2 de enero de 2026
HIDRÓGENO VERDE Y ASTRONOMÍA: EL COSTO PAÍS DE PROTEGER LOS CIELOS DE CHILE
La megainversión en hidrógeno verde proyectada en Taltal abre un debate clave sobre soberanía, desarrollo industrial y la protección de los cielos chilenos, un recurso estratégico irremplazable para la ciencia mundial.

El proyecto INNA, una iniciativa de US$10 mil millones destinada a producir hidrógeno y amoníaco verde mediante electrólisis con energía solar y eólica en la comuna de Taltal, ha puesto en tensión dos ambiciones estratégicas de Chile: liderar la descarbonización global y preservar su posición como capital mundial de la astronomía.
Si bien el hidrógeno verde es una pieza clave en la transición energética y el proyecto promete generación de empleo y exportaciones en un mercado aún incipiente, el costo potencial es enorme. El recurso que se arriesga —la calidad única de los cielos del norte de Chile— es simplemente irremplazable.
Los observatorios Paranal (VLT) y Armazones (ELT), operados por el Observatorio Europeo Austral (ESO), han permitido algunos de los descubrimientos científicos más relevantes de nuestra era, como la comprobación de la relatividad general o la primera imagen del agujero negro en el centro de la Vía Láctea. Su valor científico y simbólico es incalculable.
La comunidad científica internacional, incluidos destacados premios Nobel, ha advertido que la cercanía del proyecto INNA —a solo entre 5 y 11 kilómetros del VLT— generaría impactos significativamente más severos que los de la minería o los asentamientos urbanos. Entre ellos, contaminación lumínica, emisiones de polvo y, de forma crítica, vibraciones asociadas a turbinas y faenas de construcción, capaces de degradar irreversiblemente la calidad atmosférica del sitio.
A cambio de este “monopolio natural” que ofrece Chile, el país recibe apenas un 10% del tiempo de observación para sus astrónomos y algunos puestos técnicos especializados. Una compensación que resulta claramente insuficiente frente al riesgo de perder una inversión científica que supera los US$1.400 millones y décadas de liderazgo global.
Trasladar los observatorios no es una alternativa realista. Implicaría la pérdida total de esa inversión, romper la continuidad de series históricas de datos y afectar la confianza de los socios internacionales. En contraste, el proyecto INNA sí podría reubicarse en otros puntos del norte del país igualmente favorables para el desarrollo del hidrógeno verde, aunque sus evaluadores sostengan lo contrario.
Aquí emerge una pregunta de fondo sobre soberanía y modelo de desarrollo: ¿por qué Chile debe sacrificar un activo estratégico único para que otros países se beneficien de su cielo? Proteger permanentemente nuestros cielos no puede seguir siendo un acto unilateral y gratuito.
Es momento de exigir una renegociación con la comunidad internacional. La protección de este patrimonio debe venir acompañada de una compensación justa: un “peaje” por esta verdadera servidumbre de paso, que cubra el costo de oportunidad de no desarrollar proyectos industriales en estos territorios y cuyos beneficios lleguen efectivamente a todos los chilenos.
Por Manuel Reyes, académico Facultad de Ingeniería, Universidad Andrés Bello
Fuente: portalmetropolitano.cl
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