertidumbre respecto de quién debe representar los intereses del continente cuando el perjuicio afecta al ecosistema, pero no necesariamente a una persona o instalación determinada. El Protocolo de Madrid protege ambientalmente la Antártica y contempla zonas especialmente protegidas o administradas. Sin embargo, estas categorías fueron concebidas principalmente para expediciones, instalaciones, turismo, vuelos y actividades desarrolladas físicamente en el continente, no para gestionar objetos provenientes del espacio. Una propuesta de protección especial Frente a este vacío, Esquivel y Valdivia proponen estudiar la creación de una Zona Antártica Especialmente Administrada para la gestión de desechos espaciales y reingresos atmosféricos. La propuesta considera dos obligaciones principales: que los Estados participantes del Sistema del Tratado Antártico y que a la vez sean Estados de Registro del objeto espacial, retiren los objetos espaciales que caigan en el continente y que se evite utilizar deliberadamente la región como zona de reingreso controlado. La medida no pretende regular el tránsito de satélites en el espacio ultraterrestre ni restringir la exploración espacial. Su objetivo sería regular los efectos ambientales que se producen cuando un objeto vuelve a ingresar en la atmósfera y alcanza el territorio o las aguas antárticas. Una regulación futura podría incorporar sistemas de alerta, intercambio de información orbital, identificación del Estado de Registro y de Lanzamiento, evaluación de riesgos, búsqueda de fragmentos y financiamiento de las operaciones de retiro. Una discusión estratégica para Magallanes La publicación tiene especial importancia para Magallanes, principal puerta de entrada chilena hacia la Antártica y región que concentra capacidades científicas, logísticas, marítimas y aeronáuticas vinculadas al continente. Punta Arenas podría desempeñar un papel relevante en el monitoreo de reingresos, la recepción de datos satelitales, la investigación de partículas atmosféricas y la elaboración de protocolos para identificar restos de objetos espaciales. Desde el punto de vista internacional, Chile también podría impulsar esta discusión tanto en las reuniones del Sistema del Tratado Antártico como en los organismos de Naciones Unidas dedicados al uso pacífico del espacio ultraterrestre. Para los autores, la sustentabilidad espacial no puede reducirse a evitar colisiones entre satélites. Debe considerar todo su ciclo de vida: lanzamiento, operación, desorbitación, reingreso y destino final de sus materiales. La Antártica representa un caso especialmente sensible. Es uno de los territorios más protegidos del planeta, pero aún carece de herramientas específicas para enfrentar daños ambientales originados por el creciente tráfico espacial. La investigación publicada por la Universidad de Chile pone esta problemática sobre la mesa y abre una oportunidad para que Magallanes se proyecte no solo como puerta logística hacia la Antártica, sino también como un centro de conocimiento y propuestas sobre gobernanza espacial y protección ambiental.
Una delegación de estudiantes e investigadores del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC) desarrolló en Alemania una nueva edición de su Summer School, programa de intercambio académico orientado a fortalecer la cooperación científica internacional. La actividad permitió poner en diálogo el conocimiento generado en el extremo sur de Chile con el de instituciones europeas de larga trayectoria, en torno a temáticas vinculadas a la conservación de la biodiversidad, el estudio de los ecosistemas y los desafíos del cambio climático. El programa busca promover el intercambio de saberes entre investigadores, estudiantes y especialistas de distintas disciplinas, consolidando espacios de colaboración entre la ciencia desarrollada en la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos y algunos de los centros de investigación más importantes de Europa. Visita a la Universidad de Jena Uno de los principales hitos de esta edición fue la visita a la Universidad Friedrich Schiller de Jena, una de las casas de estudio más emblemáticas de Europa y un referente histórico en investigación científica y desarrollo cultural. La ciudad de Jena es reconocida, además, como uno de los principales centros del romanticismo alemán. Durante la visita, la delegación recorrió el histórico herbario de la universidad, una colección científica que reúne muestras botánicas provenientes de distintos lugares del mundo y que constituye una fuente relevante para la investigación de la biodiversidad. La actividad permitió a los participantes conocer de cerca el trabajo desarrollado durante siglos por esta institución. Estudio comparado de turberas Otro de los ejes centrales del programa fue el estudio de las turberas, humedales que cumplen un rol clave en la captura de carbono, el almacenamiento de agua y la conservación de información ambiental acumulada durante miles de años. La Summer School permitió comparar las turberas de la región subantártica de Magallanes con las del norte de Europa, analizando las similitudes entre ambos ecosistemas y la historia de su uso. En los dos territorios, estos humedales fueron explotados durante décadas, principalmente como fuente de combustible. A diferencia de Europa, que avanza en la restauración de turberas degradadas, Magallanes conserva extensiones intactas, lo que representa una oportunidad para la conservación. Investigadores y estudiantes coincidieron en que, pese a la distancia, el extremo subantártico de Chile y el centro de Europa enfrentan desafíos comunes frente al cambio climático. Intercambio en ambas direcciones El intercambio impulsado por el CHIC opera en doble vía. Así como la delegación viajó a Alemania, Puerto Williams recibe cada temporada a estudiantes e investigadores extranjeros interesados en sus ecosistemas, incluyendo a jóvenes formados en universidades alemanas como la Universidad Humboldt, motivados en muchos casos por el trabajo del Dr. Ricardo Rozzi, director de investigación del CHIC. El CHIC —Centro Internacional Cabo de Hornos para Estudios de Cambio Global y Conservación Biocultural— es albergado por la Universidad de Magallanes (UMAG) y reconocido como centro de excelencia por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). Su trabajo se distingue por un enfoque biocultural que integra ciencias naturales, ciencias sociales, educación y ética, posicionando a la zona austral como territorio centinela del cambio climático. Magallanes como nodo científico Iniciativas como esta refuerzan el rol del extremo sur de Chile como punto de encuentro de la ciencia internacional. Desde la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos —reconocida por la UNESCO— hasta los herbarios de Jena, la Summer School trazó una línea de colaboración que conecta instituciones, disciplinas y generaciones de investigadores. De esta forma, el programa contribuye a la formación de nuevas generaciones de científicos capaces de desempeñarse tanto en los ecosistemas subantárticos como en laboratorios europeos, fortaleciendo la investigación regional y proyectando a Magallanes y a Chile como referentes en el estudio y la conservación frente a los grandes desafíos ambientales actuales.
Un grupo de investigadores de la región de Magallanes participará durante dos semanas de junio en la Summerschool 2026 Diversidad Biocultural, un programa internacional que los llevará a recorrer Alemania de punta a punta para estudiar, sobre el terreno, cómo cambia un paisaje cuando la presencia humana lo transforma a lo largo de los siglos. La iniciativa reúne a una veintena de jóvenes científicos de distintos países, entre ellos varios de la Universidad de Magallanes (UMAG) y del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC). El eje que articula todo el viaje es un concepto tan sencillo como revelador: el gradiente de transformación antropogénica, es decir, la escala que va desde los territorios casi intactos hasta aquellos profundamente modificados por el ser humano. En esa escala, Magallanes y Europa Central ocupan los extremos opuestos. El Cabo de Hornos figura entre los 24 lugares más prístinos que quedan en el planeta, un sitio donde la palabra clave sigue siendo conservar. Europa Central, en cambio, lleva milenios intervenida y hoy concentra sus esfuerzos en restaurar lo que perdió. Mirar ambos extremos al mismo tiempo es, precisamente, la apuesta del encuentro. El itinerario funciona como un viaje por la memoria de un paisaje. En Fráncfort, los participantes visitarán el instituto de investigación Senckenberg y conocerán el cerro Lohrberg, donde se protegen como patrimonio las antiguas huertas de frutales. Visitarán también la pista de aterrizaje de Bonames, demolida para devolverle su cauce a un río, y las turberas del Bourtanger Moor, hoy un museo que recuerda cómo fueron explotadas hasta agotarse. Más al norte caminarán por el bosque de Sababurg, uno de los pocos retazos de bosque casi original de Alemania, y por el Parque Nacional Kellerwald, junto a la represa del Edersee. Para una mirada magallánica, esas imágenes resultan familiares y, a la vez, inquietantes. Las turberas y los bosques de lenga y coigüe que en Europa son apenas un recuerdo, en el extremo sur de Chile siguen vivos. Lo que allá se intenta reconstruir con grandes proyectos, en Magallanes todavía existe. El programa también dedica espacio al vínculo entre ciencia y cultura. En Jena, los investigadores recorrerán el Herbario Haussknecht y la casa de Ernst Haeckel, el naturalista que hace más de un siglo unió el rigor científico con la belleza del dibujo para mostrar la diversidad de la vida. Hay, además, un dato que enorgullece a la región. El concepto de conservación biocultural —la mirada que integra naturaleza y cultura, ciencia y comunidad— nació en Magallanes, en el trabajo que el doctor Ricardo Rozzi y el CHIC desarrollan desde Puerto Williams. Las ideas que hoy se discuten en Europa partieron, en buena medida, desde el fin del mundo. Durante la escuela, los participantes trabajarán en grupos para comparar ambos extremos del planeta: la homogeneización de los paisajes, la restauración europea frente a la conservación chilena, los impactos del cambio climático, el papel del arte y la ética del cuidado de la tierra. Regresarán con una certeza y una pregunta: que Magallanes conserva algo cada vez más escaso en el mundo, y que de las decisiones de hoy depende seguir cuidándolo antes de tener que restaurarlo.
El Instituto Antártico Chileno (INACH) confirmó que la base Profesor Julio Escudero, la principal estación científica de Chile en el Continente Blanco, se mantendrá operativa durante todo el invierno por segundo año consecutivo, permitiendo la recolección ininterrumpida de información científica relevante. Este hito marca un avance significativo para la ciencia nacional, ya que tradicionalmente el grueso de las campañas y trabajos en terreno se concentran durante el verano, cuando las condiciones climáticas son mejores. Actualmente, la base es dirigida por Jorge Kuimer Pacheco, funcionario del INACH, y cuenta con dos científicos: Luis Muñoz y Natalia Mestre quienes trabajan en el proyecto Perspectiva histórica del notable aumento de la temperatura atmosférica en el norte de la península Antártica, del investigador Francisco Fernandoy. Además, personal de la Armada de Chile está en la estación efectuando apoyo logístico. Los investigadores del Laboratorio de Análisis Isotópicos de la Universidad Andrés Bello (UNAB), colaboran con la Plataforma de Investigación Antártica Transportable (TARP), iniciativa liderada por el Dr. Raúl Cordero de la Universidad de Santiago de Chile (USACH), donde concentran sus actividades cotidianas para supervisar los sensores de radiación solar y equipos de estudio atmosférico, labor que requiere reconfiguración manual y reinicio de sistemas tras cortes de energía o conectividad. Base Escudero La base Profesor Julio Escudero fue inaugurada en 1995 y se ubica en la península Fildes en la isla Rey Jorge (islas Shetland del Sur), y es el principal nodo científico de Chile en el territorio antártico. Cuenta con modernos laboratorios multidisciplinarios y sirve como punto de apoyo logístico para decenas de investigadoras e investigadores del Programa Nacional de Ciencia Antártica (PROCIEN) y de otros Programas Antárticos Nacionales. Con estas capacidades, el INACH y Chile reafirman su compromiso con la generación de conocimiento de frontera, asegurando que la ciencia nacional no se detenga, sin importar las temperaturas bajo cero o las inclemencias del invierno polar. Las otras estaciones chilenas en condición de permanentes son las bases O'Higgins (Ejército de Chile), Prat (Armada de Chile), Frei (Fuerza Aérea de Chile) y Gobernación Marítima de Bahía Fildes (Armada de Chile). Gino Casassa, director del INACH, señala que abrir la base Escudero por segundo año consecutivo de forma permanente durante todo el año es algo esencial; la temporada pasada se transformó en un hito, pero este año lo estamos consolidando donde la obtención de datos desde Antártica resulta ser esencial. El INACH es un organismo técnico del Ministerio de Relaciones Exteriores con plena autonomía en todo lo relacionado con asuntos antárticos de carácter científico, tecnológico y de difusión. El INACH cumple con la Política Antártica Nacional incentivando el desarrollo de la investigación de excelencia, participando efectivamente en el Sistema del Tratado Antártico y foros relacionados, fortaleciendo a Magallanes como puerta de entrada al Continente Blanco y realizando acciones de divulgación del conocimiento antártico en la ciudadanía. El INACH organiza el Programa Nacional de Ciencia Antártica (PROCIEN).
La expansión de las mega constelaciones satelitales está generando una problemática que hasta hace pocos años recibía escasa atención: ¿qué ocurre con los satélites cuando terminan su vida útil, reingresan a la atmósfera y liberan fragmentos, gases o partículas sobre zonas ambientalmente sensibles como la Antártica? Este es el tema abordado por el abogado magallánico Mario Esquivel Lizondo y la investigadora chilena Marieta Valdivia Lefort en el artículoMega-constelaciones satelitales y el impacto ambiental asociado al tráfico espacial en la Antártica, publicado en el número 4 de la Revista Derecho y Política Antártica, perteneciente al Programa de Estudios Antárticos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. El trabajo tuvo su origen en una ponencia presentada por ambos autores durante la Sexta Conferencia Chilena de Derecho Antártico, realizada en Viña del Mar en noviembre de 2024. Su publicación fue destacada también por la Space Court Foundation, organización internacional dedicada al estudio de la gobernanza y el Derecho Espacial. Mario Esquivel es abogado radicado en Punta Arenas, CEO de Magellan Space Industries y ex coordinador del Comité de Política, Institucionalidad y Entorno Legal de la Asociación Chilena del Espacio, ACHIDE. Marieta Valdivia desarrolla investigaciones en gobernanza espacial, sostenibilidad, políticas públicas y protección de los cielos oscuros. La Antártica bajo las rutas del tráfico espacial El crecimiento de las mega constelaciones de satélites en órbita terrestre baja ha transformado rápidamente el entorno espacial. Algunos sistemas pueden estar integrados por miles de unidades destinadas a comunicaciones, internet, meteorología y observación de la Tierra. Una parte significativa de los satélites de observación utiliza órbitas polares o heliosincrónicas. Estas trayectorias permiten recorrer distintas áreas del planeta manteniendo condiciones similares de iluminación, lo que resulta especialmente útil para fotografiar la superficie terrestre, monitorear hielos, estudiar el clima y realizar cartografía. Debido a su inclinación, estas órbitas pasan reiteradamente sobre las regiones polares. La Antártica y el océano Austral se convierten así en zonas de convergencia para satélites operados por distintos países y empresas. El artículo señala que existirían más de 1.300 satélites situados bajo los 600 kilómetros de altitud en órbitas polares y heliosincrónicas, con una masa conjunta estimada en 842 toneladas. Estos objetos deberían reingresar a la atmósfera en menos de quince años y, en su mayoría, lo harían de manera descontrolada. Según el estudio, la Antártica representa aproximadamente un 13,7 % del área probable de reingreso e impacto correspondiente a dichas trayectorias. Esto no significa que todos los objetos vayan a golpear intactos la superficie antártica. Muchos se desintegran durante el descenso, pero la materia que los compone no desaparece: puede transformarse en gases, partículas microscópicas y fragmentos resistentes capaces de alcanzar el suelo o el océano. Riesgos ambientales todavía poco estudiados Los autores advierten que investigaciones recientes han relacionado la destrucción de satélites durante el reingreso con la generación de compuestos de aluminio en las capas altas de la atmósfera. Algunas simulaciones plantean que los óxidos de aluminio podrían intervenir en procesos químicos asociados al deterioro de la capa de ozono y esto es especialmente relevante respecto a las mega constelaciones si se considera que actualmente el 92% de los satélites que han reingresado a la atmósfera el año 2026 fueron puestos en órbita entre los años 2019 y 2020 por empresas proveedoras de internet. El artículo no presenta estos efectos como un daño completamente comprobado para la Antártica. Por el contrario, reconoce que todavía existe poca investigación específica y que se requieren más antecedentes científicos. Sin embargo, la falta de certeza absoluta no elimina la necesidad de prevención. La multiplicación de satélites y la reducción de su vida útil pueden convertir los reingresos, antes relativamente ocasionales, en un fenómeno continuo y acumulativo. El problema tampoco se limita a la posible caída visible de una pieza metálica. Comprende la dispersión de partículas en la atmósfera, la contaminación localizada, el impacto sobre ecosistemas especialmente frágiles y las dificultades para encontrar e identificar restos espaciales en zonas remotas. Un vacío entre el Derecho Espacial y el Sistema Antártico Uno de los principales aportes del artículo consiste en conectar dos ámbitos jurídicos que hasta ahora han avanzado de manera separada: el Derecho Espacial Internacional y el Sistema del Tratado Antártico. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 establece principios de cooperación, responsabilidad estatal y prevención de la contaminación. No obstante, fue diseñado principalmente para regular las actividades en el espacio y evitar la contaminación de cuerpos celestes o la introducción de materia extraterrestre en la Tierra. No regula de forma suficiente la contaminación terrestre provocada por objetos fabricados por el ser humano que regresan desde la órbita. Por su parte, el Convenio sobre Responsabilidad por Daños Causados por Objetos Espaciales establece que el Estado lanzador responde por los daños provocados en la superficie terrestre. Este sistema funciona con mayor claridad cuando el objeto cae dentro del territorio de un Estado y afecta personas, bienes o instalaciones. La situación de la Antártica es más compleja. No existe allí un gobierno territorial soberano que pueda reclamar directamente una indemnización por daño ambiental puro. Esto deja una zona de incertidumbre respecto de quién debe representar los intereses del continente cuando el perjuicio afecta al ecosistema, pero no necesariamente a una persona o instalación determinada. El Protocolo de Madrid protege ambientalmente la Antártica y contempla zonas especialmente protegidas o administradas. Sin embargo, estas categorías fueron concebidas principalmente para expediciones, instalaciones, turismo, vuelos y actividades desarrolladas físicamente en el continente, no para gestionar objetos provenientes del espacio. Una propuesta de protección especial Frente a este vacío, Esquivel y Valdivia proponen estudiar la creación de una Zona Antártica Especialmente Administrada para la gestión de desechos espaciales y reingresos atmosféricos. La propuesta considera dos obligaciones principales: que los Estados participantes del Sistema del Tratado Antártico y que a la vez sean Estados de Registro del objeto espacial, retiren los objetos espaciales que caigan en el continente y que se evite utilizar deliberadamente la región como zona de reingreso controlado. La medida no pretende regular el tránsito de satélites en el espacio ultraterrestre ni restringir la exploración espacial. Su objetivo sería regular los efectos ambientales que se producen cuando un objeto vuelve a ingresar en la atmósfera y alcanza el territorio o las aguas antárticas. Una regulación futura podría incorporar sistemas de alerta, intercambio de información orbital, identificación del Estado de Registro y de Lanzamiento, evaluación de riesgos, búsqueda de fragmentos y financiamiento de las operaciones de retiro. Una discusión estratégica para Magallanes La publicación tiene especial importancia para Magallanes, principal puerta de entrada chilena hacia la Antártica y región que concentra capacidades científicas, logísticas, marítimas y aeronáuticas vinculadas al continente. Punta Arenas podría desempeñar un papel relevante en el monitoreo de reingresos, la recepción de datos satelitales, la investigación de partículas atmosféricas y la elaboración de protocolos para identificar restos de objetos espaciales. Desde el punto de vista internacional, Chile también podría impulsar esta discusión tanto en las reuniones del Sistema del Tratado Antártico como en los organismos de Naciones Unidas dedicados al uso pacífico del espacio ultraterrestre. Para los autores, la sustentabilidad espacial no puede reducirse a evitar colisiones entre satélites. Debe considerar todo su ciclo de vida: lanzamiento, operación, desorbitación, reingreso y destino final de sus materiales. La Antártica representa un caso especialmente sensible. Es uno de los territorios más protegidos del planeta, pero aún carece de herramientas específicas para enfrentar daños ambientales originados por el creciente tráfico espacial. La investigación publicada por la Universidad de Chile pone esta problemática sobre la mesa y abre una oportunidad para que Magallanes se proyecte no solo como puerta logística hacia la Antártica, sino también como un centro de conocimiento y propuestas sobre gobernanza espacial y protección ambiental.
Una delegación de estudiantes e investigadores del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC) desarrolló en Alemania una nueva edición de su Summer School, programa de intercambio académico orientado a fortalecer la cooperación científica internacional. La actividad permitió poner en diálogo el conocimiento generado en el extremo sur de Chile con el de instituciones europeas de larga trayectoria, en torno a temáticas vinculadas a la conservación de la biodiversidad, el estudio de los ecosistemas y los desafíos del cambio climático. El programa busca promover el intercambio de saberes entre investigadores, estudiantes y especialistas de distintas disciplinas, consolidando espacios de colaboración entre la ciencia desarrollada en la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos y algunos de los centros de investigación más importantes de Europa. Visita a la Universidad de Jena Uno de los principales hitos de esta edición fue la visita a la Universidad Friedrich Schiller de Jena, una de las casas de estudio más emblemáticas de Europa y un referente histórico en investigación científica y desarrollo cultural. La ciudad de Jena es reconocida, además, como uno de los principales centros del romanticismo alemán. Durante la visita, la delegación recorrió el histórico herbario de la universidad, una colección científica que reúne muestras botánicas provenientes de distintos lugares del mundo y que constituye una fuente relevante para la investigación de la biodiversidad. La actividad permitió a los participantes conocer de cerca el trabajo desarrollado durante siglos por esta institución. Estudio comparado de turberas Otro de los ejes centrales del programa fue el estudio de las turberas, humedales que cumplen un rol clave en la captura de carbono, el almacenamiento de agua y la conservación de información ambiental acumulada durante miles de años. La Summer School permitió comparar las turberas de la región subantártica de Magallanes con las del norte de Europa, analizando las similitudes entre ambos ecosistemas y la historia de su uso. En los dos territorios, estos humedales fueron explotados durante décadas, principalmente como fuente de combustible. A diferencia de Europa, que avanza en la restauración de turberas degradadas, Magallanes conserva extensiones intactas, lo que representa una oportunidad para la conservación. Investigadores y estudiantes coincidieron en que, pese a la distancia, el extremo subantártico de Chile y el centro de Europa enfrentan desafíos comunes frente al cambio climático. Intercambio en ambas direcciones El intercambio impulsado por el CHIC opera en doble vía. Así como la delegación viajó a Alemania, Puerto Williams recibe cada temporada a estudiantes e investigadores extranjeros interesados en sus ecosistemas, incluyendo a jóvenes formados en universidades alemanas como la Universidad Humboldt, motivados en muchos casos por el trabajo del Dr. Ricardo Rozzi, director de investigación del CHIC. El CHIC —Centro Internacional Cabo de Hornos para Estudios de Cambio Global y Conservación Biocultural— es albergado por la Universidad de Magallanes (UMAG) y reconocido como centro de excelencia por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). Su trabajo se distingue por un enfoque biocultural que integra ciencias naturales, ciencias sociales, educación y ética, posicionando a la zona austral como territorio centinela del cambio climático. Magallanes como nodo científico Iniciativas como esta refuerzan el rol del extremo sur de Chile como punto de encuentro de la ciencia internacional. Desde la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos —reconocida por la UNESCO— hasta los herbarios de Jena, la Summer School trazó una línea de colaboración que conecta instituciones, disciplinas y generaciones de investigadores. De esta forma, el programa contribuye a la formación de nuevas generaciones de científicos capaces de desempeñarse tanto en los ecosistemas subantárticos como en laboratorios europeos, fortaleciendo la investigación regional y proyectando a Magallanes y a Chile como referentes en el estudio y la conservación frente a los grandes desafíos ambientales actuales.
Un grupo de investigadores de la región de Magallanes participará durante dos semanas de junio en la Summerschool 2026 Diversidad Biocultural, un programa internacional que los llevará a recorrer Alemania de punta a punta para estudiar, sobre el terreno, cómo cambia un paisaje cuando la presencia humana lo transforma a lo largo de los siglos. La iniciativa reúne a una veintena de jóvenes científicos de distintos países, entre ellos varios de la Universidad de Magallanes (UMAG) y del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC). El eje que articula todo el viaje es un concepto tan sencillo como revelador: el gradiente de transformación antropogénica, es decir, la escala que va desde los territorios casi intactos hasta aquellos profundamente modificados por el ser humano. En esa escala, Magallanes y Europa Central ocupan los extremos opuestos. El Cabo de Hornos figura entre los 24 lugares más prístinos que quedan en el planeta, un sitio donde la palabra clave sigue siendo conservar. Europa Central, en cambio, lleva milenios intervenida y hoy concentra sus esfuerzos en restaurar lo que perdió. Mirar ambos extremos al mismo tiempo es, precisamente, la apuesta del encuentro. El itinerario funciona como un viaje por la memoria de un paisaje. En Fráncfort, los participantes visitarán el instituto de investigación Senckenberg y conocerán el cerro Lohrberg, donde se protegen como patrimonio las antiguas huertas de frutales. Visitarán también la pista de aterrizaje de Bonames, demolida para devolverle su cauce a un río, y las turberas del Bourtanger Moor, hoy un museo que recuerda cómo fueron explotadas hasta agotarse. Más al norte caminarán por el bosque de Sababurg, uno de los pocos retazos de bosque casi original de Alemania, y por el Parque Nacional Kellerwald, junto a la represa del Edersee. Para una mirada magallánica, esas imágenes resultan familiares y, a la vez, inquietantes. Las turberas y los bosques de lenga y coigüe que en Europa son apenas un recuerdo, en el extremo sur de Chile siguen vivos. Lo que allá se intenta reconstruir con grandes proyectos, en Magallanes todavía existe. El programa también dedica espacio al vínculo entre ciencia y cultura. En Jena, los investigadores recorrerán el Herbario Haussknecht y la casa de Ernst Haeckel, el naturalista que hace más de un siglo unió el rigor científico con la belleza del dibujo para mostrar la diversidad de la vida. Hay, además, un dato que enorgullece a la región. El concepto de conservación biocultural —la mirada que integra naturaleza y cultura, ciencia y comunidad— nació en Magallanes, en el trabajo que el doctor Ricardo Rozzi y el CHIC desarrollan desde Puerto Williams. Las ideas que hoy se discuten en Europa partieron, en buena medida, desde el fin del mundo. Durante la escuela, los participantes trabajarán en grupos para comparar ambos extremos del planeta: la homogeneización de los paisajes, la restauración europea frente a la conservación chilena, los impactos del cambio climático, el papel del arte y la ética del cuidado de la tierra. Regresarán con una certeza y una pregunta: que Magallanes conserva algo cada vez más escaso en el mundo, y que de las decisiones de hoy depende seguir cuidándolo antes de tener que restaurarlo.
El Instituto Antártico Chileno (INACH) confirmó que la base Profesor Julio Escudero, la principal estación científica de Chile en el Continente Blanco, se mantendrá operativa durante todo el invierno por segundo año consecutivo, permitiendo la recolección ininterrumpida de información científica relevante. Este hito marca un avance significativo para la ciencia nacional, ya que tradicionalmente el grueso de las campañas y trabajos en terreno se concentran durante el verano, cuando las condiciones climáticas son mejores. Actualmente, la base es dirigida por Jorge Kuimer Pacheco, funcionario del INACH, y cuenta con dos científicos: Luis Muñoz y Natalia Mestre quienes trabajan en el proyecto Perspectiva histórica del notable aumento de la temperatura atmosférica en el norte de la península Antártica, del investigador Francisco Fernandoy. Además, personal de la Armada de Chile está en la estación efectuando apoyo logístico. Los investigadores del Laboratorio de Análisis Isotópicos de la Universidad Andrés Bello (UNAB), colaboran con la Plataforma de Investigación Antártica Transportable (TARP), iniciativa liderada por el Dr. Raúl Cordero de la Universidad de Santiago de Chile (USACH), donde concentran sus actividades cotidianas para supervisar los sensores de radiación solar y equipos de estudio atmosférico, labor que requiere reconfiguración manual y reinicio de sistemas tras cortes de energía o conectividad. Base Escudero La base Profesor Julio Escudero fue inaugurada en 1995 y se ubica en la península Fildes en la isla Rey Jorge (islas Shetland del Sur), y es el principal nodo científico de Chile en el territorio antártico. Cuenta con modernos laboratorios multidisciplinarios y sirve como punto de apoyo logístico para decenas de investigadoras e investigadores del Programa Nacional de Ciencia Antártica (PROCIEN) y de otros Programas Antárticos Nacionales. Con estas capacidades, el INACH y Chile reafirman su compromiso con la generación de conocimiento de frontera, asegurando que la ciencia nacional no se detenga, sin importar las temperaturas bajo cero o las inclemencias del invierno polar. Las otras estaciones chilenas en condición de permanentes son las bases O'Higgins (Ejército de Chile), Prat (Armada de Chile), Frei (Fuerza Aérea de Chile) y Gobernación Marítima de Bahía Fildes (Armada de Chile). Gino Casassa, director del INACH, señala que abrir la base Escudero por segundo año consecutivo de forma permanente durante todo el año es algo esencial; la temporada pasada se transformó en un hito, pero este año lo estamos consolidando donde la obtención de datos desde Antártica resulta ser esencial. El INACH es un organismo técnico del Ministerio de Relaciones Exteriores con plena autonomía en todo lo relacionado con asuntos antárticos de carácter científico, tecnológico y de difusión. El INACH cumple con la Política Antártica Nacional incentivando el desarrollo de la investigación de excelencia, participando efectivamente en el Sistema del Tratado Antártico y foros relacionados, fortaleciendo a Magallanes como puerta de entrada al Continente Blanco y realizando acciones de divulgación del conocimiento antártico en la ciudadanía. El INACH organiza el Programa Nacional de Ciencia Antártica (PROCIEN).