Ha corrido mucha tinta acerca de lo sucedido en Venezuela y la tragedia de ese pueblo, con millones de venezolanos repartidos en muchos países, pagando el precio de la soberbia política del dictador Nicolás Maduro y las acciones camorreras del pretendido amo del mundo, Donald Trump. No me corresponde hacer algún análisis de política internacional, sino que me detengo en la trampa perversa de las ideologías que buscan capturar la mente y el corazón de las personas en una falsa batalla entre “el bueno” y “el malo”, como artimaña de quienes prefieren la propaganda ideológica a la reflexión. Lo que está claro es que el problema tras la intervención de USA no era sólo, ni principalmente, el tráfico de drogas o la recuperación de la democracia, sino que el botín era el petróleo, como dijo Trump, sin rubor alguno. Y entonces surge una trampa perversa: la supuesta necesidad de optar y tomar partido por Trump o Maduro. Es una disyuntiva perversa porque, al criticar el accionar matonesco de Trump en su desprecio por el derecho internacional y la soberanía del pueblo venezolano, quien lo haga, parece estar legitimando a Maduro. Por otro lado, al criticar al dictador Maduro, que llevaba 13 años como sucesor de Chávez, violando los derechos humanos y empujando al exilio político o económico a unos 8 millones de personas (¡casi un tercio de la población del país!), quien lo haga, parece estar al lado de Trump, legitimando sus acciones. Esta falsa alternativa entre blanco o negro, o entre “el bueno” y “el malo”, pretende hacer creer que cualquier opción se hace en nombre de la libertad, la justicia y el respeto a los derechos de las personas, cuando lo que está en juego es un asunto de poder y dinero. Como alguien acertadamente ha dicho: cuando un tirano captura un dictador, la libertad solo cambia de dueño. De ambos lados surgen argumentos justificatorios que, en ambos casos, pisotean los derechos humanos de los venezolanos y la soberanía de ese pueblo. También, en diversos países aparecen políticos -de uno y otro lado- declarando ser democráticos y que respaldan y justifican a uno u otro, al tirano invasor o al dictador prisionero. Pero, las credenciales de demócrata sólo pueden exhibirse en el respeto a los derechos humanos y a la soberanía del pueblo, en el diálogo por la paz y la justicia, en el respeto al derecho internacional y en la preocupación por los más frágiles y sufrientes de la sociedad. La falsa y perversa opción entre Trump o Maduro aparenta ser una búsqueda de libertad y defensa de la democracia, cuando no hace más que seguir el juego de los poderosos y sus ideologías totalitarias en las que el fin -poder y dinero- justifica cualquier medio, consagrando la destrucción de la democracia, violando el respeto a la soberanía popular y los derechos humanos, ignorando y pisoteando a los más débiles del país. La supuesta necesidad de optar entre Trump o Maduro es para que nos importen ellos, sus ideologías y sus juegos de poder, en lugar del pueblo venezolano que está sufriendo en su país y en el exilio. Los venezolanos que celebraron la caída de Maduro en las calles de muchos países, pero no pudieron hacerlo en Venezuela, ahora contemplan estupefactos que ellos no cuentan para nada en este asunto, que siguen como dirigentes del país los acólitos de Maduro avasallados por Trump y sus milicias, y que -una vez más- la democracia es pisoteada por las luchas ideológicas de los poderosos de uno y otro lado que se reparten el botín. ¿A quién le importa la búsqueda de una solución pacífica, sin amenazas, respetando la voluntad popular expresada en las elecciones pasadas y trampeadas por Maduro? ¿A quién le importan los millones de venezolanos exiliados por el mundo entero? En sus declaraciones, unos y otros dirán que buscan el bien del pueblo venezolano, pero como dijo el Señor Jesús “por sus frutos los conocerán”, y los frutos que se ven en Venezuela son el miedo, el silencio en las calles, las amenazas de los violentos, y un país administrado desde el extranjero. Al día siguiente de la invasión en que Trump capturó a Maduro, el Papa León dijo, en la Plaza de San Pedro: “El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y cada uno, y trabajando para construir juntos un futuro sereno de colaboración, estabilidad y concordia, con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica.
La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en la crisis venezolana. Varias explosiones sacudieron la capital Caracas y zonas circundantes como Miranda, La Guaira y Aragua, mientras aviones volaban a baja altura sobre la ciudad, dejando sin energía eléctrica amplios sectores y alarmando a la población civil y a la comunidad internacional. Las autoridades de Estados Unidos, lideradas por el presidente Donald Trump, afirmaron que estas explosiones formaron parte de una operación militar de gran escala en la que fuerzas estadounidenses capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, argumentando que lo hicieron bajo cargos vinculados al narcotráfico y crimen organizado. El gobierno venezolano calificó las acciones como una “grave agresión militar” estadounidense contra la soberanía nacional, anunció el estado de conmoción exterior y llamó a una movilización general para defender el país. Ante este escenario, la comunidad internacional ha reaccionado con preocupación por el potencial de escalada regional y violación de normas internacionales. Una operación inusual que plantea dudas sobre su ejecución Para el analista internacional Marcelo Pérez, docente del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, la forma en que se desarrolló esta operación plantea interrogantes serios: “Fue una operación limpia, rápida y efectiva, tanto que parece imposible que se diera sin apoyo interno del círculo de hierro de Maduro. La respuesta militar fue prácticamente nula, demostrando una fragilidad total de los servicios de seguridad, algo extraño por decir lo menos”. Efectivamente, los reportes señalan que la captura se realizó sin un enfrentamiento prolongado con fuerzas leales al gobierno, lo que para algunos especialistas sugiere que sectores dentro del propio aparato estatal venezolano habrían decidido no resistir el avance estadounidense. ¿Cuál será el destino de Nicolás Maduro? El futuro legal y político de Maduro es otra de las grandes interrogantes. En este punto, Pérez subraya el carácter excepcional de la situación: “Debemos recordar que su detención se da bajo acusaciones de narcotráfico. No se lo tratará como un ex mandatario sino como un narcoterrorista”. Por ello, explica, su proceso podría transitar por las vías que se han seguido en casos de altos criminales internacionales, con un régimen judicial de máxima seguridad. Esta comparación remite a figuras como Joaquín “El Chapo” Guzmán, actualmente recluido en prisión en Estados Unidos. El gobierno estadounidense ha señalado que la captura se basa en un largo proceso de presión política y legal, y que la intención es estabilizar Venezuela y eventualmente facilitar una transición hacia un gobierno diferente. Sin embargo, estas acciones han generado críticas incluso dentro de Estados Unidos, donde algunos legisladores cuestionan la legalidad de la intervención militar sin un mandato explícito del Congreso. The Guardian ¿Quién podría tomar el poder en Venezuela? Con Maduro fuera de escena, la Constitución venezolana establece que la vicepresidenta Delcy Rodríguez asume la presidencia en caso de vacancia del cargo. Sin embargo, según reportes internacionales, Rodríguez ha demandado pruebas de vida de Maduro y ha rechazado la legitimidad de la operación estadounidense. Para Marcelo Pérez, la siguiente etapa dependerá de factores internos complejos: “Lo lógico sería que la vicepresidenta Delcy Rodríguez tome el poder. Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López son otras figuras fuertes del régimen. ¿Pero existe el apoyo de las fuerzas armadas venezolanas, del pueblo, de las instituciones mismas del Estado para dirigentes cercanos a Maduro?” En otras palabras, la estabilidad política en Venezuela no está asegurada simplemente por la ausencia de Maduro: “Si el derrocamiento de Maduro se produjo de forma interna —con apoyo de su círculo íntimo— entonces tal vez ya fue negociada una nueva forma de gobierno que acomode al país del norte”, advierte Pérez. En ese caso, la transición podría ser más rápida, con menos resistencias internas, aunque también podría provocar fricciones inesperadas dentro de la élite chavista. Una transición política incierta en Venezuela La comunidad internacional y las fuerzas políticas dentro de Venezuela estarán observando de cerca los pasos que se den en las próximas horas y días. Desde la oposición, líderes como María Corina Machado han celebrado la caída de Maduro como el inicio de una nueva etapa, prometiendo restaurar libertades, liberar presos políticos y construir un país diferente. No obstante, la reacción de sectores afines al chavismo y de países aliados de Venezuela, como Rusia, ha sido de rechazo a la intervención, denunciando una violación de la soberanía y advirtiendo sobre los riesgos de una escalada regional. El impacto en la región y en el mundo La intervención militar estadounidense y la captura de Maduro representan uno de los momentos más dramáticos de la historia reciente de América Latina. Las tensiones entre Washington y Caracas se habían intensificado desde la escalada de sanciones, bloqueos a buques petroleros y operaciones contra redes de narcotráfico atribuidas al régimen venezolano en 2025. Para Pérez, más allá de las circunstancias inmediatas, este suceso pone en cuestión el futuro de las relaciones hemisféricas: “Las respuestas vendrán en las próximas horas, cuando comience, de una forma u otra, la transición política en Venezuela”. Y agrega que “el impacto será profundo no solo para Venezuela, sino para toda América Latina, porque redefine límites, alianzas y discursos sobre soberanía, intervención y legitimidad política”.
Felipe Vergara Maldonado, Analista Internacional, Universidad Andrés Bello La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses abre un capítulo inédito en América Latina. Más allá del impacto mediático, el hecho plantea preguntas que no podemos ignorar: ¿qué viene después y qué significa para la región? La historia ofrece lecciones. Panamá, con la caída de Noriega en 1989, logró una transición democrática, pero bajo tutela externa y con costos humanos. Irak y Afganistán, tras intervenciones similares, quedaron sumidos en conflictos prolongados. Libia, después de Gadafi, se convirtió en un Estado fragmentado. Estos precedentes muestran que sacar al líder o al dictador no garantiza estabilidad ni instituciones sólidas. Venezuela enfrenta ahora ese dilema. La salida de Maduro no desarma las redes militares y económicas que sostienen al chavismo. Sin acuerdos mínimos, el riesgo es reemplazar una hegemonía por otra o abrir paso a la violencia. La tentación de imponer soluciones rápidas suele terminar en fracasos duraderos. Para América Latina, el impacto será regional, asociado a temas de migración, tensiones diplomáticas y nuevos alineamientos geopolíticos. Además, la operación unilateral de Estados Unidos crea un precedente que erosiona normas internacionales y puede justificar futuras intervenciones selectivas. La oportunidad existe, pero no vendrá sola. Una transición democrática requiere reglas claras, supervisión externa y garantías para la ciudadanía. Lo contrario —confundir la caída de un caudillo con la llegada de la democracia— sería correr el riesgo de repetir la historia y los costos que eso implica.
Ha corrido mucha tinta acerca de lo sucedido en Venezuela y la tragedia de ese pueblo, con millones de venezolanos repartidos en muchos países, pagando el precio de la soberbia política del dictador Nicolás Maduro y las acciones camorreras del pretendido amo del mundo, Donald Trump. No me corresponde hacer algún análisis de política internacional, sino que me detengo en la trampa perversa de las ideologías que buscan capturar la mente y el corazón de las personas en una falsa batalla entre “el bueno” y “el malo”, como artimaña de quienes prefieren la propaganda ideológica a la reflexión. Lo que está claro es que el problema tras la intervención de USA no era sólo, ni principalmente, el tráfico de drogas o la recuperación de la democracia, sino que el botín era el petróleo, como dijo Trump, sin rubor alguno. Y entonces surge una trampa perversa: la supuesta necesidad de optar y tomar partido por Trump o Maduro. Es una disyuntiva perversa porque, al criticar el accionar matonesco de Trump en su desprecio por el derecho internacional y la soberanía del pueblo venezolano, quien lo haga, parece estar legitimando a Maduro. Por otro lado, al criticar al dictador Maduro, que llevaba 13 años como sucesor de Chávez, violando los derechos humanos y empujando al exilio político o económico a unos 8 millones de personas (¡casi un tercio de la población del país!), quien lo haga, parece estar al lado de Trump, legitimando sus acciones. Esta falsa alternativa entre blanco o negro, o entre “el bueno” y “el malo”, pretende hacer creer que cualquier opción se hace en nombre de la libertad, la justicia y el respeto a los derechos de las personas, cuando lo que está en juego es un asunto de poder y dinero. Como alguien acertadamente ha dicho: cuando un tirano captura un dictador, la libertad solo cambia de dueño. De ambos lados surgen argumentos justificatorios que, en ambos casos, pisotean los derechos humanos de los venezolanos y la soberanía de ese pueblo. También, en diversos países aparecen políticos -de uno y otro lado- declarando ser democráticos y que respaldan y justifican a uno u otro, al tirano invasor o al dictador prisionero. Pero, las credenciales de demócrata sólo pueden exhibirse en el respeto a los derechos humanos y a la soberanía del pueblo, en el diálogo por la paz y la justicia, en el respeto al derecho internacional y en la preocupación por los más frágiles y sufrientes de la sociedad. La falsa y perversa opción entre Trump o Maduro aparenta ser una búsqueda de libertad y defensa de la democracia, cuando no hace más que seguir el juego de los poderosos y sus ideologías totalitarias en las que el fin -poder y dinero- justifica cualquier medio, consagrando la destrucción de la democracia, violando el respeto a la soberanía popular y los derechos humanos, ignorando y pisoteando a los más débiles del país. La supuesta necesidad de optar entre Trump o Maduro es para que nos importen ellos, sus ideologías y sus juegos de poder, en lugar del pueblo venezolano que está sufriendo en su país y en el exilio. Los venezolanos que celebraron la caída de Maduro en las calles de muchos países, pero no pudieron hacerlo en Venezuela, ahora contemplan estupefactos que ellos no cuentan para nada en este asunto, que siguen como dirigentes del país los acólitos de Maduro avasallados por Trump y sus milicias, y que -una vez más- la democracia es pisoteada por las luchas ideológicas de los poderosos de uno y otro lado que se reparten el botín. ¿A quién le importa la búsqueda de una solución pacífica, sin amenazas, respetando la voluntad popular expresada en las elecciones pasadas y trampeadas por Maduro? ¿A quién le importan los millones de venezolanos exiliados por el mundo entero? En sus declaraciones, unos y otros dirán que buscan el bien del pueblo venezolano, pero como dijo el Señor Jesús “por sus frutos los conocerán”, y los frutos que se ven en Venezuela son el miedo, el silencio en las calles, las amenazas de los violentos, y un país administrado desde el extranjero. Al día siguiente de la invasión en que Trump capturó a Maduro, el Papa León dijo, en la Plaza de San Pedro: “El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y cada uno, y trabajando para construir juntos un futuro sereno de colaboración, estabilidad y concordia, con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica.
La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en la crisis venezolana. Varias explosiones sacudieron la capital Caracas y zonas circundantes como Miranda, La Guaira y Aragua, mientras aviones volaban a baja altura sobre la ciudad, dejando sin energía eléctrica amplios sectores y alarmando a la población civil y a la comunidad internacional. Las autoridades de Estados Unidos, lideradas por el presidente Donald Trump, afirmaron que estas explosiones formaron parte de una operación militar de gran escala en la que fuerzas estadounidenses capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, argumentando que lo hicieron bajo cargos vinculados al narcotráfico y crimen organizado. El gobierno venezolano calificó las acciones como una “grave agresión militar” estadounidense contra la soberanía nacional, anunció el estado de conmoción exterior y llamó a una movilización general para defender el país. Ante este escenario, la comunidad internacional ha reaccionado con preocupación por el potencial de escalada regional y violación de normas internacionales. Una operación inusual que plantea dudas sobre su ejecución Para el analista internacional Marcelo Pérez, docente del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, la forma en que se desarrolló esta operación plantea interrogantes serios: “Fue una operación limpia, rápida y efectiva, tanto que parece imposible que se diera sin apoyo interno del círculo de hierro de Maduro. La respuesta militar fue prácticamente nula, demostrando una fragilidad total de los servicios de seguridad, algo extraño por decir lo menos”. Efectivamente, los reportes señalan que la captura se realizó sin un enfrentamiento prolongado con fuerzas leales al gobierno, lo que para algunos especialistas sugiere que sectores dentro del propio aparato estatal venezolano habrían decidido no resistir el avance estadounidense. ¿Cuál será el destino de Nicolás Maduro? El futuro legal y político de Maduro es otra de las grandes interrogantes. En este punto, Pérez subraya el carácter excepcional de la situación: “Debemos recordar que su detención se da bajo acusaciones de narcotráfico. No se lo tratará como un ex mandatario sino como un narcoterrorista”. Por ello, explica, su proceso podría transitar por las vías que se han seguido en casos de altos criminales internacionales, con un régimen judicial de máxima seguridad. Esta comparación remite a figuras como Joaquín “El Chapo” Guzmán, actualmente recluido en prisión en Estados Unidos. El gobierno estadounidense ha señalado que la captura se basa en un largo proceso de presión política y legal, y que la intención es estabilizar Venezuela y eventualmente facilitar una transición hacia un gobierno diferente. Sin embargo, estas acciones han generado críticas incluso dentro de Estados Unidos, donde algunos legisladores cuestionan la legalidad de la intervención militar sin un mandato explícito del Congreso. The Guardian ¿Quién podría tomar el poder en Venezuela? Con Maduro fuera de escena, la Constitución venezolana establece que la vicepresidenta Delcy Rodríguez asume la presidencia en caso de vacancia del cargo. Sin embargo, según reportes internacionales, Rodríguez ha demandado pruebas de vida de Maduro y ha rechazado la legitimidad de la operación estadounidense. Para Marcelo Pérez, la siguiente etapa dependerá de factores internos complejos: “Lo lógico sería que la vicepresidenta Delcy Rodríguez tome el poder. Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López son otras figuras fuertes del régimen. ¿Pero existe el apoyo de las fuerzas armadas venezolanas, del pueblo, de las instituciones mismas del Estado para dirigentes cercanos a Maduro?” En otras palabras, la estabilidad política en Venezuela no está asegurada simplemente por la ausencia de Maduro: “Si el derrocamiento de Maduro se produjo de forma interna —con apoyo de su círculo íntimo— entonces tal vez ya fue negociada una nueva forma de gobierno que acomode al país del norte”, advierte Pérez. En ese caso, la transición podría ser más rápida, con menos resistencias internas, aunque también podría provocar fricciones inesperadas dentro de la élite chavista. Una transición política incierta en Venezuela La comunidad internacional y las fuerzas políticas dentro de Venezuela estarán observando de cerca los pasos que se den en las próximas horas y días. Desde la oposición, líderes como María Corina Machado han celebrado la caída de Maduro como el inicio de una nueva etapa, prometiendo restaurar libertades, liberar presos políticos y construir un país diferente. No obstante, la reacción de sectores afines al chavismo y de países aliados de Venezuela, como Rusia, ha sido de rechazo a la intervención, denunciando una violación de la soberanía y advirtiendo sobre los riesgos de una escalada regional. El impacto en la región y en el mundo La intervención militar estadounidense y la captura de Maduro representan uno de los momentos más dramáticos de la historia reciente de América Latina. Las tensiones entre Washington y Caracas se habían intensificado desde la escalada de sanciones, bloqueos a buques petroleros y operaciones contra redes de narcotráfico atribuidas al régimen venezolano en 2025. Para Pérez, más allá de las circunstancias inmediatas, este suceso pone en cuestión el futuro de las relaciones hemisféricas: “Las respuestas vendrán en las próximas horas, cuando comience, de una forma u otra, la transición política en Venezuela”. Y agrega que “el impacto será profundo no solo para Venezuela, sino para toda América Latina, porque redefine límites, alianzas y discursos sobre soberanía, intervención y legitimidad política”.
Felipe Vergara Maldonado, Analista Internacional, Universidad Andrés Bello La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses abre un capítulo inédito en América Latina. Más allá del impacto mediático, el hecho plantea preguntas que no podemos ignorar: ¿qué viene después y qué significa para la región? La historia ofrece lecciones. Panamá, con la caída de Noriega en 1989, logró una transición democrática, pero bajo tutela externa y con costos humanos. Irak y Afganistán, tras intervenciones similares, quedaron sumidos en conflictos prolongados. Libia, después de Gadafi, se convirtió en un Estado fragmentado. Estos precedentes muestran que sacar al líder o al dictador no garantiza estabilidad ni instituciones sólidas. Venezuela enfrenta ahora ese dilema. La salida de Maduro no desarma las redes militares y económicas que sostienen al chavismo. Sin acuerdos mínimos, el riesgo es reemplazar una hegemonía por otra o abrir paso a la violencia. La tentación de imponer soluciones rápidas suele terminar en fracasos duraderos. Para América Latina, el impacto será regional, asociado a temas de migración, tensiones diplomáticas y nuevos alineamientos geopolíticos. Además, la operación unilateral de Estados Unidos crea un precedente que erosiona normas internacionales y puede justificar futuras intervenciones selectivas. La oportunidad existe, pero no vendrá sola. Una transición democrática requiere reglas claras, supervisión externa y garantías para la ciudadanía. Lo contrario —confundir la caída de un caudillo con la llegada de la democracia— sería correr el riesgo de repetir la historia y los costos que eso implica.