Para muchas personas el fin de las vacaciones suele vivirse como un momento difícil, asociado a la sensación de un quiebre abrupto en el descanso y el retorno inmediato a la rutina laboral o académica. Sin embargo, este proceso no tiene que experimentarse como una pérdida repentina. Así lo señaló Felipe Rodríguez, académico de la Escuela de Psicología de la PUCV, quien planteó que el regreso puede abordarse como una transición gradual y consciente. Una de las principales recomendaciones, dijo, es evitar concebir el retorno como un corte tajante entre el periodo de descanso y la vida cotidiana. En lugar de pasar directamente del último día de vacaciones al ritmo habitual, el especialista sugiere anticipar el regreso retomando de forma progresiva algunos horarios y rutinas durante los días finales. Se pueden retomar gradualmente algunos horarios y rutinas en los últimos días, pero sin exigirnos una adaptación inmediata. Nuestro cuerpo y nuestra mente, no operan siempre de manera tajante, por lo que es importante permitirle algunos días de adaptación. Esto implica anticiparse, pero también evitar la autoexigencia excesiva los primeros días, explicó. En esa línea, el académico enfatizó que el reajuste toma tiempo y que experimentar cierta incomodidad inicial es completamente esperable. La adaptación no ocurre de manera inmediata, por lo que resulta clave evitar la autoexigencia y permitir que el proceso se desarrolle de forma paulatina. También indicó que otro aspecto relevante es dedicar un momento a reflexionar sobre aquellas experiencias que resultaron más reparadoras o nutritivas durante las vacaciones, porque quizás es posible extender sus efectos positivos en el tiempo. Creo que al momento de retornar es súper importante poder apoyarse en las redes, en las personas, generar espacios de autocuidado y volver a ciertos hábitos que ya estén. Si bien es cierto que las vacaciones efectivamente se terminan, podemos hacer que algunos de los efectos puedan extenderse en el tiempo, sobre todo si logramos integrar parte de lo vivido en el día a día. Por ejemplo, si fueron unas vacaciones en las cuales caminé más o en las cuales pude tener más comidas en familia o tener momentos de silencio y de lectura, señaló Felipe Rodríguez. Siguiendo estas recomendaciones, el regreso no tiene por qué significar volver exactamente a lo de antes. Por el contrario, concluyó el académico, puede transformarse en una oportunidad para reorganizar la rutina, hacernos conscientes de cuáles son nuestras propias necesidades, tratar de buscar maneras realistas de integrar cosas que hemos hecho y que pueden ser beneficiosas para nosotros. Creo que eso puede ayudar a enfrentar el término de las vacaciones de manera más amable, un poco más consciente con nosotros mismos y sobre todo que ayude a sostener y a generar mejor calidad de vida.
Durante las vacaciones, los niños y adolescentes disponen de más tiempo libre, y gran parte de ese tiempo suele destinarse a pantallas: videojuegos, redes sociales, series, películas o videos. Si bien la tecnología forma parte de la vida cotidiana, su uso excesivo puede afectar el descanso, la concentración y el desarrollo emocional. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los menores de 2 años no deberían exponerse a pantallas, mientras que entre los 2 y 5 años se recomienda un máximo de una hora diaria, idealmente dividida entre mañana y tarde. Desde los 6 años, el tiempo total no debiera superar las dos horas al día. “Las pantallas activas, como celulares o tablets, estimulan el sistema de recompensa del cerebro y liberan dopamina, lo que las hace más adictivas. Por eso, es importante acompañar y enseñar a los niños a usarlas de manera consciente”, explica Dra. Alejandra Hernández, neuróloga infantojuvenil de Clínica Universidad de los Andes. La especialista advierte que el uso desregulado puede provocar irritabilidad, alteraciones del sueño y dificultades atencionales, además de afectar el vínculo familiar. “Las pantallas no son un cuidador. Es responsabilidad de los adultos ofrecer experiencias que nutran el desarrollo y fortalezcan los lazos”, enfatiza. Recomendaciones para un uso saludable de pantallas Durante las vacaciones, el objetivo no es eliminar la tecnología, sino equilibrar su uso con juego, descanso y contacto social. La doctora entrega algunas claves: · Definir horarios claros y evitar su uso después de las 19:00 horas. · Acompañar y supervisar los contenidos a los que acceden los menores. · Evitar usar pantallas como método de regulación emocional. · No asociarlas a los tiempos de alimentación. · Fomentar el aburrimiento creativo, el juego libre y las actividades al aire libre. Un reciente estudio internacional reveló que niños y adolescentes que pasan más de cuatro horas diarias frente a pantallas presentan mayor riesgo de ansiedad, depresión y síntomas compatibles con trastorno de déficit atencional e hiperactividad. Durante las vacaciones, la pérdida de rutinas puede intensificar estos efectos. “Las vacaciones son una oportunidad para reconectar: leer juntos, cocinar, salir a caminar o simplemente conversar. Esas experiencias son las que construyen los recuerdos que los acompañarán toda la vida”, agrega la Dra. Hernández.
Muchos trabajadores no logran desconectarse durante sus periodos de descanso, un fenómeno conocido como “workaholism”. Expertos recomiendan establecer límites claros y una desconexión total desde el inicio de las vacaciones para prevenir el estrés, el síndrome de burnout y el desgaste en las relaciones personales. Aunque las vacaciones prometen descanso y desconexión, muchas personas no logran desligarse de sus obligaciones laborales. Esta dificultad refleja un fenómeno creciente conocido como workaholism, o adicción al trabajo, que convierte incluso los periodos de descanso en una extensión de la rutina laboral y puede afectar la salud física, emocional y social. Según explicó Felipe Bravo, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad UNIACC, “es completamente normal tener pensamientos sobre el trabajo durante el descanso, así como pensamos en temas personales mientras trabajamos”. El problema surge cuando estos pensamientos interfieren con nuestra capacidad de recuperación y descanso efectivo; en ese punto, estamos hablando de adicción al trabajo o workaholism, como se ha acuñado en la literatura científica”. El especialista explicó que este fenómeno se manifiesta de distintas formas. Por un lado, está la compulsión al trabajo: “esa necesidad imperiosa de atender asuntos laborales, revisar correos o avanzar en tareas pendientes durante momentos de descanso o vacaciones”. Por otro, surgen pensamientos intrusivos como “¿me estaré perdiendo de algo importante?” o “¿qué pasará si hay una urgencia y no estoy disponible?”, que impiden una desconexión real. Bravo detalló que ciertos rasgos de personalidad aumentan la vulnerabilidad a esta adicción. “Personas con características más controladoras o con alta necesidad de validación externa son más propensas a no desconectarse. Cuando la autoestima depende del desempeño laboral, descansar puede sentirse como una pérdida de identidad”, señaló. Además, añadió que “la internalización de una cultura del presentismo genera culpa cuando intentamos establecer límites saludables. Y en un contexto de inseguridad laboral, desconectarse completamente puede percibirse como un riesgo”. El docente de la UNIACC enfatizó que los líderes tienen un papel clave: “Las organizaciones y sus jefaturas deben dar el ejemplo y evitar mensajes contradictorios. Muchas veces la política formal fomenta la desconexión, pero la cultura informal la sabotea, premiando a quienes trabajan más allá de lo acordado”. Para facilitar un descanso efectivo, recomendó normar el uso de medios de comunicación: “Es crucial acordar previamente qué constituye una urgencia y cómo se contactará a la persona en casos excepcionales, por ejemplo, solo mediante llamada telefónica y después de agotar cualquier otra alternativa para evitar contactar a la persona”. Establecer reglas claras sobre correo electrónico y WhatsApp es fundamental. En Chile contamos con el derecho a la desconexión, que las organizaciones deben respetar activamente”. En este sentido, advirtió que “la falta de desconexión puede conducir al síndrome de burnout, caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal. También se asocia con estrés crónico y efectos en la salud física, incluyendo trastornos del sueño, problemas cardiovasculares y deterioro del sistema inmunológico”. Además, aseguró que “también se pierde gradualmente el vínculo con la familia, amistades y comunidad, porque invertir toda la energía en el trabajo nos deja aislados cuando más necesitamos apoyo”. Entre los comportamientos que evidencian la dificultad para desconectarse, el psicólogo laboral destacó que están “revisar constantemente el teléfono, responder mensajes laborales rápidamente y mantener conversaciones centradas en el trabajo durante las vacaciones”. Para combatirlo, el académico sugiere marcar el inicio del descanso con acciones concretas: activar mensajes automáticos, informar a colegas y delegar responsabilidades. Sobre la forma más adecuada de enfrentar el descanso, Bravo es categórico: “Definitivamente recomiendo una desconexión total desde el inicio, marcando claramente el comienzo de las vacaciones. Intentar una transición progresiva —revisando ocasionalmente correos o manteniéndose parcialmente disponible— tiene efectos contraproducentes”. El especialista concluyó que “un descanso real requiere un distanciamiento psicológico genuino del trabajo. Establecer límites claros desde el primer día y confiar en los acuerdos previos permite recuperar energía y garantizar un descanso efectivo”.
Para muchas personas el fin de las vacaciones suele vivirse como un momento difícil, asociado a la sensación de un quiebre abrupto en el descanso y el retorno inmediato a la rutina laboral o académica. Sin embargo, este proceso no tiene que experimentarse como una pérdida repentina. Así lo señaló Felipe Rodríguez, académico de la Escuela de Psicología de la PUCV, quien planteó que el regreso puede abordarse como una transición gradual y consciente. Una de las principales recomendaciones, dijo, es evitar concebir el retorno como un corte tajante entre el periodo de descanso y la vida cotidiana. En lugar de pasar directamente del último día de vacaciones al ritmo habitual, el especialista sugiere anticipar el regreso retomando de forma progresiva algunos horarios y rutinas durante los días finales. Se pueden retomar gradualmente algunos horarios y rutinas en los últimos días, pero sin exigirnos una adaptación inmediata. Nuestro cuerpo y nuestra mente, no operan siempre de manera tajante, por lo que es importante permitirle algunos días de adaptación. Esto implica anticiparse, pero también evitar la autoexigencia excesiva los primeros días, explicó. En esa línea, el académico enfatizó que el reajuste toma tiempo y que experimentar cierta incomodidad inicial es completamente esperable. La adaptación no ocurre de manera inmediata, por lo que resulta clave evitar la autoexigencia y permitir que el proceso se desarrolle de forma paulatina. También indicó que otro aspecto relevante es dedicar un momento a reflexionar sobre aquellas experiencias que resultaron más reparadoras o nutritivas durante las vacaciones, porque quizás es posible extender sus efectos positivos en el tiempo. Creo que al momento de retornar es súper importante poder apoyarse en las redes, en las personas, generar espacios de autocuidado y volver a ciertos hábitos que ya estén. Si bien es cierto que las vacaciones efectivamente se terminan, podemos hacer que algunos de los efectos puedan extenderse en el tiempo, sobre todo si logramos integrar parte de lo vivido en el día a día. Por ejemplo, si fueron unas vacaciones en las cuales caminé más o en las cuales pude tener más comidas en familia o tener momentos de silencio y de lectura, señaló Felipe Rodríguez. Siguiendo estas recomendaciones, el regreso no tiene por qué significar volver exactamente a lo de antes. Por el contrario, concluyó el académico, puede transformarse en una oportunidad para reorganizar la rutina, hacernos conscientes de cuáles son nuestras propias necesidades, tratar de buscar maneras realistas de integrar cosas que hemos hecho y que pueden ser beneficiosas para nosotros. Creo que eso puede ayudar a enfrentar el término de las vacaciones de manera más amable, un poco más consciente con nosotros mismos y sobre todo que ayude a sostener y a generar mejor calidad de vida.
Durante las vacaciones, los niños y adolescentes disponen de más tiempo libre, y gran parte de ese tiempo suele destinarse a pantallas: videojuegos, redes sociales, series, películas o videos. Si bien la tecnología forma parte de la vida cotidiana, su uso excesivo puede afectar el descanso, la concentración y el desarrollo emocional. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los menores de 2 años no deberían exponerse a pantallas, mientras que entre los 2 y 5 años se recomienda un máximo de una hora diaria, idealmente dividida entre mañana y tarde. Desde los 6 años, el tiempo total no debiera superar las dos horas al día. “Las pantallas activas, como celulares o tablets, estimulan el sistema de recompensa del cerebro y liberan dopamina, lo que las hace más adictivas. Por eso, es importante acompañar y enseñar a los niños a usarlas de manera consciente”, explica Dra. Alejandra Hernández, neuróloga infantojuvenil de Clínica Universidad de los Andes. La especialista advierte que el uso desregulado puede provocar irritabilidad, alteraciones del sueño y dificultades atencionales, además de afectar el vínculo familiar. “Las pantallas no son un cuidador. Es responsabilidad de los adultos ofrecer experiencias que nutran el desarrollo y fortalezcan los lazos”, enfatiza. Recomendaciones para un uso saludable de pantallas Durante las vacaciones, el objetivo no es eliminar la tecnología, sino equilibrar su uso con juego, descanso y contacto social. La doctora entrega algunas claves: · Definir horarios claros y evitar su uso después de las 19:00 horas. · Acompañar y supervisar los contenidos a los que acceden los menores. · Evitar usar pantallas como método de regulación emocional. · No asociarlas a los tiempos de alimentación. · Fomentar el aburrimiento creativo, el juego libre y las actividades al aire libre. Un reciente estudio internacional reveló que niños y adolescentes que pasan más de cuatro horas diarias frente a pantallas presentan mayor riesgo de ansiedad, depresión y síntomas compatibles con trastorno de déficit atencional e hiperactividad. Durante las vacaciones, la pérdida de rutinas puede intensificar estos efectos. “Las vacaciones son una oportunidad para reconectar: leer juntos, cocinar, salir a caminar o simplemente conversar. Esas experiencias son las que construyen los recuerdos que los acompañarán toda la vida”, agrega la Dra. Hernández.
Muchos trabajadores no logran desconectarse durante sus periodos de descanso, un fenómeno conocido como “workaholism”. Expertos recomiendan establecer límites claros y una desconexión total desde el inicio de las vacaciones para prevenir el estrés, el síndrome de burnout y el desgaste en las relaciones personales. Aunque las vacaciones prometen descanso y desconexión, muchas personas no logran desligarse de sus obligaciones laborales. Esta dificultad refleja un fenómeno creciente conocido como workaholism, o adicción al trabajo, que convierte incluso los periodos de descanso en una extensión de la rutina laboral y puede afectar la salud física, emocional y social. Según explicó Felipe Bravo, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad UNIACC, “es completamente normal tener pensamientos sobre el trabajo durante el descanso, así como pensamos en temas personales mientras trabajamos”. El problema surge cuando estos pensamientos interfieren con nuestra capacidad de recuperación y descanso efectivo; en ese punto, estamos hablando de adicción al trabajo o workaholism, como se ha acuñado en la literatura científica”. El especialista explicó que este fenómeno se manifiesta de distintas formas. Por un lado, está la compulsión al trabajo: “esa necesidad imperiosa de atender asuntos laborales, revisar correos o avanzar en tareas pendientes durante momentos de descanso o vacaciones”. Por otro, surgen pensamientos intrusivos como “¿me estaré perdiendo de algo importante?” o “¿qué pasará si hay una urgencia y no estoy disponible?”, que impiden una desconexión real. Bravo detalló que ciertos rasgos de personalidad aumentan la vulnerabilidad a esta adicción. “Personas con características más controladoras o con alta necesidad de validación externa son más propensas a no desconectarse. Cuando la autoestima depende del desempeño laboral, descansar puede sentirse como una pérdida de identidad”, señaló. Además, añadió que “la internalización de una cultura del presentismo genera culpa cuando intentamos establecer límites saludables. Y en un contexto de inseguridad laboral, desconectarse completamente puede percibirse como un riesgo”. El docente de la UNIACC enfatizó que los líderes tienen un papel clave: “Las organizaciones y sus jefaturas deben dar el ejemplo y evitar mensajes contradictorios. Muchas veces la política formal fomenta la desconexión, pero la cultura informal la sabotea, premiando a quienes trabajan más allá de lo acordado”. Para facilitar un descanso efectivo, recomendó normar el uso de medios de comunicación: “Es crucial acordar previamente qué constituye una urgencia y cómo se contactará a la persona en casos excepcionales, por ejemplo, solo mediante llamada telefónica y después de agotar cualquier otra alternativa para evitar contactar a la persona”. Establecer reglas claras sobre correo electrónico y WhatsApp es fundamental. En Chile contamos con el derecho a la desconexión, que las organizaciones deben respetar activamente”. En este sentido, advirtió que “la falta de desconexión puede conducir al síndrome de burnout, caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal. También se asocia con estrés crónico y efectos en la salud física, incluyendo trastornos del sueño, problemas cardiovasculares y deterioro del sistema inmunológico”. Además, aseguró que “también se pierde gradualmente el vínculo con la familia, amistades y comunidad, porque invertir toda la energía en el trabajo nos deja aislados cuando más necesitamos apoyo”. Entre los comportamientos que evidencian la dificultad para desconectarse, el psicólogo laboral destacó que están “revisar constantemente el teléfono, responder mensajes laborales rápidamente y mantener conversaciones centradas en el trabajo durante las vacaciones”. Para combatirlo, el académico sugiere marcar el inicio del descanso con acciones concretas: activar mensajes automáticos, informar a colegas y delegar responsabilidades. Sobre la forma más adecuada de enfrentar el descanso, Bravo es categórico: “Definitivamente recomiendo una desconexión total desde el inicio, marcando claramente el comienzo de las vacaciones. Intentar una transición progresiva —revisando ocasionalmente correos o manteniéndose parcialmente disponible— tiene efectos contraproducentes”. El especialista concluyó que “un descanso real requiere un distanciamiento psicológico genuino del trabajo. Establecer límites claros desde el primer día y confiar en los acuerdos previos permite recuperar energía y garantizar un descanso efectivo”.