4 de junio de 2026
COLUMNA DE OPINIÓN | CRECIMIENTO O ESTANCAMIENTO: LA DECISIÓN QUE CHILE NO PUEDE SEGUIR POSTERGANDO
Por Arturo Storaker, Presidente regional UDI

Por estos días, el llamado “Plan de Reconstrucción y Desarrollo Económico y Social” ha generado todo tipo de reacciones. Algunos rechazan incluso el nombre; otros cuestionan el contenido; algunos ven en él una oportunidad para retomar la senda del crecimiento y, como siempre, también están quienes optan por la cómoda posición de decir que “es perfectible”.
Pero más allá de las discusiones políticas y de los análisis técnicos, existe una preocupación mucho más profunda en miles de familias chilenas: el temor de que cada año el esfuerzo alcance para menos.
Hoy muchas personas ya no sueñan con progresar. Su preocupación es simplemente no retroceder.
Ahí está el verdadero problema de Chile.
Porque mientras algunos discuten desde la comodidad de los estudios de televisión o desde oficinas en Santiago, millones de familias viven otra realidad: el sueldo que ya no alcanza igual, el costo de la vida que sube, la incertidumbre laboral, el endeudamiento y la sensación permanente de que el futuro dejó de ser una promesa para transformarse en una preocupación.
Y frente a eso, el país necesita volver a hablar de crecimiento.
No del crecimiento como una cifra fría o un indicador técnico, sino del crecimiento como la posibilidad real de recuperar oportunidades, generar empleo y devolver esperanza a quienes sienten que trabajan cada vez más para vivir cada vez peor.
Sin embargo, cada vez que se plantea incentivar la inversión, reducir impuestos o disminuir la burocracia, inmediatamente aparecen voces instalando el miedo: que se favorece a los más ricos, que se pone en riesgo el gasto social o que todo terminará empeorando.
Pero pocas veces se dice con claridad una verdad fundamental: sin crecimiento económico no existe desarrollo social sostenible.
Chile no se estancó por falta de diagnósticos. Se estancó porque durante demasiado tiempo se instaló la idea de que crecer era casi un problema y no una necesidad.
La realidad demuestra exactamente lo contrario. Los países que avanzan son aquellos que generan inversión, productividad y empleo. No los que viven aumentando impuestos, creando más burocracia o endeudándose indefinidamente para sostener un aparato estatal que muchas veces gasta mal y llega tarde.
Porque el Estado no genera riqueza por sí solo. El Estado administra recursos que provienen del trabajo de las personas, de los emprendedores y de quienes arriesgan capital para crear actividad económica.
Y cuando un país deja de crecer, la cuenta finalmente la termina pagando la clase media.
La paga con menos empleo, con más deuda, con menor poder adquisitivo y con una calidad de vida que lentamente comienza a deteriorarse.
Hoy Chile enfrenta precisamente ese riesgo.
Seguimos acumulando deuda mientras el crecimiento sigue siendo insuficiente. Y continuar por ese camino es parecido a una familia que, teniendo el sueldo comprometido, decide seguir usando la tarjeta de crédito esperando que “más adelante” las cosas mejoren. Tarde o temprano los intereses terminan consumiendo cualquier margen de tranquilidad.
Por eso volver a crecer no es un capricho ideológico; es una necesidad económica y también humana.
Las medidas para hacerlo son bastante conocidas: incentivar la inversión, reducir la excesiva permisología, entregar certezas jurídicas, facilitar el emprendimiento y avanzar hacia una carga tributaria más competitiva y cercana a los estándares OCDE.
Porque son las inversiones privadas las que finalmente generan empleo, desarrollo regional y oportunidades reales para las familias.
Claro que muchas de estas medidas no producen resultados inmediatos. El crecimiento toma tiempo. Pero también es cierto que el Estado chileno tiene enormes espacios para administrar mejor sus recursos.
Existen gastos innecesarios, programas ineficaces, licencias fraudulentas, burocracia excesiva y recursos desperdiciados que perfectamente podrían destinarse a prioridades sociales verdaderas.
La discusión entonces no debe centrarse solo en cuánto recauda el Estado, sino también en cómo utiliza esos recursos.
Porque el verdadero desarrollo social no se construye sobre el endeudamiento permanente ni sobre promesas financiadas con déficit. Se construye sobre una economía capaz de generar empleo, inversión y confianza.
Muchos políticos hablan de cambios profundos, pero terminan defendiendo un sistema donde todo cambia para que nada cambie. Mucha alarma, mucho titular y pocas soluciones concretas.
Sin embargo, llegó el momento de asumir una realidad evidente: Chile no puede seguir creciendo menos que sus necesidades.
Las reglas fiscales existen por algo. Ningún país prospera eternamente financiando gasto con deuda. Y cuando el Estado pierde el control financiero, los primeros perjudicados siempre son los sectores medios y más vulnerables.
La historia está llena de ejemplos de países donde el exceso de gasto, el populismo y la falta de crecimiento terminaron destruyendo oportunidades y empobreciendo a sus ciudadanos.
Por eso hoy el desafío no es defender relatos cómodos ni discursos ideológicos. El desafío es recuperar el crecimiento para devolver tranquilidad y esperanza a millones de familias chilenas.
Porque cuando un país deja de crecer, no pierden primero los más ricos.
Pierde la familia de clase media que ve cómo cada año su esfuerzo vale menos.
Y Chile ya no puede seguir acostumbrándose a eso
El programa utiliza mensajería vía WhatsApp e inteligencia artificial para contactar a mujeres con su examen de Papanicolaou pendiente.
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