Envejecer no siempre ocurre de forma gradual. De acuerdo con el estudio, existen al menos dos etapas críticas en las que el cuerpo humano presenta transformaciones biológicas más intensas: alrededor de los 44 años y nuevamente cerca de los 60. El análisis se realizó a partir del seguimiento prolongado de 108 adultos, a quienes se les tomaron muestras biológicas periódicas durante varios años, permitiendo examinar más de 135 mil características moleculares, entre ellas ARN, proteínas, lípidos y componentes del microbioma. Los resultados mostraron que cerca del 81% de las moléculas estudiadas presentaron cambios significativos en una o ambas etapas detectadas. En torno a los 44 años, las principales modificaciones se relacionaron con el metabolismo de lípidos, alcohol y cafeína, además de marcadores asociados a enfermedades cardiovasculares y alteraciones en piel y musculatura. En el segundo punto, cercano a los 60, los cambios se vincularon al metabolismo de carbohidratos y cafeína, función inmunológica y renal, junto con factores cardiovasculares. Si bien el primer periodo coincide con la etapa en que muchas mujeres atraviesan la perimenopausia o menopausia, el estudio observó patrones similares en hombres, lo que sugiere que existen otros factores biológicos involucrados. Los autores advierten que, pese a la relevancia de los hallazgos, se trata de una muestra acotada y será necesario ampliar las investigaciones para comprender con mayor precisión cómo estos cambios influyen en el riesgo de enfermedades asociadas al envejecimiento.
Por Álvaro Rondón, jefe de operación social Hogar de Cristo Magallanes. Luis Alberto López Rosas (78) murió como mueren muchas personas mayores cuando nadie está mirando: absolutamente solo. Cuando un equipo del Hogar de Cristo entró a su casa, ya no había posibilidad de nada. No es una frase retórica ni una exageración. Nadie había llegado antes. Luis nació en Talcahuano, en 1947. Fue cocinero casi toda su vida. Trabajó en eventos, aprendió el oficio en la Armada cuando era joven y sacó ahí su título. Cantaba boleros y siempre vestía con cuidado: camisa planchada, pantalón con la línea marcada. Nunca explicó por qué se arreglaba tanto, aunque hace poco supimos que tuvo cuatro hijos; tal vez esperaba que alguno apareciera. Así envejeció Luis en Punta Arenas: radio; a ratos, televisión; y el resto del día, ruido blanco. Horas y horas sin compartir lo que aún seguía siendo su vida. Y lo que parece una experiencia individual tiene escala país: en Chile, el 49,2% de las personas mayores vive en soledad y un 56% enfrenta alto riesgo de aislamiento social. No es dramatismo ni excepción: es rutina. En nuestra ciudad, más de 1.300 personas mayores viven en pobreza extrema y casi uno de cada diez está completamente solo. Luis era uno de ellos. Frente a ese número, la respuesta es mínima: desde el Hogar de Cristo alcanzamos a llegar apenas a 40 personas a través del Programa de Atención Domiciliaria para Personas Mayores, una intervención que entra a casas donde la dependencia avanzó más rápido que el Estado. Hablamos de un equipo pequeño —trabajadora social, técnica social y voluntarios— que recorre la ciudad todas las semanas. No es visita de cortesía. Es seguimiento, escucha, gestión concreta. Alimentos, pañales, artículos de higiene, apoyo emocional. Y algo básico, casi olvidado: presencia. La pregunta aparece sola: ¿qué pasa con el resto? En alguna otra casa, ahora mismo, una persona mayor enciende la radio y deja la televisión prendida para creer que hay alguien acompañándola, como Luis, que no esperaba un milagro, esperaba a alguien.
Envejecer no siempre ocurre de forma gradual. De acuerdo con el estudio, existen al menos dos etapas críticas en las que el cuerpo humano presenta transformaciones biológicas más intensas: alrededor de los 44 años y nuevamente cerca de los 60. El análisis se realizó a partir del seguimiento prolongado de 108 adultos, a quienes se les tomaron muestras biológicas periódicas durante varios años, permitiendo examinar más de 135 mil características moleculares, entre ellas ARN, proteínas, lípidos y componentes del microbioma. Los resultados mostraron que cerca del 81% de las moléculas estudiadas presentaron cambios significativos en una o ambas etapas detectadas. En torno a los 44 años, las principales modificaciones se relacionaron con el metabolismo de lípidos, alcohol y cafeína, además de marcadores asociados a enfermedades cardiovasculares y alteraciones en piel y musculatura. En el segundo punto, cercano a los 60, los cambios se vincularon al metabolismo de carbohidratos y cafeína, función inmunológica y renal, junto con factores cardiovasculares. Si bien el primer periodo coincide con la etapa en que muchas mujeres atraviesan la perimenopausia o menopausia, el estudio observó patrones similares en hombres, lo que sugiere que existen otros factores biológicos involucrados. Los autores advierten que, pese a la relevancia de los hallazgos, se trata de una muestra acotada y será necesario ampliar las investigaciones para comprender con mayor precisión cómo estos cambios influyen en el riesgo de enfermedades asociadas al envejecimiento.
Por Álvaro Rondón, jefe de operación social Hogar de Cristo Magallanes. Luis Alberto López Rosas (78) murió como mueren muchas personas mayores cuando nadie está mirando: absolutamente solo. Cuando un equipo del Hogar de Cristo entró a su casa, ya no había posibilidad de nada. No es una frase retórica ni una exageración. Nadie había llegado antes. Luis nació en Talcahuano, en 1947. Fue cocinero casi toda su vida. Trabajó en eventos, aprendió el oficio en la Armada cuando era joven y sacó ahí su título. Cantaba boleros y siempre vestía con cuidado: camisa planchada, pantalón con la línea marcada. Nunca explicó por qué se arreglaba tanto, aunque hace poco supimos que tuvo cuatro hijos; tal vez esperaba que alguno apareciera. Así envejeció Luis en Punta Arenas: radio; a ratos, televisión; y el resto del día, ruido blanco. Horas y horas sin compartir lo que aún seguía siendo su vida. Y lo que parece una experiencia individual tiene escala país: en Chile, el 49,2% de las personas mayores vive en soledad y un 56% enfrenta alto riesgo de aislamiento social. No es dramatismo ni excepción: es rutina. En nuestra ciudad, más de 1.300 personas mayores viven en pobreza extrema y casi uno de cada diez está completamente solo. Luis era uno de ellos. Frente a ese número, la respuesta es mínima: desde el Hogar de Cristo alcanzamos a llegar apenas a 40 personas a través del Programa de Atención Domiciliaria para Personas Mayores, una intervención que entra a casas donde la dependencia avanzó más rápido que el Estado. Hablamos de un equipo pequeño —trabajadora social, técnica social y voluntarios— que recorre la ciudad todas las semanas. No es visita de cortesía. Es seguimiento, escucha, gestión concreta. Alimentos, pañales, artículos de higiene, apoyo emocional. Y algo básico, casi olvidado: presencia. La pregunta aparece sola: ¿qué pasa con el resto? En alguna otra casa, ahora mismo, una persona mayor enciende la radio y deja la televisión prendida para creer que hay alguien acompañándola, como Luis, que no esperaba un milagro, esperaba a alguien.