29 de junio de 2026
COLUMNA DE OPINIÓN | EL PRÓXIMO GRAN IMPACTO
Por: Bruno Dias

Cada 30 de junio se conmemora el Día Internacional de los Asteroides, una fecha instaurada por Naciones Unidas para recordar el evento de Tunguska, ocurrido en Siberia en 1908, cuando un objeto espacial explotó sobre la atmósfera y arrasó más de dos mil kilómetros cuadrados de bosque.
¿Un evento de esta naturaleza podría volver a ocurrir? Sí; de hecho, durante décadas convivimos con el miedo de que un enorme cuerpo celeste impactara la Tierra nuevamente, poniendo en peligro a la humanidad.
Hoy sabemos que esa posibilidad existe, pero que es muy improbable. Además, contamos con una ventaja que nuestros antepasados no tenían: gracias a toda la tecnología que ha sido desarrollada, somos capaces de detectar miles de objetos cercanos a la Tierra, calcular sus trayectorias y estimar con bastante precisión si representan un riesgo real.
Sin embargo, es esa misma tecnología la que hoy nos enfrenta a una paradoja. Mientras las constelaciones de satélites en órbita baja crecen aceleradamente y nuestra sociedad depende cada vez más de esta infraestructura espacial, esos mismos satélites dificultan las observaciones realizadas desde telescopios terrestres. Sus trazas luminosas contaminan las imágenes astronómicas y un cielo cada vez más congestionado complica el monitoreo de asteroides y otros cuerpos menores del Sistema Solar.
Es una contradicción: necesitamos observar el cielo para proteger la infraestructura espacial de la cual dependemos, pero esa misma infraestructura está afectando nuestra capacidad para observar el cielo. No es casualidad que este tema sea hoy uno de los principales debates de la astronomía internacional y que Chile, “capital mundial” de la astronomía, tenga un rol protagónico en esta discusión.
A ello se suma un riesgo adicional: si continúa aumentando la cantidad de satélites y de desechos espaciales en órbita, el impacto de un asteroide —incluso de pequeñas dimensiones— sobre uno de estos objetos podría desencadenar una reacción en cadena de fragmentación, conocida como el síndrome de Kessler. Un escenario de este tipo multiplicaría la basura espacial y dificultaría aún más las operaciones y observaciones en órbita.
Por eso, la observación astronómica ya no solo responde al interés científico o a la necesidad de anticipar un eventual impacto de asteroides. También es una herramienta indispensable para comprender y gestionar un entorno espacial cada vez más complejo, donde la protección del cielo y el desarrollo tecnológico deben –y pueden— avanzar de la mano, no en direcciones opuestas.
La buena noticia es que nunca antes habíamos observado el cielo con tanta precisión. Redes internacionales de observatorios, junto con agencias espaciales y nuevos telescopios de gran capacidad instalados aquí en Chile, están detectando cientos de miles de asteroides y refinando continuamente sus órbitas. Cada nueva observación permite conocer mejor su tamaño, trayectoria y probabilidad de acercamiento a nuestro planeta.
Este esfuerzo científico es silencioso, al igual que el trabajo de miles de investigadores, y docentes que hoy forman a la próxima generación de astrónomos y físicos. Son ellos quienes deberán enfrentar el desafío de compatibilizar el desarrollo de infraestructura espacial con la protección de uno de nuestros recursos científicos más valiosos: un cielo que sigue siendo la principal ventana para comprender el universo que nos rodea y al cual nos acercamos cada vez más.
Dieciocho locales del recinto ofrecerán rebajas de entre un 5% y un 10% hasta el 5 de julio, como parte del programa de beneficios impulsado durante las Invernadas 2026.
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