¡Terrible la experiencia de los incendios en la región del Biobío! Es sobrecogedora la imagen de devastación de las ciudades y campos afectados. Ante la magnitud del desastre es posible sentir -aun a la distancia- el sufrimiento de miles de personas, de quienes fallecieron y sus familias, de quienes lo perdieron todo, sus casas y sus fuentes de trabajo; de quienes ahora esperan que alguien los ayude a ponerse en pie y de quienes trabajan en controlar el fuego que arrasa con todo. Es una muy triste experiencia que cada vez se repite con más frecuencia, año a año. En medio de la tragedia llama la atención quienes se lamentan de la mala suerte por lo sucedido, o quienes se alegran por la buena suerte de que a ellos no los ha tocado. ¡Como si todo esto fuera cuestión de suerte! Una manera de pensar y de vivir donde todo es “cuestión de suerte”. Así, la vida de las personas, su salud o enfermedad, su felicidad o infelicidad, quedarían entregados a los incomprensibles designios del azar o de un “destino” que alguien decretó para perjudicar a algunos y bendecir a otros. Los invito a que reflexionemos juntos, porque esta ingenua y rudimentaria manera de pensar y de vivir en la que todo es cuestión de suerte, es bastante más común de lo que pareciera. La consecuencia lógica de esta manera de pensar es la búsqueda de mecanismos que permitan atraerse “la buena suerte, y en la historia del ser humano ese es el origen de la magia, en cualquiera de sus formas. Entonces, las personas se encontrarían sometidas a unos poderes anónimos y ocultos -a veces, benévolos y otras veces, inmisericordes- de los que depende la ventura o la desventura, y en último término, la vida o la muerte. Por cierto, hay algunas dimensiones de la vida en las que el azar tiene su espacio; por ejemplo, en los llamados “juegos de azar”, pero aun allí el cálculo de probabilidades le quita terreno a la “buena suerte” o a la “mala suerte”. Esta manera de pensar y de vivir en la que “todo es cuestión de suerte”, intenta explicar diversos hechos (accidentes, incendios, enfermedades, etc.), excluyendo cualquier responsabilidad humana. En una palabra, la vida estaría en manos de un “destino” ciego que -sin atender razones, motivos, excusas o méritos- reparte buenaventura a unos y maldiciones a otros. En este primitivismo mágico, la responsabilidad humana en la construcción de la propia vida y en el aprendizaje de la felicidad a la que todos estamos llamados se diluye en los laberintos misteriosos de “la suerte que te tocó”. Así, ya no tendría sentido buscar el bien en las propias decisiones y acciones, ni el anhelo de crecer en una vida virtuosa, sino que todo depende de esa “suerte”. Cuando las personas abdican de la responsabilidad de construir su propia vida discerniendo buenas decisiones y realizando buenas acciones, las consecuencias son el deslizamiento por la pendiente “mágica” (para beneficio de los que lucran con el miedo de quienes viven sometidos al “destino”), la frustrante pérdida de autoestima ante un destino que no cumple los deseos de las personas y, lo más importante, la pérdida de la capacidad de ejercer la libertad en el desarrollo de las cualidades y capacidades que se nos han dado para vivir y aprender a ser felices en esta vida junto a otros. A muchos les cuesta convencerse que no existe “la buena suerte” ni la “mala suerte”, sin ver que se trata, en ciertos casos, de diversos fenómenos de la naturaleza que la ciencia en sus posibilidades y avances intenta desvelar, en otros casos está en juego la bondad -o la irresponsabilidad, y aun la maldad- de las decisiones que tomamos en nuestra libertad. Al pensar que todo es “cuestión de suerte” no nos hacemos responsables de nuestras decisiones y acciones. Acabo de ver en TV un excelente aviso que señala que “todos los incendios tienen un nombre”, pues siempre hay responsabilidad humana en alguna acción u omisión que abrió la puerta a la tragedia. Así como también es responsabilidad humana apoyar solidariamente en las colectas para las víctimas de los incendios. Por último, la fe en Dios no es como algunos piensan un amuleto para asegurarse “la buena suerte” y evitar “la mala suerte”, sino que es el llamado a vivir responsablemente en nuestra libertad, y caminar confiando en la bondad de Dios que nos ha creado y, así, avanzar fortalecidos por el amor sin límites del Señor Jesús. El que camina apoyado en ese amor, avanza confiado ante todas las situaciones de la vida con responsabilidad y esperanza. Aprovecho de despedirme de los amables lectores hasta el mes de marzo, pues haré una pausa vacacional en estos comentarios dominicales. 24 enero 2026
Ha corrido mucha tinta acerca de lo sucedido en Venezuela y la tragedia de ese pueblo, con millones de venezolanos repartidos en muchos países, pagando el precio de la soberbia política del dictador Nicolás Maduro y las acciones camorreras del pretendido amo del mundo, Donald Trump. No me corresponde hacer algún análisis de política internacional, sino que me detengo en la trampa perversa de las ideologías que buscan capturar la mente y el corazón de las personas en una falsa batalla entre “el bueno” y “el malo”, como artimaña de quienes prefieren la propaganda ideológica a la reflexión. Lo que está claro es que el problema tras la intervención de USA no era sólo, ni principalmente, el tráfico de drogas o la recuperación de la democracia, sino que el botín era el petróleo, como dijo Trump, sin rubor alguno. Y entonces surge una trampa perversa: la supuesta necesidad de optar y tomar partido por Trump o Maduro. Es una disyuntiva perversa porque, al criticar el accionar matonesco de Trump en su desprecio por el derecho internacional y la soberanía del pueblo venezolano, quien lo haga, parece estar legitimando a Maduro. Por otro lado, al criticar al dictador Maduro, que llevaba 13 años como sucesor de Chávez, violando los derechos humanos y empujando al exilio político o económico a unos 8 millones de personas (¡casi un tercio de la población del país!), quien lo haga, parece estar al lado de Trump, legitimando sus acciones. Esta falsa alternativa entre blanco o negro, o entre “el bueno” y “el malo”, pretende hacer creer que cualquier opción se hace en nombre de la libertad, la justicia y el respeto a los derechos de las personas, cuando lo que está en juego es un asunto de poder y dinero. Como alguien acertadamente ha dicho: cuando un tirano captura un dictador, la libertad solo cambia de dueño. De ambos lados surgen argumentos justificatorios que, en ambos casos, pisotean los derechos humanos de los venezolanos y la soberanía de ese pueblo. También, en diversos países aparecen políticos -de uno y otro lado- declarando ser democráticos y que respaldan y justifican a uno u otro, al tirano invasor o al dictador prisionero. Pero, las credenciales de demócrata sólo pueden exhibirse en el respeto a los derechos humanos y a la soberanía del pueblo, en el diálogo por la paz y la justicia, en el respeto al derecho internacional y en la preocupación por los más frágiles y sufrientes de la sociedad. La falsa y perversa opción entre Trump o Maduro aparenta ser una búsqueda de libertad y defensa de la democracia, cuando no hace más que seguir el juego de los poderosos y sus ideologías totalitarias en las que el fin -poder y dinero- justifica cualquier medio, consagrando la destrucción de la democracia, violando el respeto a la soberanía popular y los derechos humanos, ignorando y pisoteando a los más débiles del país. La supuesta necesidad de optar entre Trump o Maduro es para que nos importen ellos, sus ideologías y sus juegos de poder, en lugar del pueblo venezolano que está sufriendo en su país y en el exilio. Los venezolanos que celebraron la caída de Maduro en las calles de muchos países, pero no pudieron hacerlo en Venezuela, ahora contemplan estupefactos que ellos no cuentan para nada en este asunto, que siguen como dirigentes del país los acólitos de Maduro avasallados por Trump y sus milicias, y que -una vez más- la democracia es pisoteada por las luchas ideológicas de los poderosos de uno y otro lado que se reparten el botín. ¿A quién le importa la búsqueda de una solución pacífica, sin amenazas, respetando la voluntad popular expresada en las elecciones pasadas y trampeadas por Maduro? ¿A quién le importan los millones de venezolanos exiliados por el mundo entero? En sus declaraciones, unos y otros dirán que buscan el bien del pueblo venezolano, pero como dijo el Señor Jesús “por sus frutos los conocerán”, y los frutos que se ven en Venezuela son el miedo, el silencio en las calles, las amenazas de los violentos, y un país administrado desde el extranjero. Al día siguiente de la invasión en que Trump capturó a Maduro, el Papa León dijo, en la Plaza de San Pedro: “El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y cada uno, y trabajando para construir juntos un futuro sereno de colaboración, estabilidad y concordia, con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica.
Cincuenta años están a la vuelta de la esquina del tiempo, sin embargo, en la memoria de muchas personas los sucesos de hace cinco décadas parecen muy lejanos, y para las generaciones jóvenes la distancia aumenta con el desconocimiento de lo sucedido, de los personajes y de las circunstancias que se vivían. Hace cincuenta años, el 1 de enero de 1976 fue creada la Vicaría de la Solidaridad, como una respuesta de la Iglesia a las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura (1973 – 1990). Con el pasar del tiempo, para muchos todo eso es como una nebulosa lejana -a veces intencionalmente olvidada-, pero lo que está fuera de discusión es que con el golpe de estado comenzó en Chile un período de violaciones a los derechos humanos con un largo sufrimiento para todo el país, especialmente para los que padecían directamente la persecución por sus opciones políticas. En esa situación de atropello a la dignidad de las personas, el arzobispo de Santiago, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, tuvo la inspiración y la valentía de crear la Vicaría de la Solidaridad como un organismo de la Iglesia para la defensa de la vida y promoción de la justicia frente a la represión estatal, dando asistencia jurídica, social y atención pastoral, a las víctimas de la persecución política y detenciones arbitrarias, torturas, exilio y desapariciones. Como en muchas ocasiones dijo el Cardenal Silva Henríquez, “tenemos que seguir la huella del buen samaritano que no pasó de largo frente al herido en el camino”. La Vicaría de la Solidaridad era el rostro de una Iglesia samaritana que acogía, acompañaba y asistía a quienes sufrían violaciones en su dignidad, así como una permanente interpelación a la conciencia del país acerca del respeto que merece toda persona, y un referente ético nacional e internacional de la dignidad de todos los seres humanos. Muchas personas, en esos años de dictadura, no comprendían la misión de la Iglesia en la defensa de los perseguidos y promoción de los derechos humanos de todos los chilenos. Pero para los pastores de la Iglesia no había dudas ni vacilaciones en la misión a realizar, porque la dignidad de toda persona es una dimensión constitutiva de la fe en el Señor Jesús, pues Él es Dios hecho hombre para restablecer a todo ser humano en su plena dignidad de hijo o hija de Dios. En Punta Arenas, como en el resto del país, esta acción eclesial en defensa de la dignidad de las personas comenzó inmediatamente después del golpe de estado, al conocerse los primeros casos de detenciones arbitrarias, torturas, y traslado de prisioneros políticos a la isla Dawson, constituyéndose en octubre de 1973 el Comité Pro Paz, presidido por el P. Alejandro Goic junto a pastores de otras Iglesia cristianas. Luego, con el Padre Obispo Tomás González, esta acción se realizó desde el Departamento de Pastoral de Derechos Humanos del Obispado de Punta Arenas, a través de un equipo de hombres y mujeres que asumieron esta misión eclesial y humanitaria. Con el retorno a la democracia, la Vicaría de la Solidaridad terminó sus funciones, y muchas de sus tareas fueron asumidas por la Pastoral Social en cada diócesis. El Arzobispado de Santiago creó la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad, que custodia la documentación del trabajo de la Vicaría de la Solidaridad y de su antecesor, el Comité Pro Paz. Este archivo es un testimonio privilegiado de esa época y un insumo importante en los procesos de violaciones de derechos humanos que aún están en curso. También, esa documentación ha sido declarada por la Unesco como parte de la Memoria de la Humanidad. Durante este año se realizarán diversos actos conmemorativos de la creación de la Vicaría de la Solidaridad, algunos ya han tenido lugar en Santiago, en uno de ellos el arzobispo de Santiago, el Cardenal Fernando Chomalí, señaló: “Nunca voy a poder comprender en su cabalidad lo que significó esa época. Nunca voy a poder entender el dolor, la indignación, la impotencia. Es un dolor que traspasa el alma, que nunca vamos a entender y con el cual tenemos que ser tremendamente respetuosos. Y tal vez, si hay un cuidado que tenemos que tener hoy, es no frivolizar esta situación, ni minimizarla, ni superficializarla. Es un tema hondo que toca las raíces mismas de una sociedad, porque se violenta lo más sólido y sagrado que tiene todo ser humano: su dignidad”. Acá, en Punta Arenas, realizaremos la conmemoración de la creación de la Vicaría de la Solidaridad y del trabajo realizado en nuestra diócesis austral en el mes de agosto, cuando cada año celebramos el “Mes de la Solidaridad”. 11 enero 2026
¡Terrible la experiencia de los incendios en la región del Biobío! Es sobrecogedora la imagen de devastación de las ciudades y campos afectados. Ante la magnitud del desastre es posible sentir -aun a la distancia- el sufrimiento de miles de personas, de quienes fallecieron y sus familias, de quienes lo perdieron todo, sus casas y sus fuentes de trabajo; de quienes ahora esperan que alguien los ayude a ponerse en pie y de quienes trabajan en controlar el fuego que arrasa con todo. Es una muy triste experiencia que cada vez se repite con más frecuencia, año a año. En medio de la tragedia llama la atención quienes se lamentan de la mala suerte por lo sucedido, o quienes se alegran por la buena suerte de que a ellos no los ha tocado. ¡Como si todo esto fuera cuestión de suerte! Una manera de pensar y de vivir donde todo es “cuestión de suerte”. Así, la vida de las personas, su salud o enfermedad, su felicidad o infelicidad, quedarían entregados a los incomprensibles designios del azar o de un “destino” que alguien decretó para perjudicar a algunos y bendecir a otros. Los invito a que reflexionemos juntos, porque esta ingenua y rudimentaria manera de pensar y de vivir en la que todo es cuestión de suerte, es bastante más común de lo que pareciera. La consecuencia lógica de esta manera de pensar es la búsqueda de mecanismos que permitan atraerse “la buena suerte, y en la historia del ser humano ese es el origen de la magia, en cualquiera de sus formas. Entonces, las personas se encontrarían sometidas a unos poderes anónimos y ocultos -a veces, benévolos y otras veces, inmisericordes- de los que depende la ventura o la desventura, y en último término, la vida o la muerte. Por cierto, hay algunas dimensiones de la vida en las que el azar tiene su espacio; por ejemplo, en los llamados “juegos de azar”, pero aun allí el cálculo de probabilidades le quita terreno a la “buena suerte” o a la “mala suerte”. Esta manera de pensar y de vivir en la que “todo es cuestión de suerte”, intenta explicar diversos hechos (accidentes, incendios, enfermedades, etc.), excluyendo cualquier responsabilidad humana. En una palabra, la vida estaría en manos de un “destino” ciego que -sin atender razones, motivos, excusas o méritos- reparte buenaventura a unos y maldiciones a otros. En este primitivismo mágico, la responsabilidad humana en la construcción de la propia vida y en el aprendizaje de la felicidad a la que todos estamos llamados se diluye en los laberintos misteriosos de “la suerte que te tocó”. Así, ya no tendría sentido buscar el bien en las propias decisiones y acciones, ni el anhelo de crecer en una vida virtuosa, sino que todo depende de esa “suerte”. Cuando las personas abdican de la responsabilidad de construir su propia vida discerniendo buenas decisiones y realizando buenas acciones, las consecuencias son el deslizamiento por la pendiente “mágica” (para beneficio de los que lucran con el miedo de quienes viven sometidos al “destino”), la frustrante pérdida de autoestima ante un destino que no cumple los deseos de las personas y, lo más importante, la pérdida de la capacidad de ejercer la libertad en el desarrollo de las cualidades y capacidades que se nos han dado para vivir y aprender a ser felices en esta vida junto a otros. A muchos les cuesta convencerse que no existe “la buena suerte” ni la “mala suerte”, sin ver que se trata, en ciertos casos, de diversos fenómenos de la naturaleza que la ciencia en sus posibilidades y avances intenta desvelar, en otros casos está en juego la bondad -o la irresponsabilidad, y aun la maldad- de las decisiones que tomamos en nuestra libertad. Al pensar que todo es “cuestión de suerte” no nos hacemos responsables de nuestras decisiones y acciones. Acabo de ver en TV un excelente aviso que señala que “todos los incendios tienen un nombre”, pues siempre hay responsabilidad humana en alguna acción u omisión que abrió la puerta a la tragedia. Así como también es responsabilidad humana apoyar solidariamente en las colectas para las víctimas de los incendios. Por último, la fe en Dios no es como algunos piensan un amuleto para asegurarse “la buena suerte” y evitar “la mala suerte”, sino que es el llamado a vivir responsablemente en nuestra libertad, y caminar confiando en la bondad de Dios que nos ha creado y, así, avanzar fortalecidos por el amor sin límites del Señor Jesús. El que camina apoyado en ese amor, avanza confiado ante todas las situaciones de la vida con responsabilidad y esperanza. Aprovecho de despedirme de los amables lectores hasta el mes de marzo, pues haré una pausa vacacional en estos comentarios dominicales. 24 enero 2026
Ha corrido mucha tinta acerca de lo sucedido en Venezuela y la tragedia de ese pueblo, con millones de venezolanos repartidos en muchos países, pagando el precio de la soberbia política del dictador Nicolás Maduro y las acciones camorreras del pretendido amo del mundo, Donald Trump. No me corresponde hacer algún análisis de política internacional, sino que me detengo en la trampa perversa de las ideologías que buscan capturar la mente y el corazón de las personas en una falsa batalla entre “el bueno” y “el malo”, como artimaña de quienes prefieren la propaganda ideológica a la reflexión. Lo que está claro es que el problema tras la intervención de USA no era sólo, ni principalmente, el tráfico de drogas o la recuperación de la democracia, sino que el botín era el petróleo, como dijo Trump, sin rubor alguno. Y entonces surge una trampa perversa: la supuesta necesidad de optar y tomar partido por Trump o Maduro. Es una disyuntiva perversa porque, al criticar el accionar matonesco de Trump en su desprecio por el derecho internacional y la soberanía del pueblo venezolano, quien lo haga, parece estar legitimando a Maduro. Por otro lado, al criticar al dictador Maduro, que llevaba 13 años como sucesor de Chávez, violando los derechos humanos y empujando al exilio político o económico a unos 8 millones de personas (¡casi un tercio de la población del país!), quien lo haga, parece estar al lado de Trump, legitimando sus acciones. Esta falsa alternativa entre blanco o negro, o entre “el bueno” y “el malo”, pretende hacer creer que cualquier opción se hace en nombre de la libertad, la justicia y el respeto a los derechos de las personas, cuando lo que está en juego es un asunto de poder y dinero. Como alguien acertadamente ha dicho: cuando un tirano captura un dictador, la libertad solo cambia de dueño. De ambos lados surgen argumentos justificatorios que, en ambos casos, pisotean los derechos humanos de los venezolanos y la soberanía de ese pueblo. También, en diversos países aparecen políticos -de uno y otro lado- declarando ser democráticos y que respaldan y justifican a uno u otro, al tirano invasor o al dictador prisionero. Pero, las credenciales de demócrata sólo pueden exhibirse en el respeto a los derechos humanos y a la soberanía del pueblo, en el diálogo por la paz y la justicia, en el respeto al derecho internacional y en la preocupación por los más frágiles y sufrientes de la sociedad. La falsa y perversa opción entre Trump o Maduro aparenta ser una búsqueda de libertad y defensa de la democracia, cuando no hace más que seguir el juego de los poderosos y sus ideologías totalitarias en las que el fin -poder y dinero- justifica cualquier medio, consagrando la destrucción de la democracia, violando el respeto a la soberanía popular y los derechos humanos, ignorando y pisoteando a los más débiles del país. La supuesta necesidad de optar entre Trump o Maduro es para que nos importen ellos, sus ideologías y sus juegos de poder, en lugar del pueblo venezolano que está sufriendo en su país y en el exilio. Los venezolanos que celebraron la caída de Maduro en las calles de muchos países, pero no pudieron hacerlo en Venezuela, ahora contemplan estupefactos que ellos no cuentan para nada en este asunto, que siguen como dirigentes del país los acólitos de Maduro avasallados por Trump y sus milicias, y que -una vez más- la democracia es pisoteada por las luchas ideológicas de los poderosos de uno y otro lado que se reparten el botín. ¿A quién le importa la búsqueda de una solución pacífica, sin amenazas, respetando la voluntad popular expresada en las elecciones pasadas y trampeadas por Maduro? ¿A quién le importan los millones de venezolanos exiliados por el mundo entero? En sus declaraciones, unos y otros dirán que buscan el bien del pueblo venezolano, pero como dijo el Señor Jesús “por sus frutos los conocerán”, y los frutos que se ven en Venezuela son el miedo, el silencio en las calles, las amenazas de los violentos, y un país administrado desde el extranjero. Al día siguiente de la invasión en que Trump capturó a Maduro, el Papa León dijo, en la Plaza de San Pedro: “El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y cada uno, y trabajando para construir juntos un futuro sereno de colaboración, estabilidad y concordia, con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica.
Cincuenta años están a la vuelta de la esquina del tiempo, sin embargo, en la memoria de muchas personas los sucesos de hace cinco décadas parecen muy lejanos, y para las generaciones jóvenes la distancia aumenta con el desconocimiento de lo sucedido, de los personajes y de las circunstancias que se vivían. Hace cincuenta años, el 1 de enero de 1976 fue creada la Vicaría de la Solidaridad, como una respuesta de la Iglesia a las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura (1973 – 1990). Con el pasar del tiempo, para muchos todo eso es como una nebulosa lejana -a veces intencionalmente olvidada-, pero lo que está fuera de discusión es que con el golpe de estado comenzó en Chile un período de violaciones a los derechos humanos con un largo sufrimiento para todo el país, especialmente para los que padecían directamente la persecución por sus opciones políticas. En esa situación de atropello a la dignidad de las personas, el arzobispo de Santiago, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, tuvo la inspiración y la valentía de crear la Vicaría de la Solidaridad como un organismo de la Iglesia para la defensa de la vida y promoción de la justicia frente a la represión estatal, dando asistencia jurídica, social y atención pastoral, a las víctimas de la persecución política y detenciones arbitrarias, torturas, exilio y desapariciones. Como en muchas ocasiones dijo el Cardenal Silva Henríquez, “tenemos que seguir la huella del buen samaritano que no pasó de largo frente al herido en el camino”. La Vicaría de la Solidaridad era el rostro de una Iglesia samaritana que acogía, acompañaba y asistía a quienes sufrían violaciones en su dignidad, así como una permanente interpelación a la conciencia del país acerca del respeto que merece toda persona, y un referente ético nacional e internacional de la dignidad de todos los seres humanos. Muchas personas, en esos años de dictadura, no comprendían la misión de la Iglesia en la defensa de los perseguidos y promoción de los derechos humanos de todos los chilenos. Pero para los pastores de la Iglesia no había dudas ni vacilaciones en la misión a realizar, porque la dignidad de toda persona es una dimensión constitutiva de la fe en el Señor Jesús, pues Él es Dios hecho hombre para restablecer a todo ser humano en su plena dignidad de hijo o hija de Dios. En Punta Arenas, como en el resto del país, esta acción eclesial en defensa de la dignidad de las personas comenzó inmediatamente después del golpe de estado, al conocerse los primeros casos de detenciones arbitrarias, torturas, y traslado de prisioneros políticos a la isla Dawson, constituyéndose en octubre de 1973 el Comité Pro Paz, presidido por el P. Alejandro Goic junto a pastores de otras Iglesia cristianas. Luego, con el Padre Obispo Tomás González, esta acción se realizó desde el Departamento de Pastoral de Derechos Humanos del Obispado de Punta Arenas, a través de un equipo de hombres y mujeres que asumieron esta misión eclesial y humanitaria. Con el retorno a la democracia, la Vicaría de la Solidaridad terminó sus funciones, y muchas de sus tareas fueron asumidas por la Pastoral Social en cada diócesis. El Arzobispado de Santiago creó la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad, que custodia la documentación del trabajo de la Vicaría de la Solidaridad y de su antecesor, el Comité Pro Paz. Este archivo es un testimonio privilegiado de esa época y un insumo importante en los procesos de violaciones de derechos humanos que aún están en curso. También, esa documentación ha sido declarada por la Unesco como parte de la Memoria de la Humanidad. Durante este año se realizarán diversos actos conmemorativos de la creación de la Vicaría de la Solidaridad, algunos ya han tenido lugar en Santiago, en uno de ellos el arzobispo de Santiago, el Cardenal Fernando Chomalí, señaló: “Nunca voy a poder comprender en su cabalidad lo que significó esa época. Nunca voy a poder entender el dolor, la indignación, la impotencia. Es un dolor que traspasa el alma, que nunca vamos a entender y con el cual tenemos que ser tremendamente respetuosos. Y tal vez, si hay un cuidado que tenemos que tener hoy, es no frivolizar esta situación, ni minimizarla, ni superficializarla. Es un tema hondo que toca las raíces mismas de una sociedad, porque se violenta lo más sólido y sagrado que tiene todo ser humano: su dignidad”. Acá, en Punta Arenas, realizaremos la conmemoración de la creación de la Vicaría de la Solidaridad y del trabajo realizado en nuestra diócesis austral en el mes de agosto, cuando cada año celebramos el “Mes de la Solidaridad”. 11 enero 2026