Una investigación desarrollada por el Programa de Restauración de Ecosistemas Subantárticos de Rewilding Chile, en conjunto con especialistas de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile, determinó que las turberas de Cabo Froward almacenan, en promedio, 1.647 toneladas de carbono por hectárea, cifra que triplica el promedio registrado en los bosques del mismo sector, estimado en 536,2 toneladas por hectárea. El estudio, realizado en el Parque Nacional Cabo Froward, permitió cuantificar por primera vez la capacidad de almacenamiento de carbono de este ecosistema mediante trabajo de terreno, análisis de imágenes satelitales y estudios de laboratorio. La investigación también estableció que el área comprendida entre San Nicolás y Bahía Cordés posee más de 52 mil hectáreas de bosques y cerca de 53 mil hectáreas de turberas, las que en conjunto almacenan aproximadamente 115 millones de toneladas de carbono. El director del Laboratorio de Geomática y Ecología del Paisaje de la Universidad de Chile, Jaime Hernández, señaló que los resultados evidencian que las turberas patagónicas presentan niveles de almacenamiento de carbono comparables con ecosistemas tropicales. Por su parte, la directora de Conservación de Rewilding Chile, Ingrid Espinoza, indicó que estos ecosistemas cumplen un rol relevante en la mitigación del cambio climático, además de conservar biodiversidad y aportar información sobre la evolución ambiental del territorio. Para desarrollar la investigación, los equipos combinaron cartografía de alta resolución con dos expediciones a terreno, donde recolectaron muestras en más de 200 sitios para analizar el contenido de carbono presente en bosques y turberas. Los resultados formarán parte de una publicación científica actualmente en preparación. Paralelamente, Rewilding Chile continúa impulsando la creación de un parque nacional en Cabo Froward para fortalecer la protección de este ecosistema.
Se sabe que las turberas -formadas por capas y capas de materia orgánica muerta comprimida a lo largo de los siglos en condiciones de frío, humedad y falta de oxígeno- son grandes almacenadoras de carbono, pero poco se conoce de lo que realmente almacenan en el último rincón del continente americano: Cabo Froward, en la Península de Brunswick, región de Magallanes. Una investigación pionera realizada por el Programa de Restauración de Ecosistemas Subantárticos de Rewilding Chile, en colaboración con especialistas de la Universidad de Chile, cuantificó por primera vez el almacenamiento de carbono por las turberas de Cabo Froward. El resultado superó las expectativas: a partir de muestras recolectadas en terreno, se constató en laboratorio que guardan un promedio de 1.647 toneladas por hectárea, es decir, tres veces más que los bosques del mismo sector, que almacenan en promedio 536,2 toneladas por hectárea. “No hay ninguna duda de que las turberas ocupan el primer lugar entre todos los reservorios de carbono del mundo. Lo que no sabíamos es que, dentro del grupo, las turberas patagónicas superan en contenido a las turberas de climas templados del norte del país y que incluso se asemejan más a las que están presentes en ecosistemas tropicales, ya que estas almacenan cerca de 1.600 toneladas de carbono por hectárea”, explica Jaime Hernández, director del Laboratorio de Geomática y Ecología del Paisaje de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile. Hernández había investigado reservorios de carbono en todo el país, excepto las de Cabo Froward, que lo sorprendieron por su buen estado. “ Son ecosistemas completos, aún bastante salvajes. Están protegidas por la acumulación de agua y la misma microtopografía del sector, con poca intervención humana, a diferencia de otras zonas del país donde la explotación comercial del “pompón” ha estado permitida para la agricultura”, señala. En paralelo, la investigación caracterizó por primera vez la morfología de la cobertura vegetacional del área entre San Nicolás y Bahía Cordés, lo que abarca el parche terrestre continuo de la Península de Brunswick donde está Cabo Froward. La superficie está formada por poco más de 52.000 hectáreas de bosque y unas 53.000 hectáreas de turberas, con capacidad para acumular entre ambas 115 millones de toneladas de carbono, aproximadamente. “Estos hallazgos son relevantes porque nos confirman que los ecosistemas boscosos subantárticos son unos eficientes reservorios naturales de carbono y, por lo tanto, verdaderos tesoros para contrarrestar los efectos de la crisis climática. No solamente eso: albergan biodiversidad, contienen información sobre cómo era el ambiente hace miles de años y son fundamentales para mantener el equilibrio ambiental”, comenta Ingrid Espinoza, directora de Conservación de Rewilding Chile. Respecto a la metodología, se combinó cartografía de alta definición con trabajo de campo, lo que permitió determinar con exactitud cuánto carbono por unidad de volumen hay en un punto determinado, dato que hasta ahora no se conocía. El primer paso fue identificar y clasificar las coberturas vegetales presentes en el área mediante el análisis de imágenes satelitales. Tras ello, se realizaron dos expediciones para medir in situ la materia orgánica viva que está por encima del suelo y tomar muestras de suelo y turberas a distintas profundidades en más de 200 sitios definidos. Una vez reunido el material, se envió al Laboratorio Ventura Matte de la Universidad de Chile para establecer el porcentaje de carbono presente. Actualmente, el equipo de investigadores está finalizando una publicación científica sobre los resultados y la metodología utilizada. Para resguardar estos territorios únicos, Rewilding Chile impulsa junto al Estado Chileno la creación de un parque nacional en Cabo Froward. “Mientras que en otras regiones se lucha por restaurar ecosistemas degradados, aquí se conserva un sistema intacto que podría desempeñar un rol crucial en la mitigación del cambio climático y que por lo tanto urge proteger”, agrega Ingrid Espinoza. No es la primera vez que la fundación estudia el almacenamiento de carbono en la Patagonia. En 2019, en alianza con National Geographic Society, se calculó el almacenamiento de carbono de los 17 parques nacionales de la Ruta de los Parques de la Patagonia, determinando su relevancia como uno de los sumideros de carbono más ricos de Sudamérica.
En el extremo sur de Tierra del Fuego, donde las turberas resguardan miles de años de historia natural y enormes reservas de carbono y agua, guardaparques y especialistas se reunieron en el Parque Karukinka para desarrollar un taller local. Este fue un espacio destinado a reflexionar en torno a la conservación de dichos ecosistemas estratégicos para el planeta. La instancia se realizó en el marco del Acuerdo de Venecia (para saber más visita la página haciendo clic acá), un compromiso internacional suscrito en 2022 por científicos, pueblos originarios, artistas y custodios de distintos países para promover la protección de turberas desde una mirada territorial y colaborativa. En este contexto, los talleres desarrollados en distintos lugares del mundo, formarán parte de la Tercera Reunión Bianual del Acuerdo de Venecia, que culminará con un encuentro internacional en Kisumu, Kenia, en junio de este 2026. La iniciativa busca relevar la importancia de las acciones locales de protección de las turberas, entrelazando a sus custodios a través de sus conocimientos y experiencias, para ponerlas al servicio de la comunidad a escala global. Desde Chile, una de las experiencias destacadas es la del Parque Karukinka, administrado por WCS Chile, donde el equipo identificó amenazas, desafíos y oportunidades de conservación para las miles de hectáreas de turberas que hoy forman parte de los espacios protegidos de Tierra del Fuego. “Es importante saber cómo lo interpreta el equipo de guardaparques, cómo lo viven ellos y qué nuevas ideas van surgiendo desde la experiencia local del territorio para aportar insumos a estas declaraciones globales, que muchas veces no se sitúan en los lugares donde ocurren las cosas”, señaló Melissa Carmody, quien estuvo a cargo de facilitar el taller en Karukinka. Durante la jornada se incorporaron conocimientos territoriales y experiencias de conservación vinculadas a uno de los ecosistemas menos conocidos del planeta, pero también uno de los más relevantes para enfrentar el cambio climático. “Es parte de un compromiso que adquirieron diferentes organizaciones de distintas partes del mundo para proteger estos ecosistemas (turberas), que conforman solo el 3% de la superficie terrestre y almacenan más carbono que todos los bosques del mundo juntos”, explicó Rodrigo Munzenmayer, uno de los custodios en Tierra del Fuego. Las turberas son un tipo de humedal asociado a zonas de drenaje pobre, donde el agua fluye lentamente y la materia orgánica se acumula durante miles de años. Este proceso permite que almacenen grandes cantidades de carbono, convirtiéndolas en ecosistemas fundamentales para la regulación climática global. Actualmente, el Parque Karukinka protege más de 90 mil hectáreas de turberas, resguardadas desde 2015 bajo la figura de Áreas de Interés Científico para efectos mineros. En el territorio, equipos de guardaparques y científicos desarrollan monitoreos permanentes para comprender cómo responden estos humedales a distintas presiones ambientales. Además de su importancia climática, las turberas de Karukinka son hábitat de aves, mamíferos, invertebrados y numerosas especies vegetales. Asimismo, forman parte del territorio ancestral del pueblo Selk’nam, reforzando su relevancia ecológica, cultural y científica para Chile y el mundo. Los Selk’nam desarrollaron una profunda relación con el entorno natural fueguino, utilizando de manera sustentable los recursos disponibles para su alimentación, vestimenta y herramientas. Su conocimiento del territorio, su capacidad de adaptación y su cosmovisión, dan cuenta de una conexión indivisible entre las personas y todos los seres vivos, que hoy es relevada por WCS Chile y su experiencia en Karukinka. Finalmente, estas instancias buscan no solo fortalecer la reflexión y el intercambio de trayectorias, sino también recoger aprendizajes territoriales que puedan integrarse a las discusiones internacionales impulsadas por el Acuerdo de Venecia, promoviendo una visión descentralizada y colaborativa para la protección de estos humedales.
Las turberas cumplen una tarea silenciosa y decisiva para el planeta, ya que durante miles de años han almacenado carbono en sus suelos, evitando su liberación a la atmósfera y ayudando así a enfrentar la crisis climática. Su importancia es enorme. A escala global, se estima que almacenan cerca de un tercio del carbono presente en los suelos del planeta. En Chile, en tanto, guardan alrededor de 4,8 gigatoneladas de carbono, acumuladas durante más de 18 mil años. Pero su aporte no termina ahí. También cumplen un rol clave en la regulación del agua, ya que ayudan a reducir inundaciones, sequías e incluso la intrusión de aguas marinas. Por eso, más que paisajes remotos, las turberas son una infraestructura natural fundamental para el equilibrio climático y la protección del territorio. Presentes en distintas regiones del mundo y en variados paisajes, las turberas son ecosistemas de gran valor, pero también altamente frágiles. Cuando se degradan, dejan de cumplir su función protectora y comienzan a liberar el carbono que han retenido durante siglos. A nivel global, se estima que su deterioro genera cerca de 2.000 millones de toneladas de CO2 equivalente al año, lo que representa alrededor del 4% de las emisiones provocadas por la actividad humana. “Las turberas de Magallanes cumplen un rol fundamental no solo en la acumulación de carbono, sino que también en la regulación hídrica. Al derretirse la nieve acumulada durante el invierno, el agua queda retenida en las turberas, las que regulan el flujo y actúan como un filtro, permitiendo cargar nuestras principales fuentes de agua como la Reserva Nacional Laguna Parrillar, Reserva Nacional Magallanes o el Bien Nacional Protegido Río Róbalo. Es así como las principales ciudades en la región dependen de la conservación de las turberas para el abastecimiento de agua potable”, destacó el director regional del SBAP en Magallanes, Alejandro Fernández. Cómo Chile busca protegerlas En Chile, esa protección ha comenzado a fortalecerse. La Ley N° 21.660, sobre protección ambiental de las turberas, las reconoce como reservas estratégicas para enfrentar el cambio climático, regular el agua, conservar la biodiversidad y resguardar los múltiples beneficios que entregan a los ecosistemas y a las personas. Por eso, se prohíbe la extracción de turba (la materia orgánica vegetal parcialmente descompuesta que permanece bajo el musgo) en todo el país y permite únicamente el manejo sustentable del musgo Sphagnum magellanicum, conocido como pompón, bajo condiciones reguladas por el Estado. Es decir, el nuevo marco legal deja atrás una mirada centrada exclusivamente en el aprovechamiento del musgo y avanza hacia la protección de la turbera como ecosistema, de esta manera no constituirá alteración física de las turberas el manejo sustentable de la cubierta vegetal que se efectúe de acuerdo a un plan de manejo, conforme a lo establecido en dicha ley y su reglamento. Bajo ese escenario, el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) cumple un relevante rol en su resguardo. El SBAP entregará un informe favorable previo a la aprobación del plan de manejo por parte del SAG y, además, tendrá funciones de fiscalización y sanción en el cumplimiento de esta normativa, dentro del ámbito de sus competencias. Durante miles de años, las turberas han hecho en silencio un trabajo esencial para el planeta. Hoy, cuando la crisis climática exige respuestas urgentes, su protección es una de las formas más concretas de cuidar el clima, el agua y la vida en Chile y el planeta.
Una investigación desarrollada por el Programa de Restauración de Ecosistemas Subantárticos de Rewilding Chile, en conjunto con especialistas de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile, determinó que las turberas de Cabo Froward almacenan, en promedio, 1.647 toneladas de carbono por hectárea, cifra que triplica el promedio registrado en los bosques del mismo sector, estimado en 536,2 toneladas por hectárea. El estudio, realizado en el Parque Nacional Cabo Froward, permitió cuantificar por primera vez la capacidad de almacenamiento de carbono de este ecosistema mediante trabajo de terreno, análisis de imágenes satelitales y estudios de laboratorio. La investigación también estableció que el área comprendida entre San Nicolás y Bahía Cordés posee más de 52 mil hectáreas de bosques y cerca de 53 mil hectáreas de turberas, las que en conjunto almacenan aproximadamente 115 millones de toneladas de carbono. El director del Laboratorio de Geomática y Ecología del Paisaje de la Universidad de Chile, Jaime Hernández, señaló que los resultados evidencian que las turberas patagónicas presentan niveles de almacenamiento de carbono comparables con ecosistemas tropicales. Por su parte, la directora de Conservación de Rewilding Chile, Ingrid Espinoza, indicó que estos ecosistemas cumplen un rol relevante en la mitigación del cambio climático, además de conservar biodiversidad y aportar información sobre la evolución ambiental del territorio. Para desarrollar la investigación, los equipos combinaron cartografía de alta resolución con dos expediciones a terreno, donde recolectaron muestras en más de 200 sitios para analizar el contenido de carbono presente en bosques y turberas. Los resultados formarán parte de una publicación científica actualmente en preparación. Paralelamente, Rewilding Chile continúa impulsando la creación de un parque nacional en Cabo Froward para fortalecer la protección de este ecosistema.
Se sabe que las turberas -formadas por capas y capas de materia orgánica muerta comprimida a lo largo de los siglos en condiciones de frío, humedad y falta de oxígeno- son grandes almacenadoras de carbono, pero poco se conoce de lo que realmente almacenan en el último rincón del continente americano: Cabo Froward, en la Península de Brunswick, región de Magallanes. Una investigación pionera realizada por el Programa de Restauración de Ecosistemas Subantárticos de Rewilding Chile, en colaboración con especialistas de la Universidad de Chile, cuantificó por primera vez el almacenamiento de carbono por las turberas de Cabo Froward. El resultado superó las expectativas: a partir de muestras recolectadas en terreno, se constató en laboratorio que guardan un promedio de 1.647 toneladas por hectárea, es decir, tres veces más que los bosques del mismo sector, que almacenan en promedio 536,2 toneladas por hectárea. “No hay ninguna duda de que las turberas ocupan el primer lugar entre todos los reservorios de carbono del mundo. Lo que no sabíamos es que, dentro del grupo, las turberas patagónicas superan en contenido a las turberas de climas templados del norte del país y que incluso se asemejan más a las que están presentes en ecosistemas tropicales, ya que estas almacenan cerca de 1.600 toneladas de carbono por hectárea”, explica Jaime Hernández, director del Laboratorio de Geomática y Ecología del Paisaje de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile. Hernández había investigado reservorios de carbono en todo el país, excepto las de Cabo Froward, que lo sorprendieron por su buen estado. “ Son ecosistemas completos, aún bastante salvajes. Están protegidas por la acumulación de agua y la misma microtopografía del sector, con poca intervención humana, a diferencia de otras zonas del país donde la explotación comercial del “pompón” ha estado permitida para la agricultura”, señala. En paralelo, la investigación caracterizó por primera vez la morfología de la cobertura vegetacional del área entre San Nicolás y Bahía Cordés, lo que abarca el parche terrestre continuo de la Península de Brunswick donde está Cabo Froward. La superficie está formada por poco más de 52.000 hectáreas de bosque y unas 53.000 hectáreas de turberas, con capacidad para acumular entre ambas 115 millones de toneladas de carbono, aproximadamente. “Estos hallazgos son relevantes porque nos confirman que los ecosistemas boscosos subantárticos son unos eficientes reservorios naturales de carbono y, por lo tanto, verdaderos tesoros para contrarrestar los efectos de la crisis climática. No solamente eso: albergan biodiversidad, contienen información sobre cómo era el ambiente hace miles de años y son fundamentales para mantener el equilibrio ambiental”, comenta Ingrid Espinoza, directora de Conservación de Rewilding Chile. Respecto a la metodología, se combinó cartografía de alta definición con trabajo de campo, lo que permitió determinar con exactitud cuánto carbono por unidad de volumen hay en un punto determinado, dato que hasta ahora no se conocía. El primer paso fue identificar y clasificar las coberturas vegetales presentes en el área mediante el análisis de imágenes satelitales. Tras ello, se realizaron dos expediciones para medir in situ la materia orgánica viva que está por encima del suelo y tomar muestras de suelo y turberas a distintas profundidades en más de 200 sitios definidos. Una vez reunido el material, se envió al Laboratorio Ventura Matte de la Universidad de Chile para establecer el porcentaje de carbono presente. Actualmente, el equipo de investigadores está finalizando una publicación científica sobre los resultados y la metodología utilizada. Para resguardar estos territorios únicos, Rewilding Chile impulsa junto al Estado Chileno la creación de un parque nacional en Cabo Froward. “Mientras que en otras regiones se lucha por restaurar ecosistemas degradados, aquí se conserva un sistema intacto que podría desempeñar un rol crucial en la mitigación del cambio climático y que por lo tanto urge proteger”, agrega Ingrid Espinoza. No es la primera vez que la fundación estudia el almacenamiento de carbono en la Patagonia. En 2019, en alianza con National Geographic Society, se calculó el almacenamiento de carbono de los 17 parques nacionales de la Ruta de los Parques de la Patagonia, determinando su relevancia como uno de los sumideros de carbono más ricos de Sudamérica.
En el extremo sur de Tierra del Fuego, donde las turberas resguardan miles de años de historia natural y enormes reservas de carbono y agua, guardaparques y especialistas se reunieron en el Parque Karukinka para desarrollar un taller local. Este fue un espacio destinado a reflexionar en torno a la conservación de dichos ecosistemas estratégicos para el planeta. La instancia se realizó en el marco del Acuerdo de Venecia (para saber más visita la página haciendo clic acá), un compromiso internacional suscrito en 2022 por científicos, pueblos originarios, artistas y custodios de distintos países para promover la protección de turberas desde una mirada territorial y colaborativa. En este contexto, los talleres desarrollados en distintos lugares del mundo, formarán parte de la Tercera Reunión Bianual del Acuerdo de Venecia, que culminará con un encuentro internacional en Kisumu, Kenia, en junio de este 2026. La iniciativa busca relevar la importancia de las acciones locales de protección de las turberas, entrelazando a sus custodios a través de sus conocimientos y experiencias, para ponerlas al servicio de la comunidad a escala global. Desde Chile, una de las experiencias destacadas es la del Parque Karukinka, administrado por WCS Chile, donde el equipo identificó amenazas, desafíos y oportunidades de conservación para las miles de hectáreas de turberas que hoy forman parte de los espacios protegidos de Tierra del Fuego. “Es importante saber cómo lo interpreta el equipo de guardaparques, cómo lo viven ellos y qué nuevas ideas van surgiendo desde la experiencia local del territorio para aportar insumos a estas declaraciones globales, que muchas veces no se sitúan en los lugares donde ocurren las cosas”, señaló Melissa Carmody, quien estuvo a cargo de facilitar el taller en Karukinka. Durante la jornada se incorporaron conocimientos territoriales y experiencias de conservación vinculadas a uno de los ecosistemas menos conocidos del planeta, pero también uno de los más relevantes para enfrentar el cambio climático. “Es parte de un compromiso que adquirieron diferentes organizaciones de distintas partes del mundo para proteger estos ecosistemas (turberas), que conforman solo el 3% de la superficie terrestre y almacenan más carbono que todos los bosques del mundo juntos”, explicó Rodrigo Munzenmayer, uno de los custodios en Tierra del Fuego. Las turberas son un tipo de humedal asociado a zonas de drenaje pobre, donde el agua fluye lentamente y la materia orgánica se acumula durante miles de años. Este proceso permite que almacenen grandes cantidades de carbono, convirtiéndolas en ecosistemas fundamentales para la regulación climática global. Actualmente, el Parque Karukinka protege más de 90 mil hectáreas de turberas, resguardadas desde 2015 bajo la figura de Áreas de Interés Científico para efectos mineros. En el territorio, equipos de guardaparques y científicos desarrollan monitoreos permanentes para comprender cómo responden estos humedales a distintas presiones ambientales. Además de su importancia climática, las turberas de Karukinka son hábitat de aves, mamíferos, invertebrados y numerosas especies vegetales. Asimismo, forman parte del territorio ancestral del pueblo Selk’nam, reforzando su relevancia ecológica, cultural y científica para Chile y el mundo. Los Selk’nam desarrollaron una profunda relación con el entorno natural fueguino, utilizando de manera sustentable los recursos disponibles para su alimentación, vestimenta y herramientas. Su conocimiento del territorio, su capacidad de adaptación y su cosmovisión, dan cuenta de una conexión indivisible entre las personas y todos los seres vivos, que hoy es relevada por WCS Chile y su experiencia en Karukinka. Finalmente, estas instancias buscan no solo fortalecer la reflexión y el intercambio de trayectorias, sino también recoger aprendizajes territoriales que puedan integrarse a las discusiones internacionales impulsadas por el Acuerdo de Venecia, promoviendo una visión descentralizada y colaborativa para la protección de estos humedales.
Las turberas cumplen una tarea silenciosa y decisiva para el planeta, ya que durante miles de años han almacenado carbono en sus suelos, evitando su liberación a la atmósfera y ayudando así a enfrentar la crisis climática. Su importancia es enorme. A escala global, se estima que almacenan cerca de un tercio del carbono presente en los suelos del planeta. En Chile, en tanto, guardan alrededor de 4,8 gigatoneladas de carbono, acumuladas durante más de 18 mil años. Pero su aporte no termina ahí. También cumplen un rol clave en la regulación del agua, ya que ayudan a reducir inundaciones, sequías e incluso la intrusión de aguas marinas. Por eso, más que paisajes remotos, las turberas son una infraestructura natural fundamental para el equilibrio climático y la protección del territorio. Presentes en distintas regiones del mundo y en variados paisajes, las turberas son ecosistemas de gran valor, pero también altamente frágiles. Cuando se degradan, dejan de cumplir su función protectora y comienzan a liberar el carbono que han retenido durante siglos. A nivel global, se estima que su deterioro genera cerca de 2.000 millones de toneladas de CO2 equivalente al año, lo que representa alrededor del 4% de las emisiones provocadas por la actividad humana. “Las turberas de Magallanes cumplen un rol fundamental no solo en la acumulación de carbono, sino que también en la regulación hídrica. Al derretirse la nieve acumulada durante el invierno, el agua queda retenida en las turberas, las que regulan el flujo y actúan como un filtro, permitiendo cargar nuestras principales fuentes de agua como la Reserva Nacional Laguna Parrillar, Reserva Nacional Magallanes o el Bien Nacional Protegido Río Róbalo. Es así como las principales ciudades en la región dependen de la conservación de las turberas para el abastecimiento de agua potable”, destacó el director regional del SBAP en Magallanes, Alejandro Fernández. Cómo Chile busca protegerlas En Chile, esa protección ha comenzado a fortalecerse. La Ley N° 21.660, sobre protección ambiental de las turberas, las reconoce como reservas estratégicas para enfrentar el cambio climático, regular el agua, conservar la biodiversidad y resguardar los múltiples beneficios que entregan a los ecosistemas y a las personas. Por eso, se prohíbe la extracción de turba (la materia orgánica vegetal parcialmente descompuesta que permanece bajo el musgo) en todo el país y permite únicamente el manejo sustentable del musgo Sphagnum magellanicum, conocido como pompón, bajo condiciones reguladas por el Estado. Es decir, el nuevo marco legal deja atrás una mirada centrada exclusivamente en el aprovechamiento del musgo y avanza hacia la protección de la turbera como ecosistema, de esta manera no constituirá alteración física de las turberas el manejo sustentable de la cubierta vegetal que se efectúe de acuerdo a un plan de manejo, conforme a lo establecido en dicha ley y su reglamento. Bajo ese escenario, el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) cumple un relevante rol en su resguardo. El SBAP entregará un informe favorable previo a la aprobación del plan de manejo por parte del SAG y, además, tendrá funciones de fiscalización y sanción en el cumplimiento de esta normativa, dentro del ámbito de sus competencias. Durante miles de años, las turberas han hecho en silencio un trabajo esencial para el planeta. Hoy, cuando la crisis climática exige respuestas urgentes, su protección es una de las formas más concretas de cuidar el clima, el agua y la vida en Chile y el planeta.