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18 de septiembre de 2023

EN LA IGLESIA CATEDRAL SE REALIZÓ TRADICIONAL TE DEUM DE FIESTAS PATRIAS

En esta ceremonia religiosa participaron las principales autoridades regionales y comunales. HOMILÍA DEL OBISPO OSCAR BLANCO EN TE DEUM DE ESTE 18 DE SEPTIEMBRE EN LA IGLESIA CATEDRAL DE PUNTA ARENAS                                                                                                                                      

Sin título

En esta ceremonia religiosa participaron las principales autoridades regionales y comunales.

HOMILÍA DEL OBISPO OSCAR BLANCO EN TE DEUM DE ESTE 18 DE SEPTIEMBRE EN LA IGLESIA CATEDRAL DE PUNTA ARENAS                                                                                                                                           

 

A ti Señor, levantamos el alma de Chile.

Textos:

Gen. 4,8-10; Salmo 25; Mt.22,34-40

18 de septiembre 2023

Punta Arenas.

+ Óscar Blanco Martínez – Obispo de Punta Arenas

Estimadas autoridades de la región, civiles y militares;

estimados dirigentes de organizaciones sociales;

estimados hermanos y hermanas de comunidades cristianas y educativas:

¡Buenos días a todos y todas, sean bienvenidos a este templo Catedral de nuestra Iglesia en Magallanes!

Hoy día somos convocados por el aniversario 213 de nuestra historia como país, y las Iglesias cristianas nos reunimos para orar por nuestra patria, sus autoridades y todo nuestro pueblo de Chile. Los discípulos del Señor Jesús nos sentimos agradecidos por el don que significa nuestro pueblo y nuestra historia, nos sentimos comprometidos en la tarea de hacer una patria que sea buena para todos, y nos reunimos para invocar al Señor que es la fuente de todo lo bueno.

El 18 de septiembre no es un feriado más entre otros, sino que es el día en que los chilenos nos encontramos para recordar y agradecer el acontecimiento constitutivo de nuestra historia republicana como país y de nuestra identidad. Por eso, hoy más que nunca venimos a levantar el alma y el corazón de Chile ante el Señor, haciendo memoria agradecida de los 213 años de vida de nuestra patria.

Desde los inicios de nuestra historia, año tras año, la Iglesia ha invitado a las autoridades y al pueblo de Dios a orar por Chile; lo hacemos agradeciendo nuestra historia, pidiendo sabiduría y fortaleza para vivir el presente, y esperanza para construir el futuro. Ni en los momentos más difíciles y complejos de nuestra historia se ha interrumpido este encuentro de oración, que expresa y refleja “el alma de Chile”, en que se unen el amor a Dios y a la patria.

La Palabra de Dios que tan hermosamente se ha relatado esta mañana, nos sitúa en la narración simbólico de los inicios de esta creación, la cual tiene su origen en Dios y toda ella es buena y armoniosa: Una creación donde el ser humano es honrado con la dignidad de ser imagen y semejanza del Dios que es Amor: pero en esta creación buena y armoniosa se introduce el caos, el drama del pecado que atraviesa toda la historia humana, y el hermano mata a su hermano. La pregunta que Dios dirige a Caín, también atraviesa toda la historia humana y llega hasta nosotros: “¿Dónde está tu hermano; qué has hecho con él?”.

Todo el camino de la humanidad, y nuestra historia como pueblo, está marcada por este llamado a reconocer a los demás como hermanos, no como enemigos; a vivir como responsables unos de otros, no aislados por la indiferencia del egoísmo individualista; a vivir caminando juntos construyendo una patria que sea buena para todos, sin exclusión de ninguno de sus hijos.

Por eso, hacemos nuestras las palabras de la oración con que el salmista invoca a Dios:

“A ti Señor, levanto mi alma. Señor, enséñame tus caminos, Instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador” (Sal 25)

En este tiempo y en este día “A ti Señor” levantamos el alma de Chile, sellada por la fe y la esperanza de un pueblo que, de generación en generación ha urdido una historia con sudor y lágrimas, pero también con éxitos e historia digna de ser contada, amada y respetada.

A ti Señor, levantamos el alma de nuestros pueblos originarios, etnias, migrantes que “llegaron desde lejos y se quedaron para siempre”. El alma de las autoridades que nos gobiernan, legisladores, magistrados, instituciones de orden y seguridad que buscan el bien común y la protección de los más desvalidos.

A ti Señor, levantamos el alma de los trabajadores de Chile. Del trabajador que barre las calles, de los que trabajan en el campo de la salud, en la educación, en los diversos servicios públicos, de los que trabajan en la pequeña, mediana y gran empresa, de los que trabajan el campo, las minas y el mar.   

A ti Señor, levantamos el alma como pueblo creyente agraciado con la fe en Cristo, porque Tú, Señor, eres la fuente de todo lo bueno.

Dice el salmista: “A ti Señor, levanto mi alma. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza” (Sal 25)

Tenemos experiencias en nuestra historia que nuestras sendas no siempre han sido conforme a la armonía que nos regaló en creador. La historia de Chile es un libro tan accidentado como su geografía, con algunas páginas que se mueven por vientos huracanados, por fuegos abrasadores, y con hielos peligrosos que enfrían el entendimiento. Entre sus hojas asoman experiencias de desarrollo y bienestar, mezclados con hechos heroicos y gloria. Sin embargo, negros nubarrones se adueñan de otras láminas surcadas de signos oscuros que narran punzantes acontecimientos. Y en muchos, solo hay silencio y dolor.

Recientemente hemos hecho memoria de los tristes y dolorosos acontecimientos que precedieron, acompañaron y sucedieron al 11 de septiembre de 1973. Cuando los caminos de la intolerancia y la violencia se impusieron sobre el diálogo y la convivencia democrática, desencadenándose un espiral de violencia y abusos de los derechos humanos que -de ninguna manera- tienen justificación, impidiendo que nos reconozcamos como hermanos, corresponsables unos de otros, y todos responsables del bienestar del conjunto de nuestro pueblo.

Como lo señalé en la carta que ofrecí como reflexión con ocasión del aniversario del golpe de estado, “se trata de una conmemoración que tensiona la vida de toda nuestra sociedad, y que polariza las valoraciones que se hacen del acontecimiento. Todo lo que suscita esta conmemoración nos muestra que ‘el alma de Chile’ lleva una herida que sigue sangrando, una herida que afecta nuestra convivencia y nuestro futuro”.

Estamos, pues, llamados a hacernos cargo de un pasado doloroso, para no permanecer anclados en él. Nos toca -a todos- ir dando pasos en una senda de sanación de la memoria para no vivir intoxicados por el desprecio o la exclusión de otros, o aún el odio a otros que son nuestros hermanos.

La sanación de la memoria es un proceso complejo, pero necesario para no vivir como prisioneros de las heridas del pasado. Lo único que puede sanar las heridas de la historia, tanto a nivel personal como social, es el perdón de corazón. Disponerse para pedir un perdón de corazón requiere hacer memoria y repasar esa memoria en el cedazo de la autocrítica; de la misma manera, disponerse para ofrecer un perdón de corazón requiere que se den los pasos previos de verdad, justicia y reparación. Como sabiamente nos recuerda el papa Francisco: «Fuera del perdón, en efecto, no hay esperanza; fuera del perdón no hay paz. El perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio, es el antídoto que cura de los venenos del rencor, es la vía para desactivar la ira y curar tantas enfermedades del corazón que contaminan la sociedad.»

El perdón y la reconciliación es lo que el Señor Jesús ofrece a cada persona y a la humanidad entera, por eso sabemos que el perdón en nuestra patria no es posible sin el auxilio del Señor. Por eso, decimos con el salmista: “A ti Señor, elevo mi alma. Mírame, Señor, y ten piedad de mí, alivia las angustias de mi corazón, y sácame de mis tribulaciones”. (Sal 25)

Ciertamente, son muy valorables todos los pasos que en nuestro país se han dado en el proceso de reparación de las heridas y dolores en las décadas pasadas, y es necesario seguir avanzando. El Plan Nacional de Búsqueda para aclarar las circunstancias de desaparición de las personas cuyos restos aún no son encontrados ni esclarecidas las circunstancias de su desaparición o muerte, es un paso necesario en estos procesos de justicia, verdad y reparación. Como Iglesia, en nuestro permanente y renovado compromiso con los derechos humanos; estamos dispuestos a colaborar en todo lo que podamos para la sanación de las heridas de nuestro país.

Todo proceso de sanación supone un claro propósito de enmienda que manifieste una efectiva voluntad de no volver a tropezar con la misma piedra. Ese es el “nunca más” que ha sido expresado por tantas personas e instituciones, pero sabemos que “hoy más que nunca” es preciso seguir dando pasos de diálogo para un consenso nacional en el “nunca más” al quiebre de la institucionalidad democrática y a la violación de los derechos humanos en nuestro país, sin importar de donde provengan o quienes sean sus autores.

Somos bien conscientes que para que el “nunca más” sea fecundo es preciso dar esos pasos de diálogo social y político, de convergencia de voluntades en el cuidado de la democracia “hoy más que nunca”.

Dice parte de la letra de una canción: “Cuida de mis sueños, cuida de mi vida.

Cuida a quién te quiere, cuida a quién te cuida. No maltrates nunca mi fragilidad,

Yo seré el abrazo que te alivia” (cantautor: Pedro Guerra)

A veces solemos pensar que los bienes que poseemos ya están asegurados por sí mismos, y no nos damos cuenta que conservar y acrecentar los bienes es una tarea a cuidar por todos y todos los días. Por eso, todos necesitamos crecer en la conciencia de un origen común, de una pertenecía mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia tan básica nos permitirá el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Este es un gran desafío educativo, cultural y espiritual que supondrá largos procesos de regeneración moral de nuestra sociedad. Es una tarea en la que no podemos bajar los brazos.

“Cuida de mis sueños, cuida de mi vida”, dice la canción. En el sueño de una patria buena para todos, nadie puede ser atropellado en su dignidad en base a su origen, color, religión, etnia, ideas o cualquier otra consideración que minusvalore u olvide su condición humana y la pertenencia común a nuestra patria. Nadie merece tampoco ser dañado en su integridad ni ser sometido a climas de inseguridad a causa del crimen, el narcotráfico u otros males. La violencia nunca es un camino legítimo ni para imponer o combatir ideas, ni como medio para promover demandas sociales o políticas de grupo, tampoco como método para obtener por la fuerza beneficios económicos o materiales, o de cualquier tipo.

Por eso, “hoy más que nunca”, es necesario cuidar la democracia como sistema político, con el compromiso de perfeccionarla constantemente para que sirva más y mejor al bien común. La democracia es frágil, si la maltratamos no tendremos quien nos cuide. Sólo en democracia podremos sanar nuestras heridas, con la medicina del dialogo, con los acuerdos y sentido común; sólo en democracia es posible que -como dice el Salmo- “la justica y la paz se abracen” (Sal 85,11).

“Cuida a quien te cuida”, dice la canción, por eso, en estos tiempos complejos e inciertos de cambio climático y crisis ecológica, cuidar la Casa Común es una obligación de todos, porque de este cuidado depende la supervivencia de los seres vivos y nuestra propia supervivencia. La tierra, la Casa Común, esta hermana nuestra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Así, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada hermana tierra, que -como señala la Escritura- “gime y sufre dolores de parto” (Rom 8, 22). Todo lo que podemos ver en la creación, ha sido hecho por Dios y “es bueno”, y no podemos maltratar, ignorar y descartar a nuestra Casa Común que a todos nos acoge y nos cuida.

Al terminar este mensaje, elevemos nuestra alma y corazón a Dios, y parafraseando al recordado Cardenal Raúl Silva Henríquez, nos preguntamos: “¿Qué debemos hacer para construir un nuevo orden social?” “¿Cuál es el fundamento más sólido de este nuevo orden?” Y la respuesta la encontramos en el Evangelio que hoy hemos proclamado: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. Pero hay otro semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos”.

Nuestra patria necesita una profunda renovación en su tejido social y una regeneración moral; necesita redescubrir los valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos. Las situaciones de crisis por las que estamos actualmente atravesando, ya sean de carácter económico, ambiental, social, político y espiritual, son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí. El amor es el único camino, el único cimiento de la patria que soñamos.

En este nuevo aniversario de nuestra patria, renovemos nuestro amor por ella, salgamos hoy de aquí con la convicción de que “el amor es más fuerte”, de manera que a nadie queramos mal, que sepamos alegrarnos con los que ríen y llorar con los que lloran, que busquemos la concordia entre los habitantes de nuestro querido país, para hacer de Chile un “santuario del amor” y “una mesa para todos”.  Salgamos con la tarea de ser artesanos de la paz para recibir la bendición del Señor Jesús que nos dice: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

Que el Señor de quien procede todo lo bueno y acompaña la historia de nuestra patria, sea el camino a recorrer, la verdad que hemos de escuchar y anunciar, la vida que tenemos que vivir. La presencia maternal de la Virgen del Carmen alojada en el corazón de nuestro pueblo, bendiga y cuide nuestras vidas y oriente todos nuestros trabajos en la búsqueda del bien común y de un futuro siempre mejor para nuestro querido pueblo de Chile.

¡A ti, oh Dios, te alabamos!

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​Medida es acorde con la preservación ecosistémica según lo estableció la reforma al Código de Aguas. El Servicio MOP deberá velar por 23.298 áreas de turberas registradas en una superficie de 24.782 (km2).

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