1 de noviembre de 2026
COLUMNA DE OPINIÓN | AL ATARDECER DE LA VIDA NOS EXAMINARÁN DEL AMOR
Por: Marcos Buvinic

Cada año, en esta fecha, los cementerios están llenos de personas que visitan las tumbas de familiares y amigos difuntos. ¡Cuántos recuerdos agradecidos, cuánto respeto y cariño hacia los que partieron, también cuánta pena por su ausencia y, sobre todo, cuánta esperanza en la plenitud de vida de la resurrección que se manifiesta en la oración agradecida y en las flores sobre sus tumbas!
Hacemos esto porque necesitamos seguir amando a los que han partido y ese es un modo de expresarlo, pues como dice una antigua oración de la tradición cristiana: “la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, Tú nos regalas una morada eterna junto a Ti”.
Independientemente de las concepciones filosóficas o de las creencias religiosas que se tengan, lo cierto es que así como nacemos, todos nos enfrentamos al hecho de la muerte. Pero, pensar en la muerte -en la propia muerte o en la de otros- suscita diversas sensaciones, reacciones y experiencias. Hay quienes con temor evaden el tema, a otros les resulta indiferente, como si fuera algo que no tiene que ver con ellos; para otros significa el final de todo. Hay otros que la acogemos con un sentido trascendente, es decir como una puerta abierta a una vida eterna con Cristo, el Resucitado. Los cristianos llamamos al día de la muerte el “dies natalis”; es decir, el “día del nacimiento” a la eternidad en Cristo.
Pero, ¿por qué pensamos en la muerte? Otros seres del mundo vegetal o animal, simplemente viven, pero nuestra condición racional y espiritual pone preguntas y necesita respuestas que den sentido a lo que vivimos. El diccionario define la muerte como “el término o cesación de la vida”, pero permanece abierta la pregunta si se trata del final total o de un nuevo comienzo o, mejor dicho, del comienzo de algo nuevo en la vida que se nos regaló. En esta apertura a lo nuevo convergen diversos enfoques, como el que propone la doctora Elizabeth Kübler-Ross, en su libro “Carta a un niño con cáncer”, que explica la muerte con la metáfora de que somos como un gusano que, llegado el momento, al pasar por la muerte, nos convertimos en mariposa; así, lo que para la oruga era el final, es la apertura a una nueva dimensión vital. O el poeta hindú Rabindranath Tagore, para quien el acontecimiento misterioso de la muerte “no es la extinción de la luz, sino que es dejar de lado la lámpara porque llega la aurora”. O como dice la tradición cristiana con san Agustín: “nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
En la muerte -la que viviremos cada uno, y la de quienes hemos amado y ya han partido- no estamos ante la nada, ni el abandono, ni el silencio total, estamos ante el encuentro definitivo con nuestro origen, estamos ante Dios, porque como decía el genial paleontólogo y teólogo Pierre Teilhard de Chardin: “no somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual. Somos seres espirituales teniendo una experiencia humana”.
En esta apertura al carácter trascendente de la vida es que manifiesta toda su importancia el sentido con que vivamos nuestra experiencia humana; ahí es donde una de las voces más inspiradas entre los cristianos, san Juan de la Cruz, nos recuerda que “al atardecer de la vida nos examinarán del amor”.
El encuentro definitivo con nuestro origen, el cara a cara con Dios Amor, no nos pone ante la pregunta de cuántos bienes acumulamos, cuántos títulos profesionales obtuvimos, cuántas hazañas realizamos, cuántos logros profesionales alcanzamos, cuántos viajes hicimos o cuántas propiedades compramos.
La pregunta fundamental que emerge ante el Dios Amor es cuánto hemos amado a los demás, cuánto dimos de nosotros mismos, cuánto superamos de nuestro egoísmo y salimos del individualismo para ir al encuentro de otros, para acompañar y ayudar a otros; cuánto fuimos capaces de mirar el corazón de otras personas para comprenderlas. En una palabra, cuánto partido sacamos a la capacidad de amar que se nos dio.
En una sociedad que suele medir el éxito por la productividad, el dinero o el reconocimiento, la apertura al Dios Amor nos propone otro criterio que desplaza el foco de las metas hacia la manera en que cada persona se relacionó con su entorno. Es una invitación a revisar las prioridades sin reducir la vida a resultados, rendimiento, o simple entretención. Un examen que no se resuelve con palabras ni buenas intenciones, sino a través de los gestos cotidianos de acogida, escucha acompañamiento, paciencia, solidaridad, sentido de justicia y responsabilidad social. Es lo que dice la Biblia cuando invita a que vivamos desde ya “como ciudadanos del cielo”.
1 noviembre 2026
Una delegación del Ministerio de Salud sostuvo reuniones con autoridades regionales, equipos de la red asistencial y representantes de distintas instituciones para abordar los desafíos en salud mental y reforzar el trabajo intersectorial.
Una delegación del Ministerio de Salud sostuvo reuniones con autoridades regionales, equipos de la red asistencial y representantes de distintas instituciones para abordar los desafíos en salud mental y reforzar el trabajo intersectorial.


































































































































































