A las 00:00 horas de este jueves 1 de enero de 2026 llegó al mundo Yael Jeremías, quien se convierte así en el primer nacido de este año 2026. Su llegada al mundo ocurrió en el Hospital Guillermo Grant de Concepción, tras una cesárea de urgencia por preeclampsia, pesando 3.850 gr. y con una talla 49 cm, en muy buenas condiciones según se informó desde el hospital pese a las complicaciones tras las cuales su madre debió ser trasladada a la Unidad de cuidados medios de Maternidad. El segundo nacimiento fue a las 00:33 tras un parto normal, tratándose de un bebé masculino de nombre Jonathan, quien presentó un peso 3.690 kg y midió 49 cm. Tanto él como su madre están en buenas condiciones junto a su mamá. Pocas horas después, a las 2:03 horas, nació otro bebé según se reportó desde el Hospital Las Higueras de Talcahuano, tratándose de un varón de 3.685 de peso y 50 centímetros de talla. Según se reportó, también se encuentra en buenas condiciones junto a su madre. BiobioChile
Por María Gabriela Huidobro, historiadora y académica de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales UNAB. La noticia del Nobel de la Paz para María Corina Machado sorprendió al mundo y alegró a muchos, en especial, en América Latina. El resultado, así como la reacción de ella al enterarse y comentar que su lucha no era personal, sino colectiva, nos recuerda que detrás de cada galardón hay mucho más que una acción específica o un logro individual. Un Nobel no es tanto una fotografía instantánea del mérito, cuanto un espejo de cada época, de cada momento histórico y de sus respectivas escalas de valor, siempre determinadas por sus propias circunstancias. Alfred Nobel lo imaginó como un reconocimiento a quienes hayan hecho un beneficio a la humanidad. Sin embargo, lo que la sociedad de cada época entiende por “beneficio” también es subjetivo y cambia con el tiempo. En el fondo, los premios hablan tanto de las obras como de los contextos que las consagran. Así, en los años post guerras mundiales, la Academia privilegió la literatura del desarraigo y las voces por la paz, como la de la misma Gabriela Mistral, que lo recibió en el icónico año de 1945; en los sesenta, se reconocieron las escrituras que dialogaban con las tensiones políticas y sociales subyacentes a la Guerra Fría; en los setenta, a aquellas que surgían de esas problemáticas, como la del mismo Neruda; y en los últimos años, se ha apostado por voces que dan visibilidad a identidades, lenguas y experiencias históricamente excluidas. En esa línea, la presencia de las mujeres como galardonadas ha sido escasa, pero decisiva y simbólica. Aunque se la recuerde poco, una de las figuras que incidió en el mismísimo Alfred Nobel fue Bertha von Suttner, autora del libro Abajo las armas, quien recibió el galardón en la categoría de Paz en 1905. Marie Curie, por su parte, fue la primera mujer premiada, cuando en 1903 ganó el Nobel de Física, y volvió a ganarlo en 1911, en Química: es la única persona que ha triunfado en dos disciplinas científicas distintas. Su hija, Irène siguió sus pasos y también obtuvo el Nobel, en 1935. En literatura, Gabriela Mistral fue la primera latinoamericana en recibirlo, y Malala Yousafzai, con apenas diecisiete años, la más joven en toda la historia. Ambas provenían de contextos recluidos y se abrieron camino a nivel mundial. Cada una encarna no solo un logro personal, sino un gesto político y cultural: demostraron que el conocimiento y la palabra pueden romper barreras a través de la acción cotidiana, convencida y comprometida. No obstante, en total y desde que este premio se creara en 1901, menos del siete por ciento de los Nobel han sido otorgados a mujeres. La cifra revela una persistente desigualdad en los espacios donde se decide quién merece ser recordado. Pero también muestra que, cuando esas voces irrumpen, lo hacen para transformar el sentido mismo de este histórico reconocimiento. En este sentido, los Nobel no sólo celebran talentos ni constituyen sólo un trofeo: son, más bien, un gesto que consagra perspectivas, identidades, geografías y lenguajes. En perspectiva histórica son, a fin de cuentas, radiografías de poder cultural, y en ellas, cada exclusión y elección pueden decirnos tanto como las personas y obras mismas que han sido consideradas para su premiación.
A las 00:00 horas de este jueves 1 de enero de 2026 llegó al mundo Yael Jeremías, quien se convierte así en el primer nacido de este año 2026. Su llegada al mundo ocurrió en el Hospital Guillermo Grant de Concepción, tras una cesárea de urgencia por preeclampsia, pesando 3.850 gr. y con una talla 49 cm, en muy buenas condiciones según se informó desde el hospital pese a las complicaciones tras las cuales su madre debió ser trasladada a la Unidad de cuidados medios de Maternidad. El segundo nacimiento fue a las 00:33 tras un parto normal, tratándose de un bebé masculino de nombre Jonathan, quien presentó un peso 3.690 kg y midió 49 cm. Tanto él como su madre están en buenas condiciones junto a su mamá. Pocas horas después, a las 2:03 horas, nació otro bebé según se reportó desde el Hospital Las Higueras de Talcahuano, tratándose de un varón de 3.685 de peso y 50 centímetros de talla. Según se reportó, también se encuentra en buenas condiciones junto a su madre. BiobioChile
Por María Gabriela Huidobro, historiadora y académica de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales UNAB. La noticia del Nobel de la Paz para María Corina Machado sorprendió al mundo y alegró a muchos, en especial, en América Latina. El resultado, así como la reacción de ella al enterarse y comentar que su lucha no era personal, sino colectiva, nos recuerda que detrás de cada galardón hay mucho más que una acción específica o un logro individual. Un Nobel no es tanto una fotografía instantánea del mérito, cuanto un espejo de cada época, de cada momento histórico y de sus respectivas escalas de valor, siempre determinadas por sus propias circunstancias. Alfred Nobel lo imaginó como un reconocimiento a quienes hayan hecho un beneficio a la humanidad. Sin embargo, lo que la sociedad de cada época entiende por “beneficio” también es subjetivo y cambia con el tiempo. En el fondo, los premios hablan tanto de las obras como de los contextos que las consagran. Así, en los años post guerras mundiales, la Academia privilegió la literatura del desarraigo y las voces por la paz, como la de la misma Gabriela Mistral, que lo recibió en el icónico año de 1945; en los sesenta, se reconocieron las escrituras que dialogaban con las tensiones políticas y sociales subyacentes a la Guerra Fría; en los setenta, a aquellas que surgían de esas problemáticas, como la del mismo Neruda; y en los últimos años, se ha apostado por voces que dan visibilidad a identidades, lenguas y experiencias históricamente excluidas. En esa línea, la presencia de las mujeres como galardonadas ha sido escasa, pero decisiva y simbólica. Aunque se la recuerde poco, una de las figuras que incidió en el mismísimo Alfred Nobel fue Bertha von Suttner, autora del libro Abajo las armas, quien recibió el galardón en la categoría de Paz en 1905. Marie Curie, por su parte, fue la primera mujer premiada, cuando en 1903 ganó el Nobel de Física, y volvió a ganarlo en 1911, en Química: es la única persona que ha triunfado en dos disciplinas científicas distintas. Su hija, Irène siguió sus pasos y también obtuvo el Nobel, en 1935. En literatura, Gabriela Mistral fue la primera latinoamericana en recibirlo, y Malala Yousafzai, con apenas diecisiete años, la más joven en toda la historia. Ambas provenían de contextos recluidos y se abrieron camino a nivel mundial. Cada una encarna no solo un logro personal, sino un gesto político y cultural: demostraron que el conocimiento y la palabra pueden romper barreras a través de la acción cotidiana, convencida y comprometida. No obstante, en total y desde que este premio se creara en 1901, menos del siete por ciento de los Nobel han sido otorgados a mujeres. La cifra revela una persistente desigualdad en los espacios donde se decide quién merece ser recordado. Pero también muestra que, cuando esas voces irrumpen, lo hacen para transformar el sentido mismo de este histórico reconocimiento. En este sentido, los Nobel no sólo celebran talentos ni constituyen sólo un trofeo: son, más bien, un gesto que consagra perspectivas, identidades, geografías y lenguajes. En perspectiva histórica son, a fin de cuentas, radiografías de poder cultural, y en ellas, cada exclusión y elección pueden decirnos tanto como las personas y obras mismas que han sido consideradas para su premiación.